El accidente que paró Cieza

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Un camión cargado con bombas colisionó con un tren de pasajeros en Cieza, ocurrió en 1937

Miriam Salinas Guirao

Un ciezano llamó hace unas semanas a la redacción de Crónicas de Siyâsa.  Pascual Saorín Piñera quería contarnos su testimonio, el que guarda de uno de los accidentes más catastróficos sucedidos en la localidad. Ocurrió hace más de 80 años, el 15 de julio de 1937, en plena contienda de la Guerra Civil.

El diario nacional, La Libertad, publicaba el 16 de julio: “Se han recibido (…) noticias, procedentes de Murcia, según las cuales en aquella provincia ha ocurrido un grave accidente ferroviario. Los primeros detalles que acerca del suceso se tienen en esta ciudad señalan que en el paso a nivel situado a unos tres kilómetros de la estación de Cieza, un camión automóvil de carga intentó cruzar la vía en el preciso momento en que pasaba un convoy de viajeros. El choque fue violentísimo. Se oyó una gran explosión, al parecer de la caldera de la locomotora, y resultaron algunas víctimas. Hasta el momento no se tienen más detalles de este suceso, cuyas causas, desde luego comprobadas, han sido fortuitas”.

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Pascual tenía apenas 7 años cuando todo ocurrió: “Lo viví in situ en el paso a nivel pegado al puente de la rambla del Judío. Saltó medio camión a la casa de mis padres, fue un choque de un camión de bombas con un tren cargado de gente a tope.  Donde vivía el guardabarrera, Juan Antonio Téllez Salinas, eran 6, murieron 3 hombres y 3 mujeres vivieron”. “Recuerdo que era verano, los días eran más largos”. No se equivoca Pascual. El 15 de julio de 1937 un convoy de camiones que se dirigían a Madrid hizo un alto en el camino, en Cieza, y al intentar incorporarse a la comitiva se saltó la señalización del paso a nivel y se estrelló contra un tren de pasajeros, el correo, que partió desde Cartagena. “Esa mañana acompañé a las mujeres a por agua. Guardaban el agua en unos cántaros en las casas y había que ir a dos kilómetros a  por él. Mi madre y una vecina fueron aquella tarde el pantano de ‘los Praos’ para recoger agua para el servicio de la casa y yo me fui con ellas jugando. La conversación que llevaba mi madre y su amiga era que no le gustaba quedarse de noche sin agua, por lo que pudiera pasar. Llegamos a la casa, hicieron lo que había que hacer y nos acostamos pegados a la puerta de la calle porque era verano y allí corría más brisa.” Mientras tanto, como cuenta en su investigación Luis Lisón Hernández, cuando llegó el vehículo retrasado, el guardabarrera “había colocado la primera cadena, la situada a poniente, y se disponía a echar la segunda. En su alocada carrera, el conductor del camión –que se quedó rezagado-, cuando pudo frenar percatado de la luz roja que en su mano portaba el ferroviario, lo hizo sobre las propias vías, ante la sorpresa del guardabarreras y los gritos de éste. El militar insistió en su pretensión, y ante la negativa del encargado del paso a nivel le amenazó con una pistola a que le abriese paso o lo mataba. En el acaloramiento de la discusión, y con el ruido del motor del camión, la locomotora avanzó inexorablemente tomando velocidad, pues hacía poco que había salido de la estación, hasta empotrarse con el obstáculo que se interpuso en su camino”.

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Pascual recuerda que aquella noche las puertas se abrieron de golpe. “Escuché ruido y mi casa fue la única que se quedó de pie y con luz, de todo el estruendo. La gente fue a mi casa a curarse. Mi madre decía: “Madre mía si no llego a ir a por agua para curar a todos los lisiados”.

Lisón Hernández recoge en su investigación la virulencia del accidente. “Si el choque de por sí no fuese suficiente, la peligrosa carga transportada por el camión, consistente en explosivos, municiones y bombas de aviación, multiplicó la violencia de manera extraordinaria, hasta el punto de que el vehículo militar voló por los aires, incluyendo en la voladura la casilla del guardabarrera, la escuela próxima y otros edificios. La onda explosiva alcanzó considerable distancia, ocasionando la ruptura de cristales en algunas ventanas de zonas bastantes alejadas. En el silencio de aquellas horas, el sonido de la detonación llegó hasta las localidades próximas, y en la propia Cieza todo el mundo supuso que la aviación de los nacionales estaba bombardeando el pueblo”.

Pascual retoma el relato: “¿Cómo llegó ahí la bomba? Las subían en convoy de camiones de Cartagena para arriba, las transportaban de noche y cuando llegaron a Cieza un camión se quedó en el bar de Isidoro, que estaba en la calle San Sebastián. Se quedó atrasado y los demás cruzaron.  El guardabarrera no quería abrirle la puerta porque el correo –el tren- estaba al subir, le hicieron que abriera y en ese momento llegó el correo y chocó con el camión de bombas y fue un desastre de materiales, murió gente, muchos, y yo recuerdo que al día siguiente me bajaron a ver aquello: había personas atrapadas en los hierros, chillando, llorando. Había muertos entre los hierros, fue el desastre numero uno. La carreta estaba llena de ambulancias. En el paso a nivel justo antes de llegar al puente de la rambla del Judío donde está la casilla nueva que hicieron, allí la máquina del tren cayó, llegando al puente, ahí se quedó la máquina de correo volcada, que la vi yo allí, como si lo estuviera viendo ahora mismo”.

El 18 de julio de 1937 el diario nacional ABC, que publicaba desde Sevilla, sentenciaba en portada, junto a otras noticias: “En un choque, en Cieza, resultan 20 muertos”. En la investigación que realizó Lisón Hernández narra que en el primer recuerdo, que se realizó a las seis de la mañana, el número de fallecidos era 5 y 101 personas heridas. El investigador asegura que las víctimas fueron muchas más. En el libro de defunciones del Registro Civil de Cieza, que consultó, localizó: “Hasta catorce fallecidos en el paso a nivel, sin que podamos concretar la cifra definitiva, dado que algunos fallecerían posteriormente a causa de las heridas, bien en Cieza o en otras localidades a donde fueron evacuados. A lo que debemos añadir que la filiación de algunas de las víctimas no se pudo conocer en los primeros momentos, ni en los días siguientes, pues como muy bien refleja dicho libro de defunciones, aún a mediados de agosto se efectuaba la inscripción de alguno de los fallecidos el citado 15 de julio”.

Días después del accidente, en la prensa regional se recogían anuncios de objetos perdidos en el accidente. En El Liberal, el 22 de julio, José Martínez comunicaba que había extraviado en el incidente en Cieza una maleta que contenía un traje uniforme de teniente de infantería, dos camisas, un correaje, un pantalón y otros efectos. Rogaba a quien lo encontrara que lo entregara en Torreagüera.

En plena contienda, Cieza vivió un episodio impactante, un momento roto en la memoria de los testigos; gracias a la voz de los ciezanos que nos permiten coser la historia.

 

 

 

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