Ciudadanos, el ‘Día del Orgullo’ y un chatín, por Vergara Parra

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Ciudadanos, el ‘Día del Orgullo’ y un chatín

Como sabrán, el pasado sábado seis de julio tuvo lugar en Madrid una multitudinaria marcha en defensa de los derechos del colectivo LGTBI, que engloba a quienes tienen o sienten identidades de género u orientaciones sexuales distintas de la heterosexual. Como demócrata respeto los derechos de manifestación y expresión. Como persona, comprendo la necesidad por respirar de un colectivo que, durante demasiados años, ha padecido la represión, el repudio y la incomprensión de una sociedad mojigata e hipócrita.

El Partido Naranja, aun previendo un recibimiento hostil, decidió participar en la citada marcha. Estoicamente, hubieron de soportar insultos y desagravios varios, así como lanzamiento de objetos; con tal virulencia que la policía nacional tuvo que escoltarles y, finalmente, evacuarles. En esa misma condición de demócrata, respeto el derecho al pataleo de quienes no vieron con buenos ojos la presencia de Ciudadanos. El lanzamiento de vasos y botellas vacías fue, pese a despreciables apologías de tertulianos de todo a cien, sencillamente inaceptable.

Según he leído, a excepción de VOX, hubo representantes de todos los partidos políticos, aunque lo hicieron a título personal, si es que posible desgajar lo particular de lo institucional.

Mas yo iba a otra cosa que, según lo veo, es la esencia de la cuestión. A ver si consigo hacerme entender adecuadamente para que nadie saque conclusiones equivocadas. El pecado, venial pero pecado, de Ciudadanos, como de tantos otros colectivos y personas, es otro bien distinto que intentaré precisar cuánto me sea posible.

Con la necesaria y para nada casual colaboración de los medios de desinformación y de otras fuerzas no menos instigadoras, algunos gremios, asociaciones, comunas y grupos diversos han sido elevados a los altares de la excelencia, de modo que quienes carezcan del beneplácito de estos nuevos inquisidores, serán condenados al ostracismo político. No hay término medio; o se goza de la bendición de estos nuevos mesías o la excomunión civil y política puede ser de órdago. Son, algo así, como los únicos interlocutores válidos y validados para crear opinión publicada.

Resulta patético comprobar cómo muchos de nuestros políticos imploran redención para sus inexistentes culpas y faltas. Asistimos a una nueva patología postmoderna que podríamos denominar el Síndrome de Estoeselcolmo. Si en el de Estocolmo, el secuestrado establece lazos afectivos con su secuestrador, en el de Estoeselcolmo, el político zaherido, vejado e insultado mendigará el cariño y la aceptación del ofensor.

Siempre he defendido la igualdad de derechos y obligaciones de todos, sin que el género o inclinación sexual pueda quebrar o resentir la igualdad radical de los españoles. Diré más. Las relaciones amorosas y/o puramente físicas entre personas mayores de edad, ejercidas desde la libertad y mediando el consentimiento mutuo, me traen absolutamente sin cuidado. Simple y llanamente no son de mi incumbencia. La homosexualidad no es un demérito pero tampoco un mérito. De las personas me interesa su bondad, la honradez y la integridad.

Me disgusta la estética de estos acontecimientos. Lo lamento mucho. Me consta que muchos homosexuales participan de idéntica opinión. Hay mucho cafre suelto, con muy mal gusto y pésimos e irreverentes modales; tan malos e irreverentes como los que ellos y sus predecesores sufrieron tiempo atrás. Y, desde luego, mis opiniones, que son mías y son libres, no necesitan el refrendo, ni la ratificación, ni la aquiescencia, ni la autorización ni el salvoconducto de nadie. No es soberbia, tan solo criterio.

De las personas, de los políticos también, espero autenticidad y coraje. Autenticidad para ser lo que se es y decir lo que en verdad se piensa. Y coraje para asumir los maravillosos riesgos que conlleva el ejercicio de la libertad. Yo ando tras ello y no es fácil pero sí muy reconfortante.

Hay quienes para sus opiniones necesitan la certificación expedida por los colectivos acreditados al efecto. Allá cada cual mas éste no es mi caso. Una cosa es disfrutar de la sexualidad de una forma íntima y natural y otra, bien distinta, exhibir actitudes obscenas y zafias; o faltar al decoro y respeto debido a ideas y creencias diferentes. Porque la lucha por los derechos civiles o políticos no puede consistir en desplazar al desdeñoso sino en desarticular, desde la razón, el desdén. Siempre he creído que, salvo en casos singularmente excepcionales, la ética sin estética acaba naufragando. Y no digamos nada de la estética sin ética, donde, por ausencia de la verdad, no es posible hallar belleza ni nada que merezca la pena.

Con unos espléndidos noventa años, Arturo Fernández nos dijo adiós hace escasas fechas. El gijonés paseó su elegancia y exquisitos modales dentro y fuera de las tablas. Hizo reír a media España y contaba sus actuaciones por triunfos. Pero Arturo no gozaba de la aprobación de los nuevos censores de opinión y su muerte ha sido claramente silenciada. Será porque las nuevas hembras alfa carecen de sentido del humor y confunden la galantería con el machismo. O porque, pese a haber sido un magnífico actor de teatro, escribía “cultura” con “c” y no con “K”. Y, claro, esto no se perdona.

Cómo se estarán poniendo las cosas que ceder el asiento o regalar unas rosas constituyen severas afrentas contra la dignidad de las féminas. Yo, que canto muy mal, tarareo lo que Roberto Carlos; “que soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores. Aunque yo sigo este mundo con sus modas y modismos, el amor es para mí siempre lo mismo”.

Descansa en paz chatín y si alguien te incordiase, dímelo que le caneo.

 

 

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