Insectos, un relato de Elena Sánchez

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INSECTOS

Elena Hernández

Es posible que me guste gritar o puede que simplemente se trate de una costumbre infantil, de cuando gritaba porque otros lo hacían. El alboroto solía empezar cuando alguien daba la voz de alarma. La mayoría de las veces ni siquiera llegaba a tiempo para saber de qué se trataba. Recuerdo que la situación se resolvía rápido, con dos golpes de zapatilla: ¡zas!, ¡zas! Después el cadáver iba directo al cubo de la basura. La curiosidad me hacía ir a mirar y volver a gritar si observaba algún leve movimiento en las patas del animal: “¡Está vivo! ¡Todavía está vivo!” La siguiente vez que un insecto aparecía en casa, mamá lanzaba el cadáver por el inodoro y dejaba el agua de la cisterna correr. Así de fácil. Me impresionaba la rapidez con la que actuaba.

Yo todavía pienso en gritar cada vez que los encuentro por sorpresa al encender una luz. Creo que lo que más odio de vivir sola es tener que matar yo misma a los insectos; eso y  haber perdido la costumbre de gritar. También pienso en el insecticida, en lo bueno que sería tener uno a mano, aunque en casa parecía que no lo necesitábamos, y en el piso de estudiantes que compartía con otras chicas no solíamos comprarlo; a pesar de que nos hubiera evitado unos cuantos gritos.

A veces teníamos suerte y contábamos con la generosidad de alguna vecina compasiva que, después de escuchar los gritos —“¡cucaracha! ¡es una cucaracha!”—, no tenía inconveniente en prestarnos el suyo. Tampoco importaba si esto no ocurría, porque siempre había alguien con quien gritar: las compañeras de piso, otros alumnos de la facultad que pasaban por casa a saludar y se quedaban a picar algo, si es que había algo para picar; si no, hacíamos una colecta y nos acercábamos a la tienda más cercana a comprar bebidas. Una vez allí valorábamos si era conveniente saltarse el presupuesto, y comprar también unos snack para acompañar y algo más de bebida, por si acaso.

Aplazábamos la compra del insecticida, aun sabiendo que nos podía ahorrar alguna que otra sensación desagradable, como la que experimentábamos al oír el crujido del cascarón al romperse; ese horrible crack que daba cuenta del momento exacto de la muerte. Estaba claro, un insecticida nos ofrecía la posibilidad de una muerte a distancia. Un simple gesto, alargar el brazo y apretar el botón del spray, y girar al mismo tiempo la cabeza para que el gas no irritara los ojos. Parecía fácil, pero había ideas que nos hacían dudar.

Las veíamos correr por la habitación y barajábamos la posibilidad de que, por algún mecanismo extrasensorial todavía no conocido, pudieran percibir nuestra angustia. Nosotras gritábamos y ellas corrían. Éramos actores que formábamos parte de una misma función, compartíamos escenario. ¿Y si solo estaban tratando de ponerse a salvo de un peligro incierto, igual que nosotras? ¿Qué debíamos hacer? Podíamos ignorar que estaban allí, ocultándose en algún resquicio minúsculo entre un mueble y la pared, pero teníamos la certeza de que en cualquier momento las volveríamos a ver, y volveríamos a gritar ante la visión de sus antenas y sus tres pares de patas. Lo mejor era hacer frente a la situación cuanto antes; actuar con sangre fría.

Dejábamos de gritar y nos mirábamos a la cara preguntándonos quién de nosotras se encargaría de hacer el trabajo sucio. Después de un tiempo sabíamos quién era capaz de hacerlo sin aspavientos y con precisión. Sin gritos y hasta con cierto orgullo.

¿Hasta dónde podía llegar la incipiente frialdad de una asesina de cucarachas?, nos preguntábamos. Empezábamos a debatir sobre una posibilidad, la de que una acción en apariencia banal, y repetida en multitud de ocasiones, pudiera producir un cambio radical: algo similar a una mutación. Pero no estábamos pensando en nuestro código genético; pensábamos, más bien, en los elementos que componían y ordenaban nuestro código afectivo. ¿Cómo sería el mundo si los afectos, si las emociones que hasta ese momento habíamos compartido y nos habían guiado, empezaban a cambiar? ¿Si no éramos capaces de reconocernos en ellas y de reconocer el mundo a través de ellas? Creo que en realidad temíamos lo que estaba pasando, nos habíamos alejado de la infancia y nos horrorizaba —aunque no siempre— un mundo en el que nos veíamos tan frágiles como una cucaracha. Gritábamos con cualquier excusa. ¿De qué otra forma sino podíamos expresar nuestro desconcierto?

Aunque con la edad he dejado de gritar, puede que la madurez no haya cumplido su cometido como era de esperar, porque me gustaría seguir haciéndolo: gritar en lugar de tener que aplastar de un golpe al insecto que trepa por la pared de la cocina. Y seguir gritando para que alguien lo escuche cuando observo el cuerpo del insecto caer. Un testigo de mi grito que confirme, al mirarme, que no soy tan fría como puede parecer por la decisión con la que actúo  y por la falta de remordimientos. Después de todo, aplastar un insecto no es tan difícil.

Para quitarme la desazón navego durante un rato por las redes sociales. Es una costumbre que hemos adquirido con el tiempo: la de mirar a otros a través de una pantalla y la de hacernos ver también a través de esa misma pantalla, aunque nunca nos lleguemos a mirar directamente a los ojos. Ahora somos seres de pantalla.

Repaso las notificaciones que me llegan a través de las aplicaciones de citas. Me detengo en los perfiles que tienen las mejores fotografías. Hemos aprendido a intuir la ternura a través de una mirada de instagram, el carácter abierto y cordial por una sonrisa durante el atardecer, y cierta sagacidad y astucia por el gesto pícaro en una foto de perfil. Después selecciono a los usuarios que envían mensajes demasiado osados, a los menos jóvenes y a los que todavía no practican algún deporte. Busco el cubo de la basura en la pantalla de mi smartphone.

Descubro que llevo varios días sin recibir noticias de Rag. Solía enviar fotografías de las calles de su ciudad. Al entrar en su perfil compruebo que ya no estoy en su lista de contactos favoritos: ¡Zas! ¡zas! Tan fácil como apretar el botón de un spray. Podemos acabar en el cubo de la basura en cualquier momento, pero la distancia que hay entre una pantalla y otra nos ayuda a borrar de un plumazo la contrariedad y a seguir cultivando la indiferencia.

Antes de salir busco de nuevo el perfil de Doriak87. Compruebo que está activo y pienso otra vez en gritar. ¿Qué fue de Romeo y Julieta? ¿Qué fue de los amores imperecederos? Aquello también era una fantasía juvenil, claro que lo era, pero en el momento en que dejamos de buscar el amor bajo esa utopía, y empezamos a confiar en que siempre habrá un amor para reemplazar a otro, en ese momento empezó la mutación hasta convertirnos en lo que somos ahora: un enjambre virtual de amores que no dejan rastro, que se volatilizan, amores de quita y pon, en serie, amores insignificantes ¡tan insignificantes como insectos! ¿Y quién había soñado con ser un insecto? Pienso en gritar, pero no lo hago: ¿acaso puede un grito matar la desilusión?

 

 

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