El pueblo a merced del Segura

 REPORTAJE

   Imagen de Javier Gómez Bueno

El río Segura ha supuesto una constante de vida y de muerte en las regiones que baña, sus crecidas y sequías han puesto en jaque a la población desde hace siglos

Miriam Salinas Guirao

 

Entre cabezos,

el río salta y corre

con su corrental de plata

ó su corrental de podre…

 

Vicente Medina (Aires Murcianos)

 

El río Segura ha condicionado la vida de millones de personas a lo largo de la historia. El temporal que sacudió Cieza los días 12 y 13 de septiembre ha sido uno de los más duros en más en 30 años. A expensas de la valoración de daños oficial, en las zonas próximas a la vega del Segura y cercanas a ramblas se han registrado numerosos destrozos. El jueves, 12 de septiembre se tuvo que cortar al tráfico varias vías urbanas de circulación, llenas de agua, y se cerró el Mercadona de la Gran Vía porque el parking se estaba colapsando por la lluvia. Asimismo, se cortó un tramo de la carretera RM B-19, que une el municipio con Calasparra.

Aunque la incidencia más grave de ese día se produjo en el Cabezo de la Fuensantilla y en ‘Los Casones’, pues se tuvo que trasladar a varias familias de ambos barrios al albergue situado junto al Molino de Teodoro. Al principio fueron trasladadas 34 personas. La gran mayoría de ellas pudo volver a su domicilio al día siguiente, con la excepción de dos familias, 7 personas en total, cuyas viviendas no reunían las condiciones de seguridad necesarias y fueron reubicadas en la antigua escuela del Maripinar. También se suspendió la línea de ferrocarril que une Cieza con Agramón y se produjeron desprendimientos en la carretera de La Atalaya y la de conexión con Abarán. El viernes, no hubo tregua, volvió a llover con fuerza en la localidad. Una tromba de agua anegó cocheras y diversas calles de Cieza. Además, la intensa lluvia provocó una rotura en la conducción de la Mancomunidad de Canales del Taibilla que suministra agua potable al municipio. Debido a ello, el Consistorio anunció restricciones de agua hasta que se pudieran reparar los daños causados. Y no acabó. Lo temido, y tras años desde la última vez, se desbordaba el Segura a su paso por Cieza. Las zonas aledañas a la vega quedaron anegadas, como un embalse que se comía cultivos y viviendas. Debido a esta excepcional circunstancia se procedió al traslado de una familia, del paraje de ‘La Isla’, de un anciano del Salitre Viejo y de una chica joven de la vega del río al Polideportivo Municipal Mariano Rojas.

Pero los daños del temporal no acabaron con las lluvias. La solidaridad se hizo hueco en la tragedia, y grupos organizados y ciudadanos, acudieron hasta pringarse de fango y dolor, tras el desastre.

Las riadas en la historia del Segura en Cieza

Echando la vista atrás en la hemeroteca reaparecen situaciones similares en el mismo lugar. Los desbordamientos del Segura han acompañado la historia de Cieza. Hace 185 años el Boletín Oficial de la Provincia de Murcia, el 18 de octubre de 1834, recogía que las lluvias de esa semana habían arrastrado el puente de la localidad. Era denominada la riada de Santa Brígida. Trece años después, en agosto de 1847, el Diario de Murcia publicaba una breve información sobre las lluvias que habían inundado Cieza. La tormenta había echado a perder la cosecha del maíz, “única en que esperaban librar su subsistencia aquellos labradores ya que habían perdido la del trigo y cebada”, también la cosecha del aceite y del vino, “que es la que forma la riqueza de estos pueblos”. Los frutos quedaron destrozados, y las huertas y campos enteramente arruinados e imposibilitados. Pero no fue lo único: “Los hornos de pan-cocer, los tejados de las casas, las motas y demás obras de varias haciendas han sido destrozadas. Las caballerías y ganado de lana y cerdo, todo con los frutos, arboledas y apero de labranza, todo lo ha arrastrado el río, los torrentes de agua que han bajado de la sierra”.2

Los primeros días de agosto de 1854 volvieron a revolcar las cosechas. El seis de agosto se reunían en las Salas capitulares los señores que componían la Junta de Salvación pública, en la que se hallaban reasumidas todas las atribuciones del Ayuntamiento y Alcaldía, por no haberse constituido el nuevo Ayuntamiento. Se reunían para dar parte y solución al “huracán y pedrisco” que había caído en Cieza, una “calamidad extraordinaria e irreparable” que supuso la pérdida casi total de los esquilmos pendientes del panizo, aceite, y vino; la general de las frutas y hortalizas, y la particular de la destrucción de muchos árboles, así como también el rompimiento de acequias y desaparición de canales, todo producido por la nube de piedra y fuerte viento que ocurrió en esa tarde gris, en plena siesta, entre las cuatro y las cinco. Para dar testimonio (y hacer valer el artículo 26 de la sección segunda de la instrucción de 20 de diciembre de 1847) se dieron cita tres testigos propietarios de este pueblo, mayores contribuyentes residentes en el mismo y que menos parte tuvieran en el daño, y los peritos agrónomos Pedro Díaz Campos y Antonio Lucas Salcedo que certificarían. Firmaba Diego Pareja y Torres, magistrado cesante de la Audiencia Territorial de Valencia y Presidente de la Junta de Salvación pública. Los propietarios: Francisco González Martínez (56 años), Pascual Marín y Marín (56 años) y Juan Morote Caballero (60 años). Los propietarios coincidían en el completo destrozo de las cosechas, los peritos cifraron los daños en seiscientos cincuenta y cuatro mil trescientos veinte y cuatro reales. El alcalde era José Marín Blasquez, el secretario, José Aroca.

Unos años más tarde, como recoge Montes Bernárdez en Desastres naturales en la Región de Murcia 1800-1930, el 17 de septiembre de 1860 las lluvias afectaban a las casas de Cieza; en el 1862 a las cosechas y al puente; en enero de 1863 a la huerta; diez años más tarde, en 1873, a los campos y huertos. En febrero de 1895 saltaba la prensa regional: “Inundación en Cieza, desbordamiento del Segura”, A media mañana el alcalde mandaba un telegrama a Murcia informando de la riada “tan grande como jamás se ha visto en esta región. La vega está completamente inundada”. Sin mucho respiro entre lluvias torrenciales, el Segura era el punto fijo de mirada de los ciudadanos que dependían de sus aguas, para comer, para vivir.

Las sequías y el hambre

Pero no solo las inundaciones colapsaban la Región. Las sequías angustiaban y mataban de hambre. Las Provincias de Levante publicaban el 20 de abril de 1897 “Siguen muy mal nuestros campos con motivo de la pertinaz sequía que los aflige, planteándose con todos sus horrores, el pavoroso problema de la miseria. ¡Dos años sin cosecha! El pobre labrador tiene que llegar hasta el heroísmo para no perecer”.

La falta de trabajo  y  los bajos salarios motivaron revueltas de braceros del esparto en la localidad. El Diario de Murcia titulaba el 24 de abril “TRABAJO o PAN”, en el artículo se explicaba que la gran escasez rayaba en la miseria y en la desesperación. “El pobre pide trabajo o pan, y el propietario no tiene ni pan ni trabajo. No tiene pan, porque hace tres años que no entra un grano en su granero; y no tiene trabajo, porque tiene agotados todos sus recursos, y se encuentra sin dinero, cargado de atenciones, pobre, porque la miseria ha venido a medirlos a todos con el mismo tristísimo rasero. Esta mañana han acudido a estas Casas Consistoriales gran número de familias en demanda de trabajo o de pan, pues el hambre las acosa y la situación es por demás insostenible. El digno alcalde de esta población Sr. Marín Bermúdez, les prometió convocar una reunión magna de las personas más importantes de la población, para ocuparse del asunto, y subvenir, no solo a las necesidades del momento, sino a las que puedan sentirse en los meses sucesivos, que no han de ser menos tristes y apremiantes”. La reunión se llevó a término, reuniendo a “todas la clases sociales”, la componían: alcalde, cura párroco, registrador de la propiedad, Juan Marín y Marín, Juan López Gil,  Ramón Capdevila Marín, Pascual Marín González, Manuel Aguado y  Juan Pérez y Martínez. Para proporcionar trabajo nombraron la monda de las acequias vecinales y el arreglo de las veredas y caminos a cargo del municipio. Para proporcionar pan: la Junta de socorro quedó facultada para la creación inmediata de una tienda asilo, y hasta para abrir una suscripción permanente. En cuanto al esparto: “La industria manufacturera de la confección de obra de esparto es la que siempre ha contenido aquí el estado de miseria, que, con harta frecuencia, sufren en otras poblaciones agrícolas cuando el cielo niega a los campos el beneficio de la lluvia; pero, este año, este remedio no es eficaz. La falta de trabajo, que, por efecto de la sequía de los tres años pasados vienen sufriendo las familias pobres de toda esta región, ha sido la causa de que se haya elaborado un número considerable de esta manufactura, que estén los almacenes atestados de género, agotados sus recursos los almacenistas, y esta obra de esparto a muy bajo precio en los mercados. Como que para ganar dos reales una espartera necesita elaborar nada menos que una arroba de esparto; para cuya manufactura necesita emplear dos días; y, aun así, se le paga en géneros y con descuentos como las pagas del Estado. Es triste la situación de todos: de esparteros y de almacenistas”, firma F.P.C. el 21 de abril de 1897.

Otro siglo, mismo río

Ya en el siglo XX, en el año 16, de nuevo un telegrama alertaba en la capital. La Confederación Hidrográfica del Segura la recuerda como la riada de San Saturnino. En Murcia, el día 28 de noviembre, cayó un verdadero diluvio que, en pocas horas, alcanzó cifras trementas. A las nueve de la mañana el Segura empezó a subir de manera rápida y alcanzó su máximo a las doce de la noche. Los ríos Argos y Quipar salieron de sus cauces. En Cieza se desbordaban las ramblas.

Diez años más tarde la riada de Santa Victoria inundaba la localidad. Y otra vez, en 1931, coincidiendo con el mes de septiembre.

Quedaron registradas las lluvias de 1948, cuando se desbordaron las ramblas Agua Amarga y Cárcabo, anegando parte de la huerta, y también las de 1997 con 100 litros por metro cuadrado. La vista se echaba al río para comprobar su caudal, la ribera temblaba y las correntías de agua de la montaña revivían para arrastrar lo que el calor y la sequía dejaban en las laderas.

El río Segura ha supuesto una constante de vida y de muerte en las regiones que baña: desde su nacimiento en la Sierra del Segura, en una pequeña aldea de Jaen, Fuente Segura, recorriendo 4 provincias, sirviendo de límite y unión entre ciudades, pasando Albacete, atravesando Murcia y muriendo en Alicante, en Guardamar del Segura. Sus más de 300 kilómetros riegan las huertas de decenas de municipios, sus aguas alimentan los frutos y, con ello, el trabajo y su historia va ligada, indiscutiblemente, a la de Cieza.

Las aguas en el remanso

son torvas y con negrores,

y el resollar de los ‘golgos’

el ánimo sobrecoge,..

 

Da alegría el río claro:

ver su fondo, lo que esconde

y sus aguas limpio espejo

de cielo, ramas y flores…

Vicente Medina (Aires Murcianos)

 

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