Antonio Balsalobre aboga por la subida del salario mínimo

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Apocalipsis

Cuando en 1936 el gobierno de izquierdas de Leon Blum estableció en Francia la jornada laboral de 40 horas y las primeras vacaciones pagadas de la historia, la derecha política y económica puso el grito en el cielo. Aquella ley “comunista”, según ellos, que incluía dos semanas de descanso para todos los trabajadores, iba a marcar “el inicio de una catástrofe económica sin precedentes”. “Los “congés payés”, decían, provocarán más estragos en la industria y la artesanía que las destrucciones de la Primera Guerra mundial. Dentro de tres años Francia estará arruinada”.

Un sector importante de esa patronal y derecha económica aconsejaba incluso en Le Figaro “dirigir la mirada hacia la Alemania de “Monsieur Hitler”, y la Italia de Mussolini  para ver cómo hay que tratar la cuestión social”.

A la vista está que no se cumplió la profecía. No fueron ni la semana de 40 horas, ni las vacaciones pagadas ni las demás medidas sociales adoptadas en aquel acuerdo de Matignon las que arruinaron Francia. Quien la devastó y arrasó tres años después fue Hitler, con la ayuda de los colaboracionistas franceses. Aquella medida social, por el contrario, lo que sí hizo fue ayudar a crear una potente industria turística que da trabajo hoy en día a decenas de millones de trabajadores en el todo el mundo.

Cuando hace unos días el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, dieron a conocer el acuerdo sobre el proyecto de ley de presupuestos para 2019, que incluye, entre otras medidas sociales, la subida del Salario Mínimo a 900 euros, la derecha política y económica, esta vez la española, volvió a poner el grito en el cielo y a anunciar nuevas catástrofes. Unos presupuestos “suicidas”, presagia Casado, que van “tumbar” a España, y nos van a llevar “al paro masivo”.

Hay que ver cómo les duele a algunos que se ayude a los que más lo necesitan. Hay qué ver la desazón que produce en ciertos sectores políticos y económicos que tras años de sacrificio (para los de siempre, se entiende) se quiera revertir, por fin, con medidas sociales aquellas políticas devastadoras de recortes. Que fuera en Francia en 1936 o sea en España en 2018, la cantinela es siempre la misma. Los mismos términos, las mismas invectivas, las mismas predicciones catastróficas.

Y no sólo por parte del PP y la CEOE, que a eso ya nos tienen acostumbrados. También Garicano, vinculado a Ciudadanos, ha criticado abiertamente la subida del salario mínimo a 900 euros, un incremento, que según él,  “va a dificultar a las personas menos formadas el acceso al mercado de trabajo”, vinculando el acceso al mundo laboral con salarios de miseria y olvidándose de que los que ya están trabajando comen, se visten y hasta tienen algunos y algunas que mantener a una familia.

Por no hablar del FMI, a quien le ha faltado tiempo para, desde Indonesia, advertir a España de que se sea “cuidadosa” con la subida del salario mínimo. Nadie recuerda, sin embargo, que avisara, cuando sí hacía falta, sobre los peligros de la corrupción, del saqueo de las arcas públicas, del despilfarro, de las retribuciones millonarias pagadas con fondos públicos a cargos parasitarios o a vividores de la política. No. Eso no tocaba. Sí hay que mantener a raya, en cambio, a los trabajadores que cobran 735 euros al mes y pueden ver aumentado su salario a 900.  Porque que un trabajador cobre 900 euros al mes en la España de 2018, del siglo XXI, en esa España que hizo de “La Hispanidad la etapa más brillante de la historia del hombre” (Casado, dixit), es lo que puede destrozar la economía, acabar con la creación de empleo, con el crecimiento económico y traernos todas las plagas de Egipto. ¡Manda huevos!

Sin que sea ninguna panacea, creo que es de justicia saludar este acuerdo que quiere centrarse en los problemas de los pensionistas, los parados, los trabajadores, la sanidad y enseñanza públicas, entre otras cosas. Esto es, en las preocupaciones de la sociedad.

Nunca unos presupuestos sociales provocaron la ruina de un país. Ni serán los trabajadores con ingresos más bajos los que colapsarán la economía por mejorar un poco su precaria situación.

La hecatombe, cuando viene, viene a caballo de los tiburones financieros, de los políticos sin escrúpulos, de las políticas injustas que generan desigualdad y condenan a los más desfavorecidos a la pobreza, incluso en el trabajo. Ese es el verdadero apocalipsis.

 

 

 

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