Cieza hace 100 años: el Día de todos los Santos

grabado antiguo

A través del desaparecido periódico La Vanguardia recorremos el sentir de la localidad en la festividad de los difuntos

Miriam Salinas Guirao

El recuerdo a los difuntos rasga las señales del pasado, desde hace siglos se conmemora, al menos, durante un día, a los antepasados. La tradición obligaba a visitar el camposanto, pero no es la única. En la Región de Murcia era costumbre cubrir una cama en una habitación con sábanas limpias, para que las ánimas acudieran a descansar a casa.

Lo que ocurría hace un siglo

Hace justo cien años, en Cieza, en la Imprenta y Papelería de Buitrago Hermanos, en la antigua calle Reina Regente, número 17, La Vanguardia publicaba sobre el Día de Todos los Santos. Abría con una crónica, sin firmar, que, con maestría, resumía el acontecer de la festividad: “Todos los pueblos y todas las razas, todas las sectas y religiones han tenido en veneración la memoria de los muertos, han practicado ceremonia fúnebres más o menos solemnes y aparatosas, para celebrar las exequias de los finados, y han procurado perpetuar su recuerdo depositando los cadáveres en criptas, panteones y cenotafios que han considerado como lugares sagrados, dignos de todos los respetos”. Para el escritor, aquel ciezano de hace un siglo, la propia celebración suponía la creencia universal en una vida ultraterrena y la existencia de un parte sobreviviente tras la muerte.

Justo aquel 2 de noviembre de 1919 se daba noticia de un fallecimiento, el de Purificación Gómez Gómez, hija de José Gómez Maque, que era amigo de los directores del periódico. Purificación perecía de una enfermedad a la temprana edad de 17 años.

Religión y costumbre

La religión católica suponía un elemento definitorio de la organización de la vida local. La crónica continúa alegando vehementemente por la inmortalidad del alma: “Nuestra religión, que sustenta como dogma la inmortalidad del alma humana y su acceso después de la muerte, a otra vida infinita en la que cada uno ha de obtener el galardón y castigo a que le hayan hecho acreedor sus obras en esta vida terrenal y la creencia de que los sufragios y preces de los vivos sirven de alivio y expiación del alma de los muertos, dedica estos dos días a la conmemoración de los fieles difuntos y a sufragios por las almas de los que aun moran en lugar de expiación”.

El artículo recoge como es costumbre visitar los cementerios en los que yacen los restos de los padres, de los hermanos, de los hijos, de los amigos; “a depositar una lágrima, una oración, una corona, una flor, algo que simbolice un recuerdo de amor y de cariño a aquellos seres queridos que ya no existen y que nos fueron tan caros en su vida”. No era olvidada la máxima de igualdad con respecto a la muerte: da igual la riqueza, la grandeza y los actos. “¿Qué importa? Estas son expresiones de las miserias terrenas. Junto al soberbio panteón de mármoles y bronces, en que lucen enlutados crespones con flecos de oro y valiosas coronas, y arden numerosos y severos blandones, está la humilde fosa señalada solo con una modesta cruz de la que prende un pobre farolillo; y más allá, está la fosa común, el panteón anónimo, en que yacen mezclados y confundidos tantos innominados hermanos nuestro. ¿Qué importa? Dios está arriba sobre todas esas miserias y esas soberbias, y los ve a todos iguales, a todos nivelados ante su justicia y ante su misericordia; y acaso llegan a su oído más propicias las preces sencillas de los humildes, por más puras, más tiernas y más sentidas. Dios no ve grandes ni pequeños, sino buenos y malos, y cada uno será medido según sus obras. Dediquemos en estos días un dulce recuerdo a los seres queridos que ya no existen, como ofrenda tiernísima de amor, poetizada con nuestras lágrimas y perfumada con nuestras plegarias”.

Lo cotidiano y el poder de Don Juan Tenorio

Entre las proclamas de fe, se mezclaban noticias. Encabezado con el título de ‘Reformas y mejoras’ aparecía una información sobre aguas potables en Cieza, otra sobre una doble incorporación al cuerpo de la Guardia Civil de la localidad, gracias a la gestión del Capitán Juan de Haro y la corta de 30.000 pinos viejos de la sierras, cuyo dinero de subasta se destinaría a la construcción de la Plaza de Abastos y ampliación del Cuartel de la Guardia Civil.

Bajo el ladillo ‘Noviembre’, y regresando a la temática de difuntos, se rememoraba un personaje de leyenda: Juan Tenorio. “Emerge, por peregrina costumbre, en este mes, y su vida depravada y pecaminosa, vida de audaces venturas, de duelos y encrucijadas, de coloquios y escalamientos, vuelve de otoño en otoño,  por esa misma y misteriosa razón que la chiquillería vocinglera, juega en la calle soleada a la peonza, cuando ronda el frío y tiene sus policromas e ingrávidas cometas en brazos de los vientos primaverales. ¿Quién es capaz de saber, a ciencia cierta, por qué resucita la españolísima figura de Tenorio, en estos días de recogimiento que dedicamos a la conmemoración de la muerte? ¿Quién sabe de un modo indubitable, por qué nuestro Burlador de Sevilla abandona el sueño para inyectar en el alma temor o para invitar al goce?… Y sin embargo este fantástico personaje que compendiara eternamente dos palabras gratísimas y envidiables: Amor y Cortesanía, es algo muy nuestro, muy íntimo y que llevamos grabado en la masa de esta sangre, siempre moza y siempre española”. Así comenzaba el artículo en el diario ciezano, que no olvidaba el mito de Don Juan. El tono solemne de recuerdo y religión, como ordenadora de la vida civil, choca con esta mención que exalta los valores más mundanos y los liga al “ser español”: “Díganlo, sino nuestras galanas promesas a la novia amada, nuestras bellas quimeras, que la loca de la casa nos dibuja con perfiles imborrables, la innata desenvoltura cuando con ellas charlamos… El Tenorio, nuestro D. Juan Tenorio, no desapareció de la leyenda popular, corre hoy día por calles y plazas, su capa airosa que nos habla de Flandes, se bartoleó, pero tú y yo lector, lo vemos a cada paso, bien enfundado en impecable gabán o trabilla, ya en modesto paletó o en bufanda de apache o a cuerpo gentil, y canta al aria del amor soñado y discurre sobre cariños mozos, fantaseando en sus coloquios bajo la luna plateada, capaz de birlar otra novicia y de arrojar bizarros arrestos a las canas del Comendados, dejando con un palmo de narices a cualquier. D. Luis que se le tercie, astuto y calavera. Pero hoy es día que la Iglesia conmemora a los fieles difuntos y es de puro reglamento que nos lanzamos a la calle con el eterno negro, con el mirar triste y apesadumbrado, para cubrir de flores y coronas los abandonados lechos mortuorios, humedeciendo en el aceite nuestros sentimientos, nuestras afecciones más puras, ¡Y así va la vida…!” Esta soflama si encuentra firma, lo hace: D. Sevilla.

Los recuerdos se concentran unas líneas más abajo, con las palabras del joven Amalio que le dedica un escrito a su primo Antonio Yuste, víctima de la gripe, que fallecía en 1918 con dieciocho años: “Hoy, al asistir a los funerales que por su alma se han celebrado y ver el tiempo concurrido de amigos y parientes, que gustosos iban a unir sus plegarias a las de sus padres para que así llegasen todas a la mansión de los Justos (…) hemos sentido el escalofrío y el espasmo del recuerdo y del cariño y hemos llorado nuevamente a Antoñito”.

Se entremezclan las noticias con los recuerdos. Seguidamente, aquel 2 de noviembre, se informaba de la inauguración reciente del Campo de Deportes que la institución de los Exploradores establecía al final de la calle de Espartero. A continuación se daba parte de las idas y venidas de personajes conocidos de la época: la visita a los Baños de Mula de Mariano Marín-Blázquez de Castro, el regreso de Alicante de Pascual López Pérez, el regreso de los Baños de Mula de Natalio Ruano, la enfermedad de Concha González Díaz, el regreso del gerente y copropietario de la imprenta, Pascual Buitrago, el nacimiento de la hija del jefe de la prisión, José Joaquín Rubio… Entre la cotidianeidad y la celebración deambula el periódico de hace 100 años en la celebración del Día de Todos los Santos, recuerdo vivo del paso de Cieza.

 

 

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