Balsalobre observa parelismos entre “la derecha de la transición y la actual”

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Todo cambia

La derecha de 2018 empieza a parecerse cada vez más a la del final de la Transición, cuando antes de que Aznar los apiñara, tres grupos se disputaban su hegemonía: UCD, AP y FN. En eso, por cierto, también empieza a parecerse a la izquierda, que exceptuando estos últimos meses, y con matices, siempre ha andado dividida. Salvando las distancias, y buscando paralelismos forzados, pero no descabellados, se podría llegar a la conclusión de que Ciudadanos es heredera de la extinta Unión de Centro Democrático, de Suárez; el actual PP, de la antigua Alianza Popular de Fraga; y el emergente Vox, de la franquista y ultramontana Fuerza Nueva. Que sean herederos no significa que sean exactamente lo mismo. A decir verdad, como dice Mercedes Sosa en su magnífica canción, “todo cambia”, todo. Cambia lo superficial y también lo profundo. Cambia el clima con los años (y bien que lo estamos comprobando), y hasta los pastores y sus rebaños (a la vista está). No es de extrañar en esas circunstancias que también cambie la derecha para seguir siendo ella misma.

Consumado el fraccionamiento, lo que sí se observa en esta recomposición es que han podido cambiar las tornas. La descomposición de la “centrista” UCD en la Transición fue fruto de sus luchas internas y del empuje de la derecha más conservadora, con ramalazos sociológicos franquistas, que la sustituyó. Ahora, podría parecer que es lo contrario. Que el “centrista” Ciudadanos es quien va a fagocitar al conservador PP, legatario de aquellos ramalazos. Esa es la lectura que habríamos hecho hace unos años, cuando antes de 2017 los estatutos del partido de Rivera incluían socialdemocracia y laicismo, pero no la que debemos hacer ahora. Después de doce años de virajes ideológicos, “Ciudadanos” se sitúa en estos momentos, según la últimas encuestas, a sólo tres puntos de la ultraderecha, con una puntuación de 7 sobre 10, compitiendo por la derecha con el PP.

El espacio ideológico sería el mismo, por lo tanto, pero ocupado por alguien que se presenta como “nuevo”: el partido naranja.

Un partido que se mira en el espejo del movimiento “En Marche”, de Macron, transversal e interdisciplinar, pero que poco tiene que ver con él. El actual presidente francés vampirizó a derecha e izquierda, sobre todo al Partido Socialista francés, y Rivera sólo está desplumando a la derecha conservadora, con propuestas no precisamente progresistas. De ahí que su maniobra se identifique más con una operación de sustitución que de renovación.

No sabemos si el PP, tan tocado como está por la corrupción, aguantará el envite. Ni siquiera si el liderazgo de Casado perdurará mucho tiempo. Pero a juzgar por la hiperactividad que despliega y el desasosiego con que se prodiga en la campaña andaluza, es de temer que corra serio peligro si, como anuncian las encuestas, los resultados le son desfavorables.

Dividida, atomizada, enzarzada, la derecha acude a los comicios andaluces como nunca antes lo había hecho. Como sólo sabía hacerlo la izquierda. Algo puede estar cambiando en el flanco derecho del hemiciclo. Aunque por lo expuesto anteriormente, y visto lo visto, puede que sea para que todo quede igual.

 

 

 

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