Análisis político de Diego J. García Molina

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Pactos de estado

Pues nada, que ahí seguimos, en mitad del verano, con la clase política en bañador a punto de marchar de vacaciones y el gobierno continúa en funciones (Pedro Sánchez tan feliz). En la comunidad de Madrid siguen sin ponerse de acuerdo. En nuestra Región de Murcia no termina Ciudadanos de saber que quiere ser de mayor. Mientras, los sufridos electores asisten impertérritos y asombrados al triste espectáculo que están dando en estas, y otras tantas circunscripciones, unos sin conseguir llegar a ningún compromiso de gobierno, jugando sus bazas en interés propio, casi pensando más en las próximas elecciones que en el bien común, intentando ahogar al supuesto aliado ideológico, y en otros entorpeciendo las negociaciones del contrario a ver si consiguen que no haya pacto y así intentar conseguir un resultado mejor en la repetición de las elecciones.

Lo primero es que estas situaciones no se darían si los políticos asumieran de una vez su condición de servidores públicos y antepusieran el beneficio y la estabilidad del país y de sus habitantes a la especulación y bloqueo institucional, con tal de obtener un mínimo rédito político, arañando unos votos en los siguientes comicios; y como no, perjudicar al adversario o impedir que pueda obtener algún provecho. No obstante, la situación es la que es y nos tendremos que acostumbrar. Hasta ahora, al existir pocos partidos con representación y una ley d’Hont que beneficia a las amplias mayorías, en multitud de casos se obtuvieron victorias incontestables que permitían la rápida formación de gobiernos. Cuando no se dio la anterior situación, tanto PP como PSOE, en clave nacional, recurrieron al sostén de los nacionalistas cediendo poco a poco competencias para conseguir su apoyo, o de otros grupos afines, como fue IU con el PSOE, por ejemplo. Sin embargo, desde la atomización del espectro político en más de tres partidos con importante representación en casi todas las circunscripciones, el panorama se ha complicado en demasía.

Se me ocurren varias ideas para ayudar a superar estas situaciones en el futuro, aunque para ello se requiera de cambios en la ley electoral. En primer lugar, debe existir un plazo límite para la conformación de un gobierno. Manteniendo el proceso actual, la fecha máxima no debe ir más allá de cuatro meses. No puede ser que, desde unas elecciones celebradas en abril, en julio todavía no tengamos segura la investidura de un presidente e incluso se maneje la fecha del mes de noviembre (8 meses con gobierno en funciones) como posible momento para un nuevo plebiscito; con el añadido que tras la noche del recuento volvamos a la situación actual. Cuatro meses es tiempo más que suficiente, si hay voluntad, para negociar lo que corresponda. De paso nos ahorramos teatrillos sin fuste y utilización de los recursos públicos, como el CIS o TVE en beneficio propio presionando a los rivales y/o posibles socios.

Otra posible medida que ayudaría a cortar de un tajo el nudo gordiano de la falta de acuerdo entre partidos es incluir como requisito que cada formación designe un candidato a la presidencia. Si no se llega a ningún acuerdo en el plazo establecido este candidato propuesto no podrá optar al mismo cargo en el siguiente ciclo electoral. De ese modo evitaremos los personalismos existentes actualmente y serían más proclives al entendimiento; si ellos no han podido alcanzar un acuerdo, o sus filias y fobias le impiden mantener una actitud constructiva, quizás con otras personas se obtenga un resultado distinto.

A pesar de todo, no soy muy optimista. Dije lo contrario tras analizar el resultado electoral pero no está ocurriendo lo esperado, y quizás más beneficioso para el conjunto de los españoles en general, y los murcianos en particular, lo cual no es otra cosa que reeditar el pacto de hace unos pocos años entre el PSOE y Ciudadanos. Pedro Sánchez ni siquiera ha contemplado la opción de ofrecer un acuerdo de mínimos a este partido para huir así del chantaje del secesionismo catalán, el ventajismo oportunista del nacionalismo vasco, y las medidas populistas de Podemos. Piensan más en el qué dirán y en cómo afectará a su electorado un posible acuerdo con el partido al que han tachado de miembro del famoso trifachito que en lo mejor para la sociedad en general.

Aquí en Murcia se da el caso contrario, Ciudadanos tiene la oportunidad de acabar con más de dos décadas de gobierno conservador del Partido Popular, de abrir las ventanas para que entre aire fresco y renovador en el palacio de San Esteban y de este modo se revitalice la comunidad (con minúscula) murciana. En Cieza sabemos de los efectos beneficiosos que esta metamorfosis nos proporcionó, aunque se trate del ámbito municipal: la irrupción del tripartito liderado por el PSOE, tras tantos años de gobierno del PP ha resultado un éxito en su gestión y así se lo han premiado los ciezanos en las urnas.

Finalmente, gobierne quien gobierne, salvo contadas excepciones, todos los partidos actuales distan mucho de ser la solución real que necesita nuestro país. En ese momento de desprestigio político, con la valoración de la actividad política bajo mínimos y con una desafección nunca vista, lo que se requiere son formaciones integradas por personas con unos principios firmes, incorruptibles, y con la suficiente capacidad de sacrificio para poner en primer lugar el bienestar común antes que el propio.

 

 

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