Corazón Partío II

Antonio-Balsalobre-cronicas-siyasaCreo haberlo dicho alguna vez. Escribo por pura necesidad; un apremio casi existencial. Cuando consigo hallar las palabras adecuadas y el pensamiento fluye como un torrente, siento algo así como un excarcelación intelectual. Hay quien, gentilmente, publica mis artículos. Mil gracias; de veras. Suelo, después, compartirlos en facebook. Admito algo de vanidad mas, como toda tacha y conjugada en su justa proporción, nada malo ha de traer. Lo cierto es que nunca alcanzo plena satisfacción cuando intento esclarecer mi urgencia por la escritura. Las palabras son insuficientes, torpes y esquivas. Un día de estos conseguiré explicarlo. O quizá no.

En torno a la primera entrega de esta reflexión, se suscitó un interesantísimo coloquio virtual, y no por ello irreal, en el que las aportaciones, matizaciones y disensiones enriquecieron sobremanera el asunto tratado.

Entre otros asuntos, decía yo que el estado debía aportar el alma de la que carece el mercado, al tiempo que defendía la bondades del capitalismo como el menos malo de los sistemas económicos implantados.

Por si alguien lo desconoce, Don Antonio Murcia (sacerdote de la parroquia de San Juan Bosco) es hombre de portentosa agudeza, fina inteligencia y amplísima cultura. Le conozco tan solo por nuestras conversaciones feisbuqueras pero me son suficientes para decir de él lo dicho. No siempre coincidimos; tampoco es necesario. Ambos buscamos la Verdad. Creo que él ya la encontró; yo todavía ando en ello.

Con la perspicacia que le caracteriza, explicitó Don Antonio que había que indagar más en las relaciones del mercado con el Estado, de la política con la economía. Tenía razón. Mucha razón. Las ciencias políticas, económicas, jurídicas y filosóficas llevan siglos hablando de ello y las disensiones siguen vigentes, aunque reconozcamos que la praxis ha revelado algunas evidencias que no deben ser soslayadas. Con sumo gusto y no menos prudencia, diré qué pienso al respecto.

El estado, todo estado, lejos de constituir una mera ensoñación conceptual, es una realidad jurídico-política articulada por el hombre para servir a una determinada colectividad forjada por  la lengua, la Historia, avatares castrenses, relaciones de consanguineidad y/o vecindad, así como por determinantes consuetudinarios. El liberalismo más escorado niega al Estado cualquier protagonismo y le confiere, por tanto, un papel muy residual. En las antípodas, hallamos teorías que confieren al Estado un omnímodo poder y relegan al individuo y a la sociedad a un ostracismo existencial.

A pesar de fervorosos adalides de la sinrazón, tan radicales e insensatas posiciones parecen ya superadas. Lo que está en discusión es el grado de  intensidad que cada actor, estado y sociedad, ha de asumir, así como los principios rectores que deben  ordenar esa relación.

Mi filosofía es la del humanismo cristiano. Veo al individuo y a la sociedad bajo el prisma de los principios y valores del cristianismo. No hay mejor manera de alcanzar la plenitud ni mejor receta para procurar una sociedad donde reinen la justicia y el bien común. Mas también lo percibo desde una radical humildad pues, aun sabiendo de sus infinitas bondades, reconozco la exigencia que requiere esta convicción. Luego no atisben contradicción cuando la acción no es fiel reflejo del ideal. En muchas ocasiones no es más que la prueba definitiva de nuestra debilidad y flaqueza. Importará, sobre todo, levantarse cuantas veces sea menester, emprender el vuelo e ir en busca de la virtud y la fidelidad.

La marginalidad, la pobreza, la enfermedad, la soledad y lo desconocido nos asusta. Nuestro corazón y nuestra mente mantienen un constante duelo entre lo que es correcto y lo que nos es cómodo. El estado, debidamente nutrido por todos, debe llegar donde no alcanza nuestro egoísmo o donde, sencillamente, ni estamos ni se nos espera.

La recompensa ante la excelencia, la valía o el esfuerzo es justa. Pero hay abismales diferencias entre semejantes, carentes de ética y estética, que deben ser minoradas con celeridad. Mucha atención a determinadas acumulaciones de riqueza y poder frente a las que los estados están indefensos. El poder político, depositario de la voz y quejido del pueblo, siempre ha de prevalecer sobre el poder económico. No ha de ser su adversario pero sí su señor.

El hombre es y debe ser el centro de todo y la economía, como toda ciencia, al hombre ha de servir.  Bajo ningún concepto el individuo debe ser cosificado o postergado a un papel secundario. El Estado debe procurar que las infinitas potencialidades del individuo salgan a la luz y que la sociedad dé lo mejor de sí. No hay pretexto ni razón lo suficientemente convincente como para cercenar las  maravillas que se esconden tras de cada ser humano. Pero, si bien es cierto que el Estado debe acompañar al individuo en este camino, no puede abandonarlo a su suerte. La doctrina social de la Iglesia, iniciada con la célebre encíclica Rerum Novarum en 1891, advierte de los excesos e injusticias del capitalismo y liberalismo más salvajes. El Estado debe favorecer que la economía fluya y que el libre mercado dispense beneficios para la colectividad. Pero la autonomía de la voluntad termina donde se inicia la protección del más débil. Compete al Estado que nuestros más preciados bienes (la libertad, la verdad y la justicia) estén al servicio del bien común.

La riqueza sin solidaridad es indigencia. El libre mercado sin reglas éticas, una maldita jungla. El individuo, sin libertad, fenecerá en vida. El capitalismo, sin cortafuegos ni salvaguardas de la decencia, un infierno para el hombre. Hay quienes solo ven por un ojo y atribuyen el éxito o el fracaso al esfuerzo o al demérito. Olvidan que millones de personas prácticamente nacen condenadas y que otras tantas naufragan pese a sus desvelos.

Las enseñanzas agustinianas nos recuerdan que el Evangelio prioriza las necesidades de los excluidos. Nuestra sociedad será digna en la medida que seamos capaces de integrar a todos; singularmente, a los más vulnerables. De lo que se colige que el capitalismo es un medio para el hombre y no un fin en sí mismo. No caigamos en la simpleza de satanizar el libre de mercado porque, para repartir riqueza, primero hay que crearla. Olvidemos, de una vez, los sistemas que crean iguales en la miseria pues son incapaces de generar otra cosa. Los hombres, rectos y de bien, que habiten en la Ciudad de Dios, han de derrocar a los paganos. Definitivamente.

Fdo. José Antonio Vergara Parra.

 

 

 

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