La casa de los Anaya de Cieza

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Impetuosa y majestuosa, en medio de la plaza de España, queda la casa de los Anaya. Rompe la línea trazada, vestigio de otra época. Entre sus materiales queda el desgaste y  el olvido

Miriam Salinas Guirao

Según figura en la fachada, 1921 es el año de su construcción. Este emblemático lugar, que se sale de la norma ciezana, quedó encajonado rodeado de edificios que han ido ocultando su esplendor. La construcción según cuenta Guillermo Cegarra imitaba vagamente en su creación general el estilo de la campiña inglesa. Se combinana en ella elementos modernistas en las ventanas, con diseños geométricos, “cercanos al art-déco”.

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¿Quién fue su primer propietario? La mandó construir Luís Anaya Amorós, inventor y empresario ciezano, nacido en la segunda década del siglo XIX. En la revista Andelma, Boletín Informativo del Centro de Estudios Históricos Fray Pasqual Salmerón, bajo la firma de Pacual Santos y Manuela Caballero se explica que entre 1915 y 1916, Anaya patenta tres procedimientos que mejoran la técnica del esparto. Creaciones que de manera indiscutible alteraron el desarrollo de la economía ciezana, en particular y de España, en general. Según se explica en la revista Andelma, Anaya no tenía dinero y no sabía inglés, pero eso no fue impedimento para viajar a Escocia y convencer a una empresa que se dedicada a la construcción de maquinaria de hilados de algodón, “para que le fabricara y le enviara, a cuenta, vía Barcelona y por barco, toda la maquinaria necesaria para tejer el esparto.”

En palabras de su nieto Luis Castex Anaya, “era hombre de gran perseverancia. Se le metió en la cabeza que se podía tejer el esparto de forma mecánica, y para ello era necesario dar a la hilaza de esparto una suavidad y flexibilidad que permitiera producir un tejido suave, uniforme y económico.” Y  lo consiguió, patentó esos procedimientos, que ahora se conservan en la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM). Luis Anaya, en septiembre de 1916 aseguraba que con lo conseguido se alcanzaría el desarrollo de la “industria del esparto, netamente española” ya que no se requeriría “textiles exóticos” que hicieran “la competencia al esparto”.

Como sus palabras, sus esfuerzos, quedan entre los libros y las miradas de otras generaciones. Su casa, murmullo de leyendas de niños; encantada para otros por su temple, por las voces que cuentan que dentro se escuchan quejándose o incluso por las sombras que ven cruzando las regias ventanas. Sea como sea, ahí seguirá testimonio del devenir del pueblo de Cieza.

 

 

 

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