Cataluña a través de la mirada de María Bernal

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Barcelona llora lágrimas de fuego

Desde cualquier perspectiva, Barcelona asfixia estos días a sus ciudadanos y turistas con un humo tóxico y no precisamente  por las partículas de dióxido de carbono que este  contiene, sino por el odio, la violencia y la maldad que flota en el ambiente, tras las barricadas que los inútiles de los independentistas han formado de manera cobarde para luchar, según ellos, por su derecho a decidir, por libre, claro; lejos de la legislación, de la Constitución y del Espíritu Santo, si este aparece ante sus alumbradas mentes.

Haciendo uso de mi derecho a la libertad de expresión, recogido en el artículo 20 de la Constitución española, he decidido utilizar la palabra “inútil” haciendo también uso de  la semántica, así como del contexto lingüístico que nos brinda nuestra lengua, la castellana, la oficial de toda España, aunque a algunos cínicos les incomode que en la Constitución venga recogida la oficialidad del castellano por encima del resto de lenguas de España, que son cooficiales, no lo olvidemos.

Sin ánimo de desviarme del tema, aclaro que el uso de la palabra “inútil” en las líneas anteriores, no tiene connotaciones despectivas. El diccionario de la RAE recoge como primera acepción la de “no útil”. Y es en esta premisa en la que me voy a basar para argumentar sobre la actitud deplorable que están mostrando esos que dicen no ser españoles (y se pongan como se pongan van a ser españoles hasta el resto de sus días).

¿Por qué considero yo “no útiles” a los cientos o a los miles de personas que están destrozando, como si de una batalla bélica se tratara, la tierra que pasó a formar parte integrante de España tras el matrimonio de los Reyes Católicos en 1469? Por la sencilla razón de que quinientos años de historia, aproximadamente, no van a ser desterrados fulminantemente por personas que no son capaces de luchar por una ideología desde la legalidad. ¿En verdad Cataluña quiere autoconstituirse como una nación soberana con el legado de las actuaciones violentas que está viviendo?

En la cárcel, víctimas políticas a las que hay que poner en libertad, según los independentistas, a pesar de que siete magistrados han puesto los puntos sobre las íes, con la sentencia del “proces”. Y, después de haber sentenciado desde la legalidad que los independentistas han esquivado cada vez que han actuado, se les olvida que es delito utilizar como arma de combate y lucha la sedición. Y es que en Barcelona, las fuerzas políticas nacionalistas no han dejado que sus ciudadanos actúen desde la libertad de expresión, sino desde la libertad de imposición por parte de ellos: han acosado a médicos para que hablen catalán, han humillado en clase a niños cuyos padres no son partidarios de la independencia, han obligado a docentes a hablar en catalán dentro y fuera y del aula, han adoctrinado, haciéndoles creer a los más jóvenes la necesidad enfermiza de que Cataluña no forme parte de España a través de huelgas, discursos radicalistas e interrupción de la enseñanza de las distintas materias para lavarles el cerebro a los menores. Pero, en mi opinión, más que un lavado de cerebro, es un auténtico entrenamiento para formar en sus filas a militares de una guerrilla que sean capaces de provocar el desastre civil que estamos viendo estos días en televisión.

¿Y ellos llaman fascistas a quienes no comulgan contra estas disparatadas ideas? ¿Fascistas? Ello sí que son fascistas de la izquierda extrema, aunque resulte paradójico, ellos sí que se han convertido en dictadores que no permiten que otros catalanes, los que sí se consideran españoles, salgan a expresar la repulsa que sienten ante este panorama de crispación.

El pueblo catalán está siendo sometido a una dictadura extrema, hay miedo, no pueden ser ciudadanos libres, porque llegan los violentos y los atemorizan, destrozando y saqueando sus negocios, cortándoles el paso para que no puedan seguir trabajando e incluso, y lo que sí debería tener cárcel para esta panda de descerebrados, es su negativa a dejar que los servicios sanitarios puedan acceder a determinados sitios para prestar auxilio. Policías heridos, civiles agredidos…es una situación asquerosa y vomitiva.

Y mientras tanto, ¿quién coño se responsabiliza de esta hecatombe? Porque nadie asume el mando de esta guerra, en la que sus líderes, unos cobardes insalvables, no tienen los suficientes huevos como para salir a la calle y manifestarse de la misma manera que lo están haciendo sus súbditos. Ellos están muy tranquilos y protegidos, haciendo uso de micrófonos y redes sociales, como el mayor escudo para proteger su integridad física, porque saben perfectamente que si se pusieran a la exposición del pueblo catalán que no comulga con sus principios, recibirían el mismo trato que están recibiendo los cuerpos de seguridad, cuya labor es digna de ser tatuada en la mente de todos los españoles, para que no se olviden nunca de que exponen sus vidas para que la nuestra esté a salvo.

Para rematar este circo, se ven reportajes en los medios de comunicación en los que estos jóvenes, lejos de todo comportamiento moral, no son capaces de hilvanar diez palabras seguidas para que sus argumentos tengan validez, porque no saben exactamente por qué están en la calle, sin dar palo al agua, de ahí que sean inútiles, ya que otra de las acepciones que recogen otros diccionarios es la de “improductivo”. No producen soluciones, no producen beneficio para Barcelona; solo producen odio, daños físicos y emocionales, bajo su pasamontañas, como símbolo de la cobardía, de la ignorancia y al estilo de los independentistas vascos, que en su lucha armada no eran capaces de dar la cara.

Una manada de borregos dirigida por la iluminada Ada Colau, esa mujer que ha llegado a declarar que la culpabilidad de la violencia en Barcelona se aviva con la actuación policial. Pues es tan sencillo como sacar a la calle el “camión botijo” de la Policía Nacional para que no solo apague las lágrimas de fuego que llora Barcelona, sino el fuego interno de ira de los violentos. Manguerazos sin piedad, para esos que provocan los disturbios, para esos que están consiguiendo que miles de negocios estén teniendo pérdidas consideradas, para esos que están luchando no por la independencia sino por la destrucción, para esos que saben poner la mano cuando las partidas presupuestarias les llenan las arcas de dinero público y español, ya que por sí solos no serían capaces de autofinanciarse.

Vivimos en una nación, única, irrepetible e indivisible, con una lengua común: el castellano o español (que parece que esta palabra les martilla más la cabeza). Ningún lazo amarillo, ninguna estelada, ninguna fuga de sus líderes, ningún acto de violencia van a poder con la esencia de este país: su gente, su cultura y sus tradiciones, incluidas las de Barcelona, nuestra ciudad condal, la de los catalanes, la de los murcianos, las de los madrileños, y la de todos los españoles de este país.

Quizá haya abusado del derecho de libertad de expresión, quizá haya sobrepasado los límites de la ley; pero a diferencia de estos desarmados, yo he usado la palabra, la única arma cargada de futuro, como así quiso clamarlo Gabriel Celaya, y como así se la están cargando los políticos de este país.

 

 

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