El empleo del tiempo bajo el prisma de María Parra

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El tiempo es oro

Queridos lectores,

El tiempo ha sido a lo largo de la historia de la humanidad una de nuestras mayores preocupaciones. Es muy curioso cómo acontece este fenómeno, ya que indiscutiblemente el tiempo representa la concepción del mundo, el comportamiento de los individuos, su conciencia, su ritmo vital, su actitud hacia las cosas, etc. Por tanto, está claro que el tiempo además de ser percibido subjetivamente por cada persona, también es aplicado e interpretado de forma distinta por cada civilización y sociedad.

Ya los griegos representaron el tiempo como un anciano de largas barbas al que llamaron Chronos, sobre el que se crearon leyendas y mitos. Posteriormente, la civilización romana confeccionó el calendario juliano, con el que estableció cuándo era el tiempo de la siembra y de la cosecha tomando como referente al estado del sol y de la luna.  Frente a esta concepción cíclica y mitológica del tiempo que se correspondía con la Antigüedad Clásica, surgió una concepción lineal durante la Edad Media, en la que todo tenía un principio y un fin que tendía a Dios, o en palabras de  Jorge Manrique “Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir”. De esta manera el tiempo medieval resultó estar tamizado por la huella indeleble del Cristianismo.

Más adelante, a lo largo del siglo XV el teocentrismo fue dejando paso a un incipiente Humanismo con el que la concepción del mundo cambiaría. El ser humano comenzó así a considerarse el centro de estudio de las artes y las ciencias, lo que dio lugar al nacimiento de las universidades como grandes impulsoras del conocimiento y propició el éxito de la erradicación del poder absoluto de la iglesia y de la monarquía. Un factor determinante en este periodo de cambio fue la invención de la imprenta, puesto que contribuyó a la rápida difusión de ideas contrarias al feudalismo y a la religión establecida con figuras tan destacadas como Erasmo de Rotterdam.

He de confesar que me habría encantado ser testigo de la revolución que tuvo que suponer la imprenta para la sociedad de aquella época, tan acostumbrada al difícil acceso a esas escrituras que de forma artesanal solo reproducían los monjes copistas en las iglesias con gran minuciosidad y mucho tiempo. Aquella primera máquina debió de ser realmente un gran acontecimiento en las ciudades hasta el punto de generar grandes concentraciones de gente. Seguramente en aquellas imprentas en el momento de la impresión se armaba un gran revuelo en el que todo el mundo, editores, escribientes, operarios, mecánicos, muchachuelos, vecinos, etc, se agolpaban alrededor de la máquina, sucediéndose pisotones y empujones uno tras otro para no perderse la salida de una hoja llena de letras que, en un principio, se había introducido de forma inmaculada y que, en poco tiempo, había pasado a transcribir lo que el autor había querido decir.

De esta manera, es probable que la imprenta no solo contribuyera a que se diera un enorme avance cultural, sino que además también pudo favorecer que los renacentistas comenzaran a tomar conciencia del valor inmenso del tiempo, naciendo así una preocupación por este en detrimento de la inquietud sobre las exigencias eclesiásticas que la Iglesia le había venido marcando a la sociedad durante la Edad Media por ser un periodo plegado a la liturgia cristiana.

Y si esa fue la era del inicio de la impresión en papel y supuso la multiplicación del número de libros y la reducción del tiempo material para conseguirlos, ahora nos encontramos en la era digital, cuyo formato va más allá de lo material para traspasar la frontera de lo físico y lo que es más sorprendente del tiempo. Por tanto, si con la imprenta se inició al ser humano en un contexto calculador, en el que la sociedad siente la necesidad de vivir con un tiempo indispensablemente marcado de forma mecánica y bien calculada, ahora, gracias a internet, hemos pasado de un tiempo lineal a un tiempo múltiple en el que es posible la inmediatez simultánea, lo cual me resulta realmente fascinante, pero también preocupante. Y es que esto nos está llevando a que el tiempo haya cobrado un estado de velocidad que se está incrustando en nuestra cultura arrastrándonos a un ritmo vertiginoso, que aunque está promovido por el tejido empresarial, desgraciadamente, también está perturbando las relaciones personales, puesto que apenas le dedicamos el tiempo necesario para cultivarlas con todo el mimo que se merecen.

Aunque mi padre siempre me ha dicho que el tiempo es oro, hoy por hoy yo diría que no es oro todo lo que reluce.

La niñez ya no se vive a fuego lento, los padres jóvenes hacemos malabarismos con tal de sacar el tiempo suficiente para poder compaginar los biberones y la falta de sueño con las responsabilidades apremiantes que se nos van exigiendo. Luego están los preadolescentes, es decir, los jóvenes que se encuentran entre los 12 y los 14 años, a los que se les ha acelerado el tiempo de madurez por su incorporación temprana en los institutos. En lo que respecta a los universitarios, la vida en la universidad se ha vuelto vertiginosa, ya no es suficiente con tener una carrera, sino que además para ser “competitivo” también es necesario tener un máster o un doctorado lo antes posible. Y, por si esto fuera poco para ellos, una vez entrados en la población activa, van pasando a disponer de un tiempo personal colonizado por lo laboral, ya que comenzarán a andar colgados de un email o de un whatsApp que les acelere el pulso. Y por supuesto, no podemos olvidarnos de los abuelos, que aunque la jubilación supone un tiempo de descanso y retiro, es bien cierto, que España se sostiene gracias al esfuerzo incondicional de tantos y tantos abuelos que aumentan su ritmo diario a pesar de sus achaques para regalarnos su tiempo y dedicación.

En definitiva, me pregunto si realmente somos conscientes de que estamos creando una “cultura del vértigo” a costa de nuestro tiempo y el de los demás.

 

 

 

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