Análisis sobre el origen del Romanticismo por Miriam Salinas Guirao

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Lo romántico

El término romántico, parafraseando a Flitter, “sigue siendo para los estudiosos de la literatura no solo una fértil fuente de ideas sino, lo que es más desconcertante, una confusa maraña de enunciados contradictorios” (Flitter, 1995, p.1). Hay autores que limitan estas características a una serie de coincidencias literarias, otros abogan por la imbricación del mundo literario con la esfera de la sociedad y la política. Estos últimos comprenden la sociedad y sus productos como un sistema que se retroalimenta (Aguado, 2004). Es decir, valoran las diferentes expresiones humanas, como la literatura o el arte, como parte de un universo contextual más allá de lo rápidamente perceptible. Atendiendo a este modo de comprender el devenir de la historia, el movimiento romántico se sitúa en España en una encrucijada de sucesos que hicieron del XIX uno de los siglos más convulsos. “En el fluctuante marco de los vigorosos debates interpretativos sobre su naturaleza, el mundo hispánico ha venido ofreciendo una paradoja extremada entre su pertinencia como escenario privilegiado del existir romántico y la disputada calidad de sus manifestaciones autóctonas” (Romero, 1994, p.9). Se ha tratado de analizar el movimiento romántico como algo ligado casi exclusivamente a las producciones literarias, musicales o artísticas, sin atender a la manifestación más inmediata del hombre decimonónico: la prensa.

“El Romanticismo es una época. Lo romántico es una actitud del espíritu que no se circunscribe a una época” (Safranski, 2009, p.14). Por ende, aunque el Romanticismo español esté estipulado a partir de una fecha concreta, en cuanto a las expresiones artísticas que nacieron, lo romántico estaba antes en España. A la hora de delimitar el romanticismo español se han seguido dos caminos: “la encapsulación cronológica dentro de fechas emblemáticas, o bien el de su engaste en el continuum histórico-cultural del siglo XIX” (Romero, 1994, p.100). En el primero de los casos se sitúa la fecha en 1833-34 coincidiendo con la muerte de Fernando VII y el regreso de los emigrados. Esta delimitación sigue la estela de los críticos literarios que imponen el cambio de estilo en los primeros años de 1830.

Frente a estas opiniones, Menéndez Pelayo defendió la confusión de los orígenes de la moderna literatura romántica con su triunfo definitivo: “Este no se cumplió hasta 1834 o 1835, pero desde principios de siglo y aun desde fines del anterior, venían notándose en España, síntomas de rebelión contra el falso clasicismo, importado de Francia; ¿y cómo no, si para encontrar una forma más amplia y simpática, sólo tenían nuestros artistas que volver los ojos a los monumentos olvidados del arte nacional?” (1883, reed.1942, p. 260). Julián Marías muestra la misma inclinación afirmando que “la vida española está inmersa en el romanticismo desde 1812, aproximadamente, pero se vierte literariamente durante tres lustros en moldes neoclásicos. La literatura romántica es tardía respecto de la vida, y en esta medida se hace pronto inauténtica” (Julián Marías, 1959). La misma insistencia en la aparición del Romanticismo como actitud antes que como su expresión artística recalca Vicens Vives (1950): “Si el romanticismo existió, y de ello caben pocas dudas, porque fue ya afirmación en sus creadores, existió primero en cuanto a hecho social, difuso en el seno de la sociedad y transparente en alguno de sus miembros; y luego, como mentalidad propia de una o dos generaciones, capaz de imponer un estilo a cuanto se emprendiera”.

El Romanticismo pues, es una actitud que supera las expresiones culturales y se mezcla desde el principio en España con la vida para excavar en las raíces. El movimiento se engendró de las tensiones de finales de siglo. El siglo XVIII estuvo inundado por la necesidad de encontrar la validez de la razón pero esta solamente se encontraba para unos pocos. La idea de progreso y la contradictoria intención de instruir se quedaron sordas en España, pues la gran mayoría de españoles no hallaron las bondades ilustradas. Los últimos años vieron la tímida aparición del despertar popular.

La aletargada España entró en el siglo XIX con un montón de voces que querían hablar. Todas ellas chillaron cuando los franceses llegaron. Fallaron la estrecha razón y los gustos clásicos. Brotó el fervor, la rebeldía, la garra, el orgullo, el coraje, la fiereza… en definitiva: los sentimientos, y con ellos el Romanticismo.

Pero, ¿qué características tiene el Romanticismo? Para contestar a esta pregunta es absolutamente necesario establecer este movimiento como una ruptura del Clasicismo. El Romanticismo nace sin normas, frente al estricto orden anterior: “El espíritu romántico es multiforme, musical, rico en prospecciones y tentaciones, ama la lejanía del futuro y la del pasado, las sorpresas en lo cotidiano, los extremos, lo inconsciente, el suelo, la locura, los laberintos de la reflexión. El espíritu romántico no se mantiene idéntico; más bien, se transforma y es contradictorio, es añorante y cínico, alocado hasta lo incomprensible y popular, irónico y exaltado, enamorado de sí mismo y sociable, al mismo tiempo consciente y disolvente de la forma” (Safranski, 2009, p.15). Despertaba a finales de siglo lo extraordinario. El público quería conocer sin límites racionales. Llamaba la atención lo enigmático.

Los románticos buscaron los límites del pasado, la leyenda y la fantasía, la esencia de la nación y el color de los países, también desataron su yo, lo unieron al mundo y buscaron al mundo en la naturaleza y en la naturaleza a su Dios. Para ello se hincharon de libertad e imaginación, deformaron el lenguaje culto y lo rellenaron con el popular. Y los españoles tropezaron con el perfecto escenario.

 

 

 

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