El empleo del lenguaje, por Vergara Parra

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Ultras, extremistas, fascistas y demás disfemismos

El depauperamiento del castellano es innegable. La merma en los contenidos y exigencias académicas de la lengua común (desplazada por materias perfectamente prescindibles), las redes sociales (donde impera un lenguaje críptico e indigente) y la caída de la lectura, entre otros factores, han contribuido al declive de nuestra hermosa lengua.

A su decadencia habremos de unir su deformación interesada; es decir, la asignación conceptual errónea y deliberada a determinadas palabras. Variadas son las razones. Ignorancia, demagogia y mala fe son algunas de ellas.

Resulta curioso que quienes, con inusitado desdén, alardean de su desafección por ese concepto tan repulsivamente burgués como el de la propiedad sean quienes, una y otra vez, patrimonializan el uso y disfrute del castellano. Tal es así que algunas de nuestras voces han adquirido un valor semántico que poco o nada tiene que ver con el real. La lengua, como la libertad, no solo es un vehículo de comunicación si no que tiene una insoslayable finalidad; esclarecer la verdad de las cosas.

Este fenómeno adquiere una especial virulencia en el foro político donde la palabra, desprovista de su valor primigenio, se ha convertido en un arma arrojadiza para francotiradores del lenguaje.

Así, términos con una indudable carga peyorativa, como ultra, fascista y extremista, son alegremente atribuidos a ideas o actitudes que desmerecen semejantes epítetos. Voces con mejor crítica, como progresista, democrático o moderado, corren idéntica fortuna aunque en este caso hablaríamos de eufemismos, pues algunos se las atribuyen a sí mismos digamos que con excesiva generosidad.

El lenguaje, capciosamente utilizado, ha calado en gran parte de la sociedad y este es un mérito que habremos de atribuirle a la izquierda, secularmente más hábil que la centro-derecha en lo que a la desinformación se refiere.

Pero vayamos a la praxis para hacerme entender mejor. Las interrogantes son una interesante forma de reflexión pues dejan las respuestas en el aire e inconclusas las certezas. Me valdré de interpelaciones del siguiente tenor:

¿De veras la interrupción de la vida es progresista?

¿Acaso el asedio a la libertad de expresión no constituye un acto de extremismo inaceptable?

Quienes perturban una procesión o irrumpen en una iglesia profiriendo insultos y amenazas, ¿no habríamos de tildarlos como radicales?

Quienes se arrogan una supremacía étnica y menosprecian linajes supuestamente defectuosos, ¿no merecen el adjetivo de execrables xenéfobos?

¿Qué hay de extremista en el amor y fidelidad a la patria?

¿Conocen ustedes una actitud más rematadamente fascista que la de aquellos que se sirven de la violencia, la coacción o la intimidación para expresar ideas propias o vetar las ajenas?

¿Verdad que los individuos y territorios que proscriben y repudian al disidente ultrajan el más elemental sentido de la democracia?

¿Por qué llamamos ultras a quienes defienden la igualdad, en deberes y derechos, de todos los españoles, con indiferencia del lugar de nacimiento o residencia?

¿Qué tiene de moderado premiar al díscolo e ignorar al justo?

¿Qué tiene de democrático el incumplimiento sistemático de la ley?

Si algo, por su innegable valor, merece ser conservado, ¿por qué no ultra-conservarlo?

¿Por qué llamamos demócratas a los escracheadores y extremistas a los escrachados?

Creo que se entiende la idea. Hemos de revelarnos, con descaro e impertinencia, contra esta manipulación del lenguaje pues, de no hacerlo, sucumbiremos a una realidad adulterada. Y no habrá de sorprendernos que los mismísimos manoseadores de palabras definan como reaccionaria nuestra actitud insumisa.

Dadas las circunstancias, si por llamar a las cosas por su nombre nos arriesgamos a ser llamados extremistas, ultras o fascistas, habremos de considerar tales adjetivos como verdaderos cumplidos.

 

 

 

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