La autoridad perdida desde el prisma de María Bernal

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Recuperemos la autoridad

¿Somos conscientes de la actitud majadera que se ha ido desarrollando a lo largo del anhelado siglo XXI? Anhelado, porque iba a ser el momento perfecto para ser personas libres, una cualidad por la que tanto había luchado el ser humano. Sin embargo, este, sediento de orgullo, en lugar de luchar de manera educada y coherente por esa libertad y por sus derechos, está provocando un caos que obliga a luchar constantemente y de manera casi sacrificada contra una sociedad completamente estimulada. Y digo luchar, porque gracias a la permisividad y al cambio de educación que proponen muchas corrientes psicológicas actuales basadas en el lema “diálogo sí, imposición no”, las personas que se dedican a educar fuera de casa sufren unas consecuencias terribles, que para más ofensa son cuestionadas y olvidadas, como si de una chiquillada se tratara. ¿Chiquillada? No, perdone: canallada.

Asistimos lamentablemente a una superhipermega guay generación de supermamis o superpapis que, bajo el patético, asqueroso, absurdo y ridículo hashtag de “mami molona” o “papi molón” (menos usado) se ha preferido dialogar a imponer. Pues, que sepan que, ante tal actitud, se les ha otorgado a los niños y adolescentes un derecho, casi imposible de erradicar y sé perfectamente de lo que estoy opinando, porque lo veo día tras día. Queremos lo mejor para nuestros hijos y, sin embargo, no somos conscientes de que con esa protección dramatizada e hiperbólica, los pequeños se están apropiando indebidamente de una realidad que no debería corresponderles, haciendo caso omiso a sus principales deberes y aferrándose a ese lema tan prepotente y repulsivo que vociferan orgullosamente: “dime mis derechos, que me da pereza cumplir con mis deberes”.

¡Qué bonita la palabra pereza! Con ella les daba yo a más de uno, y no a todos, una buena reprimenda. ¡Ah, no! Perdón, retiro lo que acabo de afirmar. Ahora, una palabra fuera de contexto o con un tono de voz elevado puede ocasionar un trauma crónico en el niño o adolescente. ¿Un trauma? Pero, ¿cómo coño lo hacían nuestros padres para prohibirnos e imponer su autoridad, sin que eso supusiera ningún trauma? Ah, sí. Ya recuerdo. En casa, el lema infranqueable de mi madre se desviaba del actual, mencionado en las líneas anteriores. Con el suyo era imposible pensar en la pereza. Ella, que junto a mi padre siempre nos ha dado lo mejor, nos decía muy amablemente: “Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga. Si no te conviene, coges las maletas y te vas”. Y, miren que casualidad, nunca cogimos las maletas. Y, lo mejor de todo: jamás desarrollamos ningún trauma durante la niñez. En caso de haberlo desarrollado, ella tenía un analgésico muy efectivo contra tanta idiotez.

Antes las madres o los padres no atosigaban a sus hijos a la hora de tomar decisiones, pero ahora es nauseabundo el hecho de sentarte en el banco de un parque y escuchar comentarios engreídos tales como: “Mi hijo ha sacado un diez (y pobre de él como baje esa nota), mi hija va a clase de danza, de música, de pintura, de idiomas, de hípica, de costura, de natación… y ese mi, mi, mi se va multiplicando agotadoramente. ¿No se darán cuenta de que puede haber cerca alguna madre que no tenga a un hijo tan sumamente perfecto? ¿No son conscientes de que los hijos pueden dar un giro bastante dramático de los acontecimientos cuando menos lo esperen? Señoras, sean más humildes y prudentes y siéntanse orgullosas de sus hijos, pero sin ir pregonándolo solo por el simple hecho de que quizá usted no haya conseguido lo que ahora quiere que su hijo alcance. La educación ha de ser más sencilla: limítese simplemente a inculcar valores, no presuma de él en público…es decir, disfrute de la felicidad de su hijo en la intimidad. Sé que a mí no me importa lo que haga cada persona, pero les puedo decir que, por lo que llevo vivido, siempre triunfan los que hacen su trabajo sin esperar recompensa.

Y esta manera tan simple de presumir de los hijos ha provocado que “el crío” esté subido en un pedestal, convirtiéndose en ese ser al que no se le puede decir nada porque se ofende. Ha desaparecido la autoridad en todos los ámbitos. Y, en realidad, creo que no ha de extrañarnos, teniendo en cuenta que la ley parece obviar tal situación, la mala educación, hasta el punto de que para que actúen los adultos o cualquier persona a la que le debemos respeto, se tenga que pedir permiso. Y, con tal evidencia, la sociedad se aprovecha y actúa mostrando su perfil más avaricioso, hipócrita, lleno de maldad, prepotente, amenazante y envidioso. Y es de esta manera como las nuevas generaciones van construyendo su futuro a merced de una actitud carente de valores y que puede llegar a lastimar a cualquier ser de la tierra.

Hagamos todos un ejercicio de reflexión e impongamos la autoridad que de alguna manera nos robaron hace ya unos años. Luchemos contra el consentimiento, contra la terquedad de querer moldear a hijos o alumnos perfectos a base de que ellos ganen siempre la batalla y hagamos un severo llamamiento a la ley para que esta defienda lo políticamente correcto y moral. Seamos personas naturales, honradas y dejemos a los niños y adolescentes que cumplan con sus deberes, antes de que disfruten de manera exacerbada de sus derechos.

 

 

 

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