Diego J. García Molina reflexiona sobre la inauguración del aeropuerto de Corvera

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Habemus aeropuerto

Por fin, y después de un retraso de varios años en su construcción, más otros tantos abierto sin operatividad, este pasado martes ha aterrizado en el aeropuerto de Corvera el primer vuelo comercial de pasajeros. Ha sido celebrado con gran alborozo por nuestra particular casta política como el no va más en la modernidad, no obstante, la realidad es que llega con demora y más de 30 millones de euros, que se dice pronto, 5.000 millones de las antiguas pesetas (nunca conseguiremos dejar de pensar en esta moneda de nuestra infancia) desperdiciados por diferentes motivos.

Lejos quedan ya aquellas primeras entrevistas de trabajo realizadas con el objetivo de contratar empleados para las diferentes áreas operativas de esta infraestructura aeroportuaria; entrevistas que quedaron lógicamente sin efecto por motivos obvios. Tiempo perdido y esperanzas truncadas de quienes depositaron su confianza en conseguir así un empleo. Esfuerzo también baldío por parte de los responsables de recursos humanos que invirtieron tiempo y dinero en realizar una búsqueda activa de candidatos para que quedara archivada sine die. Conflictos con la anterior concesionaria de la explotación que también acabó en compensación económica, y veremos cómo terminan las demandas continuas en contra de la comunidad que han ido interponiendo, pago de avales, etc.

Lo peor es que la apertura de Corvera, lógicamente condena al cierre al aeropuerto de San Javier. Nadie entiende entonces por qué se ha seguido invirtiendo y ampliando las pistas del aeropuerto costero si se sabía que en breve espacio de tiempo dejaría de estar activo. Más de 60 millones de euros que de ninguna manera podrán ser ya amortizados. No olvidemos que este nuevo aeropuerto de Corvera fue una iniciativa privada que al final pagaremos todos los murcianos nacionalizando de ese modo las pérdidas, sin embargo, el beneficio será privado. Un negocio redondo, sin duda.

Podemos tener la seguridad de que toda esta cadena de malas decisiones, las cuales cuestan millones, no se tomarían tan a la ligera si se realizaran con dinero propio; o en una empresa privada donde las decisiones injustificadas y fallidas suelen tener consecuencias. Da la sensación que en el sector público vale todo. No me canso de repetir que el dinero que tanto cuesta ganar hoy día y que con tanta facilidad se va en impuestos directos e indirectos, es sagrado; es un dinero que se debe administrar y gastar con el mayor de los cuidados y debe ser fiscalizado hasta el último céntimo. Nada más lejos de la realidad que la situación actual, donde no tenemos voz ni voto y asistimos desalentados al incremento del gasto; en ocasiones en empresas que nos resultan, cuanto menos, banales y totalmente prescindibles.

Desgraciadamente, con esta partitocracia que nos ha tocado vivir, los más estrepitosos fracasos se venden como éxitos, y distribuidos con la engrasada maquinaria de propaganda que dispone cada administración cala en las personas sin remedio. Es más sencillo creer una buena noticia que una mala, está más que demostrado. Todavía tenemos mucho camino por recorrer, involucrarnos más para ser una democracia madura, pero evidentemente también son necesarios medios y controles para detectar y poder evitar estos desmanes. No puedo negar, además, que tiene cierta gracia ver cómo los mismos que desde su partido han censurado y criticado esta obra, corren ahora raudos y veloces a cortar la cinta en la inauguración y a prestarse a salir en la foto junto al jefe del estado; todo un prodigio, mezcla de cinismo y caradura. ¿No se dan cuenta, de verdad, como nos avergüenzan, y el desprestigio que han llevado al noble y antiguo arte de la política? Pericles, Ciceron, Julio César, y otros tantos genios políticos de la antigüedad deben estar removiéndose en sus tumbas asistiendo a este auténtico despropósito que nos ha tocado vivir.

 

 

 

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