Entrenar en tiempos revueltos, por María Bernal

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Entrenar en tiempos revueltos

¿Saben lo que cuesta enseñar actualmente a las nuevas generaciones? ¿Son conscientes de lo que se puede llegar a obstaculizar la evolución de los pequeños por querer defenderlos, etiquetarlos, elevarlos a un pedestal  que quizá nunca alcancen, por empujarlos por una senda que no es la adecuada, pero sí es la que mamá y papá desean? No, no lo son.  Y, ¿saben por qué? Porque si lo fueran, las personas que se dedican a enseñar se enfrentarían a un trabajo carente de toda coacción, persecución y pensamientos dudosos.

Estamos moldeando a pequeñas criaturas débiles, inseguras, esas  a las que un leve soplido de un día de viento moderado puede hacer que lloren sin motivo alguno.  He escrito muchas veces sobre este asunto. Por eso, esta semana quiero hacer hincapié en la figura de una persona que puede llegar a suponer una actitud decisiva para el futuro de cualquier persona.
Con más conocimiento de causa del que muchos creen, y sin caer en la misma cantinela de siempre, creo imprescindible valorar, ya que muchos no lo hacen (sus motivos absurdos, que respeto pero no comparto, tendrán) a  una de las figuras importantes para el desarrollo físico y emocional del niño. Me refiero, sin duda alguna, a la figura del entrenador, tan infravalorada por esos papás sabelotodo. Sí, esos que se creen los organizadores del Universo, sin haber llegado ni a la luna.
Desde mi punto de vista, y tras la observación más que directa de la realidad,  la conexión entre entrenador-alumno comienza en el momento en el que el primero ordena y el segundo obedece sin peros que valgan. Así, sin más. Y afirmo con rotundidad lo de “sin peros que valgan” porque para que un equipo funcione, el entrenador echa toda la carne al asador,  hasta quemarse los dedos por sus deportistas; pone todas sus fuerzas, aunque esto suponga episodios incontrolables de estrés en muchos momentos; antepone su vida social y familiar ante cualquier compromiso deportivo y es capaz de entregar su pellejo para que su alumno no decaiga en ningún momento. Y ante esta actitud, casi heroica es imprescindible que los padres se mantengan al margen de la disciplina de cualquier entrenador.

Lo viví en mis propias carnes hace veinte años de la mano de mi madre, una mujer que jamás intervino en las decisiones de la entrenadora de mi hermana o en las de nuestras profesoras de danza y de música. Ahora, de la mano de mi hermana, porque he visto cómo se ha desvivido por sus alumnos, hasta el punto de llorar noches y noches por su trabajo. Y no es que pretenda dar pena con esto, ni subirla a un altar. Todo lo contrario. Tiene que asumir las estúpidas consecuencias de su deporte. Pero sí persigo mostrar el ejemplo más cercano que tengo.

Hace unos días, veía en Youtube la entrevista que Risto Mejide le hacía a Pedro García Aguado, ex presentador del programa “Hermano mayor” y ex jugador de la selección nacional de waterpolo. Pedro García fue muy contundente en sus afirmaciones referentes al entrenador que tenían: “nos enfrentábamos a una serie de entrenamientos militares, no se podía rechistar. Si la frustración o la desmotivación llegaban en algún momento, no era problema del entrenador, sino de la mente cobarde que no era capaz de asumir el reto de entrenar”. Interpretando sus palabras, llegué la siguiente conclusión: o seguían hacia delante, o seguían. No había otra opción, ni tampoco les daban la oportunidad de sugerir, porque la única razón y el único conocimiento lo tenía el entrenador. Y en mi opinión, así debería ser.

Esto ocurría hace veinte tres años aproximadamente. Ahora, esta actitud es impensable. En estos tiempos de creerse los mejores padres del mundo (como si los nuestros no lo hubieran sido), a la mínima de cambio, cuando el cachorro aúlla, llega el macho alfa de la manada(papel que puede ser asumido tanto por el padre, como por la madre), se ennegrecen  los cielos, empiezan los relámpagos, seguidos de sus correspondientes truenos y llegan los cuatro jinetes de la Apocalipsis, para ver qué es lo que le ha dicho el entrenador al alumno, que ha acabado mal el entrenamiento.

Y es a partir de este momento, cuando, al intentar manipular, juzgar, echar por la borda y pisotear las decisiones de cualquier entrenador, se forma en la cabeza de este la nube de la impotencia, de la frustración y del desánimo. Y pueden hablar todos los entrenadores, pueden ejemplificar la limitación a la que se enfrentan cuando tienen que comunicar una decisión.  Me atrevería a decir, bueno no me atrevo, directamente digo que se enfrentan al tribunal de la Santa Inquisición.

Pero también hay que destacar lo positivo de hacer a los niños y jóvenes grandes deportistas. Y es que afortunadamente hay padres que se mantienen al margen de la situación, que confían en el trabajo de otras personas. Son esas personas valiosas que la vida te pone en el camino para que siempre haya un motivo para seguir, pero que parece que empiezan a escasear.

Un equipo así no avanza, no consigue objetivos, porque lo mejor de la entrevista de Pedro García Aguado fue cuando contó emocionado que, después de esos entrenamientos, de esas exigencias que ahora forman parte del pasado, de esas exclusiones de un jugador por decisión técnica y siempre por el bien del equipo, llegaron a ser campeones del mundo en las olimpiadas de Atlanta 96.

Pero no solo les llegó el oro, un metal que simboliza un trabajo bien hecho, aunque a veces el destino les juegue una mala pasada. Para mí, lo más importante que llegó después fueron las consecuencias morales: el equipo podía presumir de lealtad, solidaridad, compañerismo, disciplina, respeto y amor.

En este siglo en el que nos gusta cambiarnos tanto la chaqueta sin tener en cuenta los daños colaterales, urge una actitud de respeto a las figuras que se dedican a enseñar. Sí, esas que  convertirán a los más pequeños en personas humanas, competentes y autosuficientes.

No lo olviden: no duden nunca de un buen entrenador, son personas que solo persiguen la felicidad de sus hijos y aunque se equivoquen, como también lo  hacen ustedes, viven su trabajo con tanta ilusión que no sabemos el trofeo que hemos perdido hasta que decidimos sustituirlo por un mínimo error.

 

 

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