El esparto: luces y sombras de la industria que configuró Cieza

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ENTREVISTA

Las manos cortadas, duras; las muñecas quebradas; los oídos cargados, la piel arañada; en la nariz el olor fresco, amargo; los bolsillos vacíos, la memoria llena. El recuerdo de cientos de trabajadores de la atocha. Antonio Balsalobre, miembro del Club Atalaya Ateneo de la Villa, nos cuenta como la historia de Cieza va tejida con el hilo del esparto

Miriam Salinas Guirao

Antonio sonríe, da fuerza a sus palabras con el empuje de la memoria. Nos abre una página de Cieza, nos habla del esparto: “Es una fibra que fue desplazada por el petróleo en los años 60, porque la cuerda de plástico era más barata. Entonces empezaron a cerrarse las más de 50 fábricas de Cieza; miles de ciezanos tuvieron que emigrar.” Antonio expresa el “gran sentimiento de frustración y fracaso” de las personas que tuvieron que partir: “Habían aprendido un oficio, y, de pronto, encuentran que ya no sirve y que eran muy mayores para reconvertirse, y reconvertirse ¿en qué? Ese era un problema. Se apodera de ellos un gran sentimiento de frustración, de fracaso y llega un momento que, como pueblo, también se asume ese fracaso colectivo y, durante años, hubo gente que ni quiso hablar de esparto. Lo veían como algo que quebró sus vidas.”

“Quebró sus vidas”

Antonio explica que mirar atrás provocaba dolor: “Pero pasaron los años y antiguos esparteros quisieron reivindicar lo que habían sido y lo que había supuesto para Cieza esa industria. En Cieza todos los caminos nos llevan a la memoria del esparto”. Con la ayuda de aquellos trabajadores se decidió que había que recuperar esa historia y comenzaron a rescatar enseres, maquinaria y recuerdos: “Nos contaron sus vidas, cómo vivían, cómo trabajaban, cómo era Cieza, cuál era su forma de estar en este mundo. Recuperamos fotografías, testimonios, documentos que guardamos, celosamente,  en el museo”.

Memoria del Esparto

A partir del año 2000 se pone en marcha el primer Museo del Esparto. Antonio cuenta, con las manos, tanto como con las palabras que “a partir de ahí, empezaron años duros por cuestiones poco compresibles”. Antonio quiere subrayar que “el ayuntamiento, durante años no apoyó al Museo del Esparto por cuestiones ‘extraculturales’ y el museo tuvo que sobrevivir con la ayuda de los vecinos de Cieza y de los socios del Club Atalaya”, recalca. “Este museo se ha podido levantar gracias al esfuerzo, la generosidad y la ayuda de los antiguos trabajadores del esparto y de los vecinos de Cieza, eso quiero remarcarlo porque sin ellos, sin su generosidad, no habría sido posible”. Casi veinte años de visitas de los centros escolares, de personas relacionadas con el mundo del esparto, de investigadores, “que pudimos sobrellevar porque el museo estaba vivo, a pesar de las autoridades locales del momento”, señala. Antonio asegura que “desde hace tres años, con el cambio municipal”, se sienten más respaldados “por el apoyo”. El museo recibió en el año 2013 un reconocimiento europeo, concretamente del Programa Líder de la Unión Europea para crear el Centro de Interpretación del Esparto.

Ahora, en el año 2018 tras celebrar el III Encuentro Nacional sobre la Cultura del Esparto, la situación de pausa de los años anteriores empieza a recibir impulso: “La tendencia es la recuperación de lo natural, lo ecológico, y quizá esa fibra natural, el esparto, se tome la revancha, no sabemos si con la misma fuerza del siglo pasado. Tenemos una amenaza evidente de cambio climático, aumento de las temperaturas, desertificación… parece inevitable si no ponemos los medios para atenuar las consecuencias. Se han praesentado estudios que avalan el valor ecológico del esparto como barrera natural frente a la desertificación provocada por el cambio climático”.

III Encuentro Nacional sobre la Cultura del Esparto

Las jornadas han servido para potenciar la recuperación de la cultura, la economía y la ecología del esparto, a través de diferentes propuestas de investigación, educación y gestión sostenibles con vistas a un nuevo futuro del esparto. Además se informó sobre las últimas gestiones realizadas en la presentación de la candidatura conjunta de España, Marruecos y Túnez, para la declaración por parte de la Unesco de la Cultura del Esparto como Patrimonio inmaterial de la Humanidad. “Estamos muy contentos porque ha habido una gran participación de especialistas del mundo del esparto de toda España (artesanos, antiguos trabajadores, catedráticos, investigadores, arqueólogos, biólogos…). Estas jornadas han servido para poner en común distintas sensibilidades en cuanto a la economía del esparto: para hablar del pasado milenario del esparto pero también para hablar del futuro, un futuro en la artesanía en la industria en la moda…” Tras un viernes con animaciones de corros esparteros, mercadillo y música popular, se presentaron más de 15 ponencias y comunicaciones el sábado. “El domingo estuvimos visitando la fábrica de esparto de Santos. El esparto no es lo que era en Cieza, el esparto ya no da trabajo a más de la mitad de la población, como en el siglo pasado, pero persiste una industria minoritaria que tiene proyección de futuro. Se está produciendo un cambio y el esparto dentro de unos años va a constituir una rama importante de la economía local”, relata Antonio.

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Cieza y la cultura del esparto

Pero, ¿qué fue la cultura del esparto? Echando la vista atrás, al hambre, a la vida rural, al siglo XIX, Antonio cuenta que “hasta 1860, aproximadamente, los montes eran públicos. La gente del pueblo iba a coger esparto y cuando había malas cosechas, cuando llovía, cuando no había trabajo en la agricultura, los ciezanos y ciezanas cogían esparto para fabricar sus enseres, incluso los vendían, y era una forma de ganar dinero cuando las cosas no iban bien”. Pero la demanda de los años siguientes cambió la situación: “En torno a 1870 empieza a haber una demanda de esparto importante desde Inglaterra. A través del Puerto de Cartagena y del puerto de Águilas salen barcos con esparto. Empieza a generarse una demanda para cordelería muy, muy importante y esa fibra que estaba en el monte, que no necesitan ningún cuidado, empieza convertirse en un objeto de valor. Y el ayuntamiento se da cuenta de que puede tener unos ingresos importantes con esta fibra y… ¿qué hace? Empieza a subastar los montes. Entonces se prohíbe arrancar esparto y lo que hasta 1870 era una actividad libre, se convierte en un robo, se persigue, y se detiene a las personas que van a coger esparto. ¿Qué ocurre? que por la noche los más jóvenes y fuertes van al monte a coger la atocha porque había épocas de hambre, riadas, malas cosechas… Hay un cambio importantísimo: la demanda de esparto empezó a ser cada vez mayor. Llegaron  personas de otros lugares porque había trabajo y Cieza se fue convirtiendo en la Cieza de hoy”.

Con los ojos brillantes, tirando de memoria y de recuerdos, Antonio describe todas las profesiones que trabajaban el esparto: “Meneaores’ de 7 u 8 años dándole a la rueda que luego iban aprendiendo a hilar, balseros, ‘arrancaores’, las mujeres con los mazos con un ruido ensordecedor… Las condiciones de trabajo eran pésimas.  Una vez cocido el esparto había que rastillarlo y era un trabajo muy duro por las emanaciones de polvo, que provocó una enfermedad ‘la espartosis’. Los ‘hilaores’, que hacían cuerdas de  todos los tamaños, eran artistas. También cientos de personas estaban en las calles con la lía, fundamentalmente mujeres.  Las condiciones del trabajo eran muy duras. Existen luces y sombras en el esparto, personas que trabajaron muy duro para sacar adelante a sus familias, que aprendieron oficios y que consiguieron, con su esfuerzo, darle vida a este pueblo; y luego las sombras,  las condiciones de trabajo, jornadas interminables, el trabajo de los niños… Son luces y sombras que son nuestras y que debemos conocer”.

Una voz que relató, en un capítulo de su obra, la vida de aquellos trabajadores fue Joaquín Gómez, más conocido como Guillermo del Madroñal. En El madroñero y la piedra del gallo lo cuenta: “Y siguiendo el tema de la recogida del esparto, diré que es un trabajo penoso y duro; las manos encallecidas, las muñecas siempre lisiadas por el brusco tirón del palillo de acero, a veces hasta sangrando. Las manos escoriadas por el viento y la escarcha, ennegrecidas por el humo de la leña verde con la que hacían lumbre para calentarse en las crudas mañanas de invierno. Pisando el monte palmo a palmo, a veces por una escabrosa pendiente, con la carga a la espalda; lo mismo en los calurosos y sedientos días de verán, como en los terribles y gélidos de invierno. Trabajo duro y mal pagado.” La memoria llena de tantos, la historia viva de Cieza.

 

 

 

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