Banderas

Antonio-Balsalobre-cronicas-siyasaEl Fútbol Club Barcelona y el Athletic de Bilbao acostumbran a llegar a la final de la Copa del Rey de España. No sé qué les puede más; si al ansia por conquistar este título o la oportunidad que brindan a sus respectivas hinchadas para que incordien cuanto les es posible. Desconozco si esas muestras de rechazo lo son contra la Corona, contra el Estado, contra el gobierno, contra quienes nos sentimos españoles o contra todos al mismo tiempo. Habrá que preguntárselo a ellos. Para ser justos diré que no todos los culés o leones actúan de esta manera; afortunadamente.

Un dato para la reflexión. Madrid. Dieciséis de octubre de dos mil doce. Enfrentamiento entre España y Francia; encuentro valedero para la clasificación del Mundial de Brasil de dos mil catorce. La pitada y  abucheos a La Marsellesa fue vergonzosa. Luego respetemos para ser respetados.

Motivos aparte, comportamientos de esta naturaleza denotan una carencia radical de cortesía. Así de simple. Cuando se iza o suena toda bandera o himno no es claudicación o pleitesía lo que se demanda sino mero respeto para con quienes, bajo esos compases, se sienten legítimamene representados. Se trata de dispensar al otro el mismo trato que para sí se desea. No parece muy difícil de entender.

No me dejaré llevar por esta corriente de hostilidad. Si alguna vez quisiera el azar que yo hubiere de  escuchar Els Segadors o el Eusko Abendaren Ereserkia, sepan ustedes que guardaré un escrupuloso y leal silencio. Aún en ausencia de reciprocidad no sabría hacer otra cosa. No atisben condescendencia mas, ante actitudes tales, la ofensa se ve sobrepasada por la compasión. Mis condolencias hacia quienes, seducidos por orates o desvergonzados, hacen del odio y la irreflexión su leitmotiv.

No se equivoquen. Quiero a mi país; lo quiero de veras y sí, naturalmente que hay afrentas que ultrajan mi bandera y cuanto significa. Agravios que, lejos de provocarme hilaridad, me exasperan sobremanera.

España, tras de sí, tiene una historia compleja; por momentos brillante y, por otros, no tanto. Somos, supongo, el fruto de cuánto hemos hecho y renegado, imaginado y sentido. Compendio de conquistas y cesiones, de alianzas y desencuentros, de victorias y armisticios, de razones y sentimientos. El rojo de mi bandera es un color de sangre y dolor. Cuando la miro, a la bandera digo, veo generaciones de gentes mansas y humildes por cuyos sacrificios, renuncias y fatigas emergió un gran país en el que, pese a muchos, merece la pena vivir. Entonces, ahora, quizá siempre, ha habido reyezuelos, déspotas, tiranos, señores feudales, caciques y oligarcas que han usado las banderas como pretexto para esconder sus abyectas miserias y, al tiempo, como persuasivas armas con las que excitar voluntades y enardecer sentimientos. Hablemos claro. Para muchos, el dinero y el poder son su única bandera. No se detendrán ante nada. En la Historia de la Humanidad, las guerras justas y, por ende, inevitables, se pueden contar con los dedos de la mano. El resto han supuesto sacrificios masivos e innecesarios de gentes buenas, enviadas como corderos al matadero por quienes nunca pisaron el fango ni olieron de cerca la muerte.

Los pitidos al himno me molestan pero son llevaderos. Me fastidian infinitamente más los corruptos, ladrones, defraudadores y demás patulea que, envueltos en la enseña nacional, distraen a las masas con asuntos menores. Mientras hablamos de los pitidos en el Wanda, del peinado de algún futbolista, del desaire de Letizia a su suegra o de la supuesta xenofilia de la izquierda, olvidamos los eres andaluces, los rescates a bancos y autopistas, los sobresueldos con dinero opaco, los amaños en las adjudicaciones públicas, las cuentas en paraísos fiscales, el descomunal sobrecoste de una desaladora no muy lejana, los aeropuertos sin aviones, la mercantilización de la educación pública, los másteres regalados y los falsos currículos, el tres per cent y de la enésima golfería que esté por venir.

En los dominios de Wifredo el Velloso y allende sus fronteras la táctica es idéntica. Los que manejan los hilos del poder usan todos sus resortes en señalar a los enemigos de la patria para, más adelante, someternos a una traumática elección: o la corrupción o la patria. Ellos o el caos. El mal conocido o la revolución.

Lo lamento pero no cuela. Soy un romántico e idealista empedernido y aspiro a algo mejor. La patria en la que yo creo es decente, trabajadora, respetuosa, alegre y ejemplar. La patria a la que yo aspiro no da a todos cuanto piden sino lo que es justo y posible. En esa patria los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Una patria construida sobre libros, música, cine, teatro, pintura, cultura a raudales. Donde el trabajo se mida por la eficiencia y no por la presencia. Donde las empresas ganen lo que es justo pero no lo obsceno. Donde se premie el mérito y no el parentesco. Donde se recompense el trabajo real frente a la intermediación. Un lugar donde la seguridad desbanque al miedo. Donde la especulación esté perseguida y la investigación patrocinada; donde se allane el camino y se ahuequen los atajos.

A estas alturas de mi vida, visto lo visto, me es indeferente el color de la bandera mientres esté límpia.

 

Fdo. José Antonio Vergara Parra.

   

 

 

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