El esparto, por Antonio Balsalobre

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Lo clásico se hace moderno

Lo clásico es el esparto, la atocha, la “stipa tenacissima” que durante siglos ha aguantado sequías, heladas, calimas en las tierras semiáridas del sureste español. Lo ancestral son los mares de esparto del Campus Espartarius romano que se extendían por toda la Región de Murcia actual y algo más allá al norte (Alicante), sur (Andalucía) y oeste (La Mancha). Lo tradicional es la fibra que los humanos domesticaron desde los tiempos más remotos para elaborar enseres domésticos, utensilios agrícolas, cuerdas, calzado, u obras bellas de artesanía. Lo moderno, la mirada renovada, rabiosamente actual, con que nos acercamos ahora a esta planta milenaria. Lo novísimo, la hermosa exposición presentada en Blanca, en la Fundación Pedro Cano, cuyo título lo dice todo: “Esparto: un nuevo territorio”, inaugurada el pasado sábado y que finalizará el 17 de marzo. Un proyecto que después de años de investigación, “aúna arte, cultura, paisaje e historia, tejiendo conversaciones y facilitando conexiones a través del esparto”. Un proyecto que busca explorar en qué modo la narrativa histórica del esparto influye en el potencial creativo del arte contemporáneo.

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Aquí lo más atávico se vuelve arte moderno y lo más coetáneo mira hacia nuestras raíces. Hacia los raigones de la atocha como metáfora de la “conexión entre el aire y la tierra, símbolos de una presencia física y emocional que todavía hoy podemos sentir en los paisajes del sur de España”.

Dibujos, esculturas, fotografías, películas, piezas de artesanía, poemas visuales (que delinean el paisaje desde el amanecer hasta el ocaso) o talleres de lía se pudieron ver el pasado sábado en ese templo del arte que es la Fundación Pedro Cano. Obras en gran parte realizadas con papel hecho a mano en el Museu Molí Paperer de Capellades, Barcelona, con esparto de Murcia, utilizando en algunos casos la tecnología más puntera, como ocurre con la fotografías microscópicas de los diferentes elementos y estructuras de la planta tomadas por una nanotecnóloga. Una técnica que nos permite ver la raíz, el rizoma, el tallo, el atochón, las hojas secas, la vaina, las lígulas o la espiga del esparto como nunca antes se habían visto, como no se pueden ver a simple vista. Todo un acto de engrandecimiento de la planta y agradecimiento a lo que representa.

Son muchos los artistas, hombres y mujeres, de aquí y de allá, que han participado en este evento. Todos, claro está, de forma espontánea y desinteresada. Por amor al arte, nunca mejor dicho. Porque les gustó el proyecto, y ya está. El más conocido, Pedro Cano, pintor universal y agudo observador de nuestra naturaleza más cercana; arropado, eso sí, por otros  creadores de la tierra, del resto de España, y de otras nacionalidades aquí afincados. Pedro se brindó a pintar “in situ”, como a él le gusta, y “en directo” un hacho sobre un lienzo de papel de esparto, en una performance que resultó todo un espectáculo. Los hachos son antorchas hechas con los “viejos”, los espartos muertos que quedaban bajo la atocha, que servían para alumbrarse en el campo cuando no existía la luz eléctrica. El que pintó el artista blanqueño fue elaborado por el joven artesano de Cieza, Antonio Salmerón, con motivo de una excursión el pasado mes de octubre a los espartizales de la “Loma del Calvo” y la “Cabeza del Asno”, en tierras ciezanas lindando con la Mancha.

Fue una gozada ver al maestro sumergirse, guiado por una mirada aguda, penetrante, en ese mundo de formas, trazos y colores, al que sólo unos privilegiados como él tienen acceso; manejando con destreza pinceles, proporciones, perspectivas o encuadres.  Mientras que nosotros permanecíamos allí absortos, embelesados, aunque “atreviéndonos a mirar”, como reivindica Antonio Muñoz Molina. Contemplando cómo iba tomando cuerpo la imagen de ese objeto en una superficie desnuda minutos antes. Cómo poco a poco iba naciendo lo que anteriormente era sólo mirada y ahora adquiría contornos, textura, realidad. Admirados al percibir que lo más atávico, la luz primitiva, imaginada, de ese hacho se trasmutaba en arte contemporáneo gracias a la técnica depurada del artista.

Dice Alex Coll Boy, alma máter de esta iniciativa, apasionado del esparto e integrante de un taller de papiroflexia, que el objetivo de esta exposición colectiva de arte contemporáneo y artesanía tradicional no es otro que “buscar las cualidades más poéticas del esparto”. Pues a fe que lo han conseguido. Y cualquiera que la visite podrá corroborarlo.

Estamos desde luego, como aseguran sus creadores, ante un nuevo territorio que “renueva la imagen, reconsidera y revitaliza el material y las cualidades poéticas del esparto”. Ante una mirada actual que no olvida los orígenes. Incitaba el gran poeta Rimbaud a ser “absolutamente modernos”. Con iniciativas como ésta, el esparto, desplazado en los años sesenta del siglo pasado por, entre otros, el plástico, el ahora odiado plástico, busca reinventarse, hacer que lo clásico se vuelva contemporáneo. Y por lo visto en Blanca, hasta puede que lo consiga.

 

 

 

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