El esparto de la vida

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ENTREVISTA

Antonio José Salmerón es un joven ciezano de 22 años que vive de lo que produce. Artesano del esparto que desde ‘Perdiguera’ manda sus creaciones a Estados Unidos y a Europa

Miriam Salinas Guirao

Trenzando esparto, dorado y espigado, con las manos rudas, el joven artesano teje las horas. “Ahora tengo varios encargos: asientos, pleitas y serones, capazos para Madrid, y cenachos para los caracoles.” Antonio cuenta que mandó a Holanda sombreros para la firma Leandro Cano, cestas para Bruselas, cabezas de animales, hechas de la fibra, para Estados Unidos, y casi olvida, con el gesto tranquilo y con media sonrisa: “Vinieron de Loewe y se llevaron llaveros de esparto para ponerlos en los bolsos.”

El trabajo artesano

El joven artesano vive a cuatro kilómetros y medio del casco urbano de Cieza, en el paraje de ‘Perdiguera’. Rodeado de plantas naturales, de sus cultivos y de los animales que cuida y alimenta; del verde y el dorado, de la tierra y del agua del Segura. Cuenta que trabaja “bien el esparto” desde hace cuatro o cinco años: “De pequeño, usaba esparto picado, hacía trenzas, pulseras, cuerdas para columpiarme… Con los años quise saber más y más, pero en mi familia nadie tocaba el esparto. Entonces conocí a gente de Cieza, a Pedro Navarro, a Guillermo, el del Madroñal, y con lo que ellos me explicaron y con lo que yo fui experimentando, he sacado lo que sé hacer.”

Antonio asegura que la gente está concienciada con las fibras naturales, pero pocos conocen el trabajo que conlleva: “Desde que se coge la fibra hasta que se puede trabajar pasa un mes si es para cestería.” Luego con un taco de madera y una maza de olivo que él mismo se hizo, machaca la fibra. Con una trenzada entre las manos Antonio moldea el dorado como una parte más de su piel. “El esparto pasa semanas al sol, y del color verde original pasa al dorado, después ese mismo esparto pasa 40 días en agua, fermenta y es el que se utiliza para los rebordes: Este tiene más fuerza, es más suave; sirve para el bordes de los serones y de los capazos, para las cosas más finas.”
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“Ya no me pilláis más en la civilización”

Con la mirada inquieta, de un lado al otro de la habitación, que sirve de exposición de sus creaciones, el artesano responde: “A mí nunca me ha gustado la ciudad. A los once años me subía caminando y le echaba de comer a las gallinas. Recorría once kilómetros entre subir y bajar. Después me compré una bicicleta y ya podía ir un poco más ligero.”

Durante dos años se mantuvo un poco más alejado de lo que gustaba: “Cursaba el Grado Medio en Agricultura Ecológica en Jumilla y lo pasaba mal porque estaba ahí, solo podía venir los fines de semana. Echaba esto mucho de menos. Cuando terminé me dije: ‘Ya no me pilláis más en la civilización y me vine’. A pesar de lo que quiere su forma de vida, no descuida a sus amigos y familiares, y los viernes va a la ciudad a verlos. Tiene en su hogar un móvil, el único dispositivo que usa para manejar su empresa y sus relaciones.

“El hombre de los dos mil oficios”

Antonio se autoproclama “el hombre de los dos mil oficios” porque trabaja el esparto, la piel el hierro, el cáñamo, la caña y el mimbre, la anea, curte pieles, ordeña sus cabras, conserva la carne, hace pan, medicina natural…

Se levanta a las seis de la mañana para cuidar de la tierra y de sus animales (una cabra, gallinas, pavos y dos burros): ” Y no paro en todo el día. Con el fresco, por la mañana, hago las tareas de la calle y ya, luego, me meto en casa y trabajo el esparto. Lo único que Antonio compra es el arroz que no puede plantarlo en su terreno. Bebe agua de los nacimientos locales y practica el trueque con sus vecinos: “Yo me encargo de matar la cabra y me dejan, por ejemplo, la piel y una pierna.” No solo plantea una forma de vida casi olvidada, también hace talleres en el Museo del Esparto al que viene, sobre todo, gente de fuera: de Valencia, Albacete, Alicante, Murcia…

Antonio es el creador de ‘Esparticos’, empresa que fundó porque la gente que le compraba sus productos los revendía: “Pensé que esto no iba a tirar hacia adelante, ni nada, pero empecé, que si uno quiere una cosa, otro otra cosica… El comienzo fue duro, pero ahora la gente me conoce. En Murcia, por ejemplo, hay una mujer que se lleva un montón de esparteñas para el Bando de la Huerta cada año.”

Con los ojos tranquilos y la alegría natural de quien hace lo que le gusta, Antonio vuelve a su esparto, al espacio natural de su vida.

 

 

 

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