Diego J. García Molina reflexiona sobre la postura europea ante Gibraltar

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Desengaño europeísta

Con motivo de las elecciones andaluzas y el tratado de salida del Reino Unido de la Unión Europea, comúnmente llamado Brexit, se ha puesto en cuestión, una vez más, el asunto Gibraltar, la última colonia en suelo europeo.

Hagamos historia y recordemos que este conflicto se prolonga desde la guerra de sucesión española, iniciada tras la muerte sin descendencia de Carlos II ‘El Hechizado’, víctima de la endogamia familiar. Este dejó al nieto del rey de la todopoderosa Francia, Luis XIV, como heredero de las Españas pero Inglaterra, temerosa y recelosa de la unión de ambas potencias conspiró con los Países Bajos y el Sacro Imperio Germánico para ofrecer como alternativa regia a Carlos de Austria, hijo menor del emperador Leopoldo I.

Aquellas intrigas con tratados más o menos secretos desembocaron en la que, quizás, fue la primera guerra a escala mundial de la historia, con nuestra piel de toro como escenario principal, aunque también en otras partes del globo. Las ciudades españolas se mostraron partidarias de uno u otro pretendiente según el estado de la contienda, con cambios de bando incluidos. Cuando el emperador Habsburgo falleció en 1711, Carlos se apresuró a preferir pájaro en mano, renunciando al trono español y ocupando el puesto de su hermano (había muerto también Leopoldo en 1705), terminando de esta forma el conflicto sucesorio por el control de los dominios españoles, los cuales fueron repartidos entre vencedores y vencidos dejando a España maltrecha y dolida.

Hubo un país que, haciendo honor a su fama de pescadores en aguas revueltas, aprovechándose del desgaste de ambos contendientes principales, quisieron obtener beneficio propio, ocupando Menorca y Gibraltar, expulsando a la población de esta última plaza. Las negociaciones del tratado de paz de Utrecht dieron fin a la contienda ratificando la ocupación del estratégico peñón y la no menos bien situada isla, además del reparto del resto de posesiones españoles en Europa. Tras varios cambios de manos (incluido un breve periodo francés) se consiguió recuperar Menorca; sin embargo, Gibraltar, para nuestro oprobio y vergüenza, continua en manos de los ingleses. Una base militar, con el añadido de paraíso fiscal, en nuestro país, enclavado en pleno corazón de Andalucía, en el valioso estrecho que da acceso al Mediterráneo.

El dictador Francisco Franco consiguió, con el apoyo del bloque soviético, quien lo iba a decir, que Gibraltar se incluyera en la lista de territorios a descolonizar elaborado por las naciones Unidas. No obstante, durante años los ingleses han ignorado dicha resolución; no mantuvieron con Hong Kong la misma actitud que muestran despreciando nuestros intereses. Se podría pensar que el poderío militar y económico chino no es el español, y bien cierto es; pero no es menos cierto que España es aliado de Gran Bretaña en la organización militar OTAN y socio, hasta que se ejecute finalmente el Brexit, en la Unión Europea, sin haber sido ello motivo para aliviar la situación que tanto nos perjudica como país soberano.

Lo peor de todo, y motivo principal de este artículo, es que nuestros supuestos socios en la unión europea nada han puesto de su parte para resolver este problema; recordemos, última y única colonia en suelo europeo. Mas, al contrario, han aprovechado esta situación para negociar a nuestras espaldas quién sabe que contraprestación, desperdiciando la oportunidad histórica de mejorar la situación que tanto está perjudicando al campo de Gibraltar y a las deprimidas zonas adyacentes.

Me gustaría preguntarle al presidente de la República Francesa si admitirían una colonia inglesa en la costa azul o en Calais desde su derrota en las guerras napoleónicas en el siglo XIX. O si Alemania estaría tranquila con una base militar francesa o rusa en su territorio tras la primera o segunda guerra mundial.

Hasta ahora he sido un convencido europeísta creyendo que solo en la unión efectiva de los países europeos íbamos a tener la oportunidad de competir económica e ideológicamente con los gigantes asiáticos, la omnipresente China, los países emergentes, y por supuesto los Estados Unidos. Pero esta unión debe ser de buena fe, y si Francia y Alemania nos van a usar a su antojo como tontos útiles en función de su interés mejor dejar de ceder soberanía y abandonar también este poco ventajoso trato, cómo ha hecho Gran Bretaña. España tiene un vínculo único hacia Iberoamérica y no debemos depender de unos socios tan poco fiables; solo un golpe de efecto de este calibre puede conseguir situarnos a la altura del núcleo dirigente de la UE y conseguir la dignidad que nuestro país se merece.

 

 

 

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