José Antonio Vergara Parra analiza la memoria histórica

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Memoria Histórica

Mucho se ha escrito sobre  la Ley de Memoria Histórica de 26 de diciembre de 2007. Yo también tengo algo de decir.

Tal y como adelanta su artículo uno, la oportunidad del citado texto legal responde a la conveniencia de reconocer y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura.

Pudiera parecer un fin noble ampliamente demandado por una parte de la sociedad mas, aún siendo esto parcialmente cierto, contiene una premisa perversa que desnaturaliza y deslegitima toda la Ley. Limita sus efectos a un periodo temporal muy concreto: la Guerra Civil y la Dictadura pero olvida la II República Española. La Historia no está conformada por épocas a modo de compartimentos estancos. Antes al contrario, para entender los hechos se hace necesario contextualizarlos adecuadamente e indagar realidades anteriores.  De no atenderse esta elemental cautela, la Historia dejará de ser una ciencia para convertirse en una burda coartada al servicio de intereses ajenos al rigor analítico.

Comencemos por el final. Sabemos que los vencedores instauraron una dictadura que duró cuatro décadas. Sabemos, también, que durante la fratricida contienda se perpetraron tropelías y atrocidades por ambos lados. Nunca sabremos qué habría ocurrido de haber salido victorioso el bando republicano. No haré conjeturas al respecto aunque, teniendo en cuenta lo acaecido durante la República, puedo imaginar lo que habría sucedido. Lo que sí haré es recordar hechos, acontecimientos y realidades no sujetas a contradicción alguna.

Tras un periodo de dictadura militar (en el que se sucedieron Miguel Primo de Rivera, el General Berenguer y el Almirante Aznar), el 12 de abril de 1931 se celebran elecciones municipales. Ganan con claridad las candidaturas monárquicas (vencen en 42 provincias, consiguiendo 22.150 actas de concejalías), mientras que socialistas y republicanos ganan en ocho provincias y consiguen 5.875 actas de concejalías), si bien es cierto que estos últimos vencieron en las capitales de provincia.

Se inicia una frenética actividad política entre bastidores, intercalada con protestas y algaradas callejeras, de la que cabe dos destacar dos acontecimientos cruciales: la abdicación de Alfonso XIII y la declaración el 14/04/1931 de la II República Española; proclamación que se materializa desde los balcones del Ayuntamiento de Madrid, por los socialistas Besteiro y Saborit, sabedores de que contaban con el apoyo del General Sanjurjo.

Si bien es cierto que la inestabilidad política de España era evidente y que el gobierno del país, desde 1923, había estado en manos de militares, debemos y podemos decir que la proclamación de la II República fue ilegítima. Lo diré de otro modo. La II República Española se autoproclama dos días después de que, en unos comicios municipales, las candidaturas monárquicas hubieran ganado con holgura. Mal comienzo.

Pero seré indulgente, al menos de momento. Pongámonos en situación. Las izquierdas debían estar razonadamente hartas de tanta dictadura militar y de un monarca que no pudo o no supo reconducir la situación. Luego, con el mejor de los propósitos, aprovechó bien su oportunidad. Digamos que el fin vendría a justificar los medios y que esa bienintencionada república, parida intelectualmente por Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala, pretendía instaurar un régimen de libertades, acabar con los privilegios de los estómagos agraciados por la Restauración Borbónica y devolver al pueblo lo que era suyo. Podría estar bien lo que bien acabare aunque tuviese un inicio irregular.

Pero, ¿qué ocurrió después en realidad? ¿De veras la II República española puede ser considerada poco menos que como el paradigma de la más excelsa democracia? La respuesta es tajante: NO. Muchos, demasiada gente, tienen una idea distorsionada sobre esta etapa de nuestra Historia. No tienen toda la culpa. Nadie les contó la verdad en el colegio, instituto o universidad y, con toda su buena fe, dieron por buena una versión capciosa de los acontecimientos.

A continuación, les relato algunos apuntes históricos de interés que, naturalmente, pueden contrastar si así lo desean.

Suceso de Casas Viejas: 10-12 de enero de 1933. Los guardias de asalto masacraron a sangre fría a diecinueve hombres, dos mujeres y un niño. Aunque los testimonios son confusos, unos murieron por disparos de bala, otros de palizas y el resto quemados vivos.

Entre el 10 y el 13 de mayo de 1931, la extrema izquierda radical, para mostrar su desacuerdo contra la inauguración en Madrid del Círculo Monárquico, desencadenó una oleada de ataques contra edificios de la Iglesia, en los que murieron 18 religiosos y empleados; seis de ellos quemados. Días más tarde, por las severas heridas sufridas, murieron otros quince.

La constitución republicana fue aprobada un 9 de diciembre de 1931 pero NO fue sometida a referéndum alguno. Es decir, la Ley de Leyes, cúspide de todo ordenamiento jurídico, no obtuvo el refrendo del pueblo soberano. Aunque la constitución proclamaba la libertad de expresión, la Ley de Defensa de la República convirtió en delito la apología de la monarquía. Si el régimen del 78, tan cínicamente denostado por algunos, hubiese emulado dicha Ley, Ezquerra Republicana de Cataluña, Podemos o Izquierda Unida serían ilegales por defender valores contrarios a nuestra monarquía parlamentaria.

La cacareada Ley de Vagos y Maleantes no fue un invento del Caudillo. Se promulgó un 4 de agosto de 1933, siendo presidente del Gobierno Manuel Azaña. Los vagos y los ebrios resultaban peligrosos para la república.

El artículo 26 de la constitución conculcó la libertad religiosa. Se proscribía toda orden que profesara obediencia al Papa. La Constitución del 78 proclama la aconfesionalidad del estado y así ha de ser, mas respeta y ampara la libertad religiosa y de culto.

El 19 de noviembre de 1933, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), liderada por José María Gil-Robles, gana las Elecciones Generales. La izquierda más radical amenaza con un levantamiento en el caso de que la formación mayoritariamente apoyada en las urnas formara gobierno. Los anarquistas de la CNT, con carácter preventivo y antes de que nada ocurriera, inician el 8 de diciembre de 1933 un levantamiento golpista disfrazado de huelga general, que se salda con 89 muertos y 163 heridos, atentados con explosivos, destrucción de archivos, quema de iglesias y atentados contra vías férreas, puentes, líneas telegráficas y telefónicas. El acto más grave de esa intentona golpista es el descarrilamiento del tren rápido Barcelona-Sevilla en Punzol (Valencia), un atentado terrorista que mata a 23 pasajeros y dejó 38 heridos. El 18 de diciembre, el Presidente de la República, Alcalá Zamora, ignora los resultados electorales y encomienda la formación de un nuevo gobierno a Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical, el segundo más votado.  El 4 de octubre de 1934, Alcalá Zamora da entrada en el gobierno a tres ministros de la CEDA (el partido más votado de las elecciones). ¿Saben cuál fue le respuesta? Miembros armados del sindicato de la UGT intentan asaltar, sin éxito, los edificios de la Presidencia del Gobierno y del Ministerio de la Gobernación. En diversas zonas de España la intentona golpista se traduce en una semana de violencia, lo que obliga al gobierno a hacer intervenir al Ejército. El golpe se salda con más de un millar de muertos, entre ellos 35 sacerdotes asesinados por los golpistas. Se trata del levantamiento armado más grave sufrido por la II República antes del 17 de julio de 1936.

No quisiera acabar este ejercicio de memoria histórica sin antes recordarles algunas perlas de Largo Caballero, presidente del PSOE (entre 1932 y 1935) y Secretario General de UGT hasta 1938: “Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución… tendremos que conquistarlo de otra manera”. “Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista“. “El jefe de Acción Popular decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien, yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado la democracia burguesa e iremos a la conquista del Poder”. “La democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución“.

En la madrugada del 13 de julio de 1936, Calvo Sotelo fue asesinado por guardias de asalto. Este hecho fue el detonante último de la Guerra Civil.

¿Acaso las víctimas, o sus causahabientes, de tan aciaga república no tienen derecho a una reparación moral y a la recuperación de su memoria personal y familiar?

No debe extrañarnos que los padres intelectuales de la criatura (Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala) reconocieran con posterioridad que aquello nada tuvo que ver con la república por ellos auspiciada. Ortega dejó escrito: Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!»La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo.

El seis de marzo de 1937, en el diario Pueblo de Montevideo, se publica un artículo de Gregorio Marañón, titulado Ante la más monstruosa de las pedanterías del crimen. He aquí un pequeño extracto.

Hoy quedan en la España roja exclusivamente los marxistas y sus prisioneros. Esta verdad es tan patente que cualquiera la puede comprobar sin más que pasearse por las calles de París. Diputados del Frente Popular, ex ministros y altos cargos, periodistas de los diarios de izquierda: apenas falta uno; y a ellos se añade la casi totalidad de la Universidad española. El espectáculo no requiere más comentario que su sola contemplación (…) Los hombres de izquierda no moscovizados están fuera de España. Muchos no se atreven a decir las razones de su destierro. Pero ninguno quiere volver.  

¿Qué dijo Pérez de Ayala? El diez de junio de 1938 publica una carta en el Times en la que, entre otras cosas, afirmaba: La República española ha constituido un fracaso trágico. Sus hijos son reos de matricidio… He profesado al General Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible. Me enorgullece y honra tener mis dos hijos sirviendo como simples Soldados en la Primera Línea del Ejército Nacional.

Como más o menos dijo Cicerón, la mentira es tan enemiga de la verdad como el silencio. Y añado yo que el silencio es hijo del miedo; es decir, de la ausencia de verdadera libertad. Luego esa libertad, que no es infalible pero sí honesta, exige el relato de la Historia. Conviene saber de dónde venimos aunque no es suficiente. De ninguna manera debemos malgastar nuestro tiempo únicamente en mirar por el espejo retrovisor. Asir el volante con determinación y mirar de frente se me antoja un ejercicio tan ineludible como urgente.

Seamos sinceros. La Ley de Memoria Histérica no es más que una abyecta estrategia para criminalizar parte del arco parlamentario.  Imbuido en esa dinámica malvada, puedo entender el sonrojante olvido de los damnificados de la II República. Porque, de otra forma, la restitución de honores y vidas mancilladas, como las explicitadas en este artículo, implicaría el reconocimiento de tan colosal patraña. No creo que Pedro Sánchez, como Zapatero, anden  realmente preocupados por el destino de los restos de Franco. La realidad es más escatológica. Se trata de remover las vísceras y que la bilis colectiva se arroje sobre quienes diabólica y subrepciticiamente han sido señalados como los herederos de todos nuestros males.  La Ley de Memoria Histórica no es más que una entre tantas viles estrategias para esconder la orfandad de ideas y, de paso, estigmatizar a las diestras.

Para ser justos, la planificada y obscena maquinación de esta izquierda impostada ha encontrado un aliado insospechado: una derecha timorata y encogida, más preocupada por los titulares de los medios afelpados que por un alegato de la verdad.

Nuestro futuro no debe ser escrito por nostálgicos de tiempos pretéritos por fortuna superados. Tampoco por tramposos, secuaces y mentirosos. Y mucho menos por ladrones. Aún liberados de este lastre, quedan millones de españoles de bien que piensan distinto y quieren ser oídos. La libertad no sólo exige verdad, también coraje.  Podemos ahuecar la cabeza bajo el ala o ignorar que España y sus gentes han cambiado. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos si queremos una monarquía parlamentaria o un modelo republicano. Quizá debamos preguntar a vascos y catalanes, y a quienes así lo deseen, si quieren seguir junto a nosotros o no. Jamás llevé bien el desamor. Me he cansado de desprecios y altivas miradas. Igual es buena ocasión para redefinir la estructura territorial del Estado, o para que la Justicia se libre del yugo partidista, o para que la educación y sanidad públicas sean liberadas de las fauces de la insaciable codicia privada. Sería muy interesante que la energía quedase en manos limpias, que su precio fuese ético y esas manos lograsen un beneficio justo. Sería todo un detalle que los impuestos fuesen justos, que dejáramos de gastar lo que no tenemos y de aparentar lo que no somos. Porque cuando las hipotecas son excesivas, la soberanía nacional, como la libertad individual, pasan a manos de los acreedores. En tal caso, la democracia no dejaría de ser una mera alucinación.

Preguntemos, votemos, seamos consultados en referéndums, desempolvemos las urnas, seamos osados y demos voz a la libertad. Igual así, no lo sé, al menos tres o cuatro generaciones hallen algo de sosiego.

¿Quién sabe?, si me aceptan, me iré pa Santa María que tiene puerto y tuvo a Alberti. Siempre quedará Cádiz donde, una vez, hombres libres y orgullosos, venidos de San Fernando, clamaron al mundo su hispanidad. Un grito decente y hermoso que todavía se escucha en la fenicia Eritía, más allá de las columnas de Hércules.

El mar. La mar.

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños la marejada
me tira del corazón;
se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Ay mi blusa marinera;
siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera!

Rafael Alberti

Quise acabar con poesía porque ésta, como la mar, sostiene nuestra ESPERANZA.

 

 

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