Ignacio Ramos: “Los campesinos conforman los cimientos de la historia”

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ENTREVISTA A IGNACIO RAMOS

El periodista y escritor retrata la posguerra en las zonas rurales en El hombre de la penicilina y otros relatos

Miriam Salinas Guirao

Ellos jamás aspiran a mucho: con sobrevivir medianamente tiene suficiente”, contaba la maestra en “El hombre de la Penicilina”. Ellos, los ausentes, los que escriben la historia con sudor, los que permanecen sin nombre. Ellos, los olvidados, que han alimentado a otros, que siguen sin ser, que quedaron en algún papel, en algún mármol. Ellos, los marchitos, esclavos de la tierra, con cicatrices parecidas, con recuerdos parecidos, pero con identidad propia. Ellos, los campesinos, que apenas permanecen en la enseñanza colectiva de reyes y batallas, que trabajaron, que crearon, que hicieron, que lucharon, que también olvidaron.

El periodista Ignacio Ramos (Barranda, Caravaca de la Cruz, 1936) los ha rescatado. Ha vestido con letras los recuerdos del  Noroeste en ‘El hombre de la penicilina y otros relatos’(La Fea Burguesía Ediciones, 2019). “El Noroeste es una comarca que abarca territorios no sólo de Murcia, sino también de las provincias limítrofes: Albacete, Almería, Granada… Es una zona pobre, de pocas tierras fértiles, de grandes secanos y severa climatología. Fue zona fronteriza entre Castilla y Granada durante los últimos años de la reconquista, invadida por moros y cristianos, despoblada por miedo a las razzias de unos y otros, y repoblada después con gentes de Aragón, Castilla, Navarra y otros reinos de España. Como tal, es posible que las gentes del Noroeste tengan una idiosincrasia particular, forjada a lo largo de los siglos, en la que predomina la solidaridad, la capacidad de aguantar el sufrimiento, de entenderse con personas desconocidas, de trabajar duro las tierras sin sorprenderse de los estragos de las heladas, o del pedrisco, o las abundantes sequías… Son el producto de su dura historia”, relata el autor.

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La pérdida de cualquier cultura es una tragedia irreparable”

 

Los relatos dibujan, sin prisa, como  una apertura discreta a un momento pasado en un lugar conocido. Allí aparecen dos figuras que atraviesan la novela: el sentimiento y el esfuerzo, constantes forjadas en el mundo rural. En la sociedad del aquí y el ahora, de la inmediatez, parece borrosa la cultura rural que no sigue el vértigo digital. “La pérdida de cualquier cultura es una tragedia irreparable. El mundo rural tiene una cultura muy específica en peligro de desaparecer. La llamada modernidad arrasa sin piedad con todo lo antiguo que considera inútil; nadie entendería hoy que un hombre, en solitario, trabajase uno o dos meses preparando la tierra de un bancal, como el personaje del relato “Almuerzo en el tajo”, y tampoco que su mujer le entendiese,  menos aún que ambos se sintiesen orgullosos de su labor. “Que trabajen los motores”, decía un paisano mío cuando se le invitaba a trabajar; es lo que hoy se piensa”, asegura Ignacio.4

Él ha descrito, sin juzgar ni señalar, como un cronista, lo que sucedía ensu retina. “En todo escrito de creación hay una parte de ti mismo, no ya una biografía, pero sí un hecho que aquí o allá te ocurrió, o presenciaste. La motivación para escribir una novela es  la necesidad de decir algo. Cómo lo cuentes es ya tarea del escritor, pero quien no tiene nada que decir, más vale que se calle y no haga perder el tiempo a los demás. A mí mismo me ocurre: hay períodos de ánimo en que no tienes nada que contar y, por más que lo intentes, los textos te saldrán vacíos; sin embargo, si tienes cosas que contar, siempre habrá un interés en tus escritos”, apostilla. El escritor tiene que decir, por eso ha relatado lo que ocurría en los lugares de su infancia.

Lo que queda por contar

Es inevitable, por lo descrito, no sentir con cada revés de las historias, sin embargo, persiste un espíritu amable, de caricia suave. La dureza del entorno y los personajes humildes van tallando un periodo de posguerra, del que según el autor, todavía quedan cosas que contar: “Sí, por supuesto; la historia es tan intensa, tan amplia, que sólo nos han contado, o contamos, una parte muy pequeña de la misma. Del siglo XX y de cualquier siglo. Las personas pasamos sobre los sucesos fijándonos sólo en lo que nos llama la atención, que es una mínima parte de los acontecimientos, siempre inagotables”.2

Se retrata historia social, con personajes humildes, con campesinos que “conforman los cimientos de la historia, esa base enterrada, que no se ve, pero que sostiene todo el edificio histórico del que nos hablan los manuales. El observador contempla la catedral, su espectacular fachada, sus torres, la riqueza ornamental de su interior; pero rara vez se detiene a valorar que todo ese edificio está sustentado por unos cimientos anónimos que son los que, en realidad la mantienen de pie”, explica.

Los que conforman las historias

El último relato, “El hombre de la penicilina”, frena el ritmo de la obra y clava un altavoz en un lugar apartado y, circunstancialmente, atrapado. Se van mezclando personajes y creando momentos que retratan un momento preciso. En palabras de su creador “es el más novelado, además del más extenso. Algún crítico lo ha considerado una novela corta”. Cada personaje de los relatos de Ignacio Ramos lleva sobre sí muchas horas de estudio, de observación, de vivencias. “En “La mujer del Púa”, por ejemplo, es cierto todo lo que pasa en torno al día de San Juan, incluso el número de lotería premiado fue ese número. Los personajes del hombre de la penicilina coinciden puntualmente con personas que he conocido y me han dejado huella”, desvela.

Como en el mundo rural, los resultados necesitan trabajo previo, en el caso del autor, ha tardado en crear las historias muchos años. En reunirlas unos meses. “Pero las historias, y cualquier relato, cualquier obra de arte, no están nunca acabados para su creador. El autor siempre cree que hay algo que mejorar; pero los textos, cuando se dan a la imprenta, son como los hijos cuando se casan: ya no  te pertenecen”.

En El hombre de la penicilina y otros relatos se habla de ellos, de los ausentes, de los olvidados, de los marchitos, de los campesinos de aquí y de allí, de Cieza, de Barranda, del Noroeste. Conviven personajes pintorescos: la piconera, la mujer del Púa, Perico el Tonto, doña Mercedes… un universo cercano y ausente, que vive y muere en cada página.

 

 

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