Indignarse no es la solución, por María Bernal

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Indignarse no es la solución

A veces, no es necesario participar en una guerra para vivir en una continua batalla campal. Tras las pasadas famosas elecciones del 10 de noviembre, celebradas por la necedad de no querer abandonar el sillón de La Moncloa, nos hemos introducido en una patética vorágine de insultos, etiquetas y acusaciones de los votantes de un partido hacia los de otro.

Nos hemos vueltos gilipollas de remate. ¿El motivo? El sensacionalismo periodístico de esos medios cuya única misión es causar la polémica, la mala praxis dialéctica y el odio entre las personas. ¿Otro motivo? Los pensamientos únicos, irrebatibles y universales de aquellas personas que quieren que pienses como ellas sí o sí. En caso de no comulgar con sus ideas, te pegan en la frente la pegatina de lo que a ellos les salga de las pelotas.

Tan entendidos creemos ser, y por ende ser los únicos portadores de una única razón, que no somos capaces de actuar por nosotros mismos, no  llegamos a deducir , ni a enlazar argumentos coherentes ya que esta insulsa  sociedad, en lugar de leer, cotejar datos y obtener conclusiones, solo se limita a absorber, como si de una esponja de baño se tratara, toda la información manipulada, en muchos casos,  y alarmante que nos quieren mostrar los medios de comunicación que, más que politizados parecen estar idiotizados, mostrando una información que carece de objetividad, porque según del pie que calcen, así será su veredicto final sobre los hechos.

Y ante la fiebre casi incurable  de meter mierda, de asustar, de defender lo indefendible, asistimos como espectadores pasivos a un panorama político que tirita más que un niño recién salido de la piscina al caer la tarde. Y ante tal situación, el circo de trapecistas, que hay montado en el Congreso, es asombroso.

Y los ciudadanos, en lugar de darles una patada en el culo a soberbios, corruptos, egocéntricos, extremistas, guays de la vida, vividores;  sí, a esos politicuchos de pantomima que deberían velar, que coño deberían, tienen que velar por nuestro bienestar, se limitan a indignarse,  pero sin tener los santos cojones de actuar, de salir a la calle , de sumirse en una huelga general que atemorice y eche de una puta vez de la política a todos los ansiosos de poder que lo único que están consiguiendo es fusilar el intelecto de este país , exterminando el buen hacer y fulminando a las verdaderas mentes pensantes que, en busca de realizarse como profesionales, huyen hacia otros lugares.

Sí, a esos sitios en los que los civiles se comen el asfalto de las calles en protesta por todo lo políticamente incorrecto. Esos lugares donde la ciudadanía, desde la seriedad y la lucha por su derechos es capaz de poner los puntos sobre las íes, sin miedo, ajenos a cualquier ideología y luchando de manera consecuente y lejos del pasotismo que muestra la mayoría de los españoles.

 Y entonces, en este valle de lágrimas, por un lado, entran a escena políticos preocupados por los homosexuales; pero en el mal sentido, ¡claro!, no vayan a creer que aceptan su condición.  De hecho, hace unos días  un componente de estas filas cosificó (sí trató a estas personas como cosas) a las personas homosexuales como si de piedras se trataran, sin piedad alguna. ¿Y yo voy a defender a estos impresentables ?Por otro lado, están los preocupados por gobernar sí o sí, aunque tal arrogancia suponga una coalición peligrosa o dudosa entre personas de ideologías dispares. ¿Y vamos a discutir por personas que quieren pactar, cuando hace siete meses, uno era la pesadilla del otro? Y, para acabar el reparto de personajes de esta obra de teatro, están aquellos que parecen estar desorientados y no saben mover ficha de manera inteligente, preocupados solo por hacer de su discurso la solución para este país y por responsabilizar de una mala gestión a los políticos, cuando saben que en las filas de su partido la corrupción es el pan de ellos, el de cada día. ¿Y a mí me van a dar estos lecciones de moral?

Y lo peor de esta bajeza moral es que estamos las veinticuatro horas del día metiendo miedo y escribiendo posts en los que se auguran tiempos de hambre. Sin duda, a mí no me asustan los tiempos de hambre (porque no van a venir), sino las mentes retorcidas de todos aquellos que defienden a capa y espada las palabras de los partidos a los que han votado. Y participan en debates que a fin de cuentas solo nos llevan a disgustos y discusiones, mientras que esos políticos, que son defendidos, se jactan de ser líderes, cuando les falta mucha competencia para dirigir un país. Se creen reyes, cuando nunca van a tener una corona.

Vivimos  en una gran mentira, vivimos como corderos degollados por las exigencias de un sistema que tantas veces nos ha litigado. Sí, me refiero a ese sistema que ha actuado sin tener en cuenta la opinión del pueblo, pero sí el beneplácito de los votantes, haya gobernado quien haya gobernado.

No me posiciono a favor de ningún partido, voto como cualquier ciudadano; reconozco el buen hacer de las personas y me manifiesto (porque lo he hecho en varias ocasiones) en contra del sistema cuando lo considero necesario.

Y como persona optimista, y lejos de un pensamiento utópico, confío en el resurgir de las cenizas, porque donde hubo fuego, brasas quedan; pero fundamentalmente espero que las personas luchen contra los políticos de la misma manera que sacan sus garras por las redes.

 

 

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