La cuestión catalana, por José Antonio Vergara Parra

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«Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí»

Viernes, dieciocho de octubre de dos mil diecinueve. Cuando estas letras vean la luz no sé cómo andará la cosa. Me ceñiré a lo que ya sabemos.

Sabemos que el sentimiento independentista catalán está sólidamente asentado y es recurrente. Sabemos que miles de catalanes, de forma cívica y ejemplar, se han manifestado contra lo que consideran una sentencia injusta y politizada. Sabemos que los catalanes sienten celos de vascos y navarros; celos justificados pues estos últimos gozan de más y mejores herramientas para administrar sus respectivos autogobiernos. Sabemos que nuestra Constitución tuvo enormes bondades pero también debilidades que el tiempo ha mostrado con toda su crudeza. No es posible preservar la unidad nacional cuando la desigualdad entre sus tierras, y por tanto entre sus gentes, viene reconocida en la mismísima Ley de Leyes. Tal desigualdad no está amparada en razones históricas o lógicas; en absoluto. Esos privilegios normativos, ese trato preferencial, sólo responde al desesperado intento por retener a quienes adolecen de un sentimiento españolista.  En vascos y catalanes, el arraigo a su aldea chica prima sobre cualquier otro sentimiento patriótico. Y la Ley, queridos amigos, legisla relaciones pero no sentimientos. Durante los años de vino y rosas, los llamados nacionalismos moderados quedaron parcialmente anestesiados por suculentas y reincidentes transferencias ordenadas por el Tesoro Público.  Cuando asoman vacas famélicas, cuando la dispersión de las mayorías tradicionales impide la extorsión nacionalista, entonces, la peor versión del sentimiento nacionalista emerge con inusitada fortaleza. Cuando el Estado ha dejado de ser la solución, toca transmutarlo en el problema. Esa es, y no otra, la estrategia nacionalista conocida con el nombre del procés.

¿Recuerdan cuando, en plena crisis económica, el mal llamado Molt Honorable Artur Mas hubo de volar en helicóptero para llegar a un Parlament asediado? En ese justo instante, el Sr. Mas rehusó aquel cáliz y, al abrigo de aquella perversa frase de España nos roba, señaló una diana a la que lanzar todos los dardos: España y los españoles. Una táctica miserable, propia de cobardes y mediocres.

El cocido siempre estuvo a fuego lento. El ingrediente definitivo de España nos roba  vino a llevar a ebullición aquel puchero de xenofobia, supremacismo, soberbia e ignorancia que, ante la mirada cómplice y tibia de presuntos estadistas,  fueron inoculadas en las mentes y corazones de millones de catalanes.  Cuando tu mama (sin tilde) te dice, casi a diario, que eres el más guapo, alto y listo de la clase, antes o después terminas por creerlo. Sentirás cómo el sol gira alrededor de la tierra y que todo es poco para lo que mereces.  El pueblo catalán ha gozado de una libertad que ya quisieran regiones de medio mundo, pero eligió mal en las urnas. Es lo que tiene la libertad, que exige la asunción de responsabilidades por su erróneo ejercicio. En este estado de cosas, el hasta hace bien poco civilizado nacionalismo catalán se ha echado al monte, usando como carnaza a una juventud desarraigada. No todos los catalanes son así; naturalmente que no pero, como gesto de buena voluntad, sería deseable que el poble català diese la espalda a violentos y a politicuchos de tres al cuarto. El próximo diez de noviembre, los catalanes tienen una excelente oportunidad para hablar alto y claro. Ya sé que son elecciones nacionales pero, ante tan excepcionales y graves circunstancias, vendría muy bien que castigasen democráticamente a quienes, de una u otra forma, han llevado a Cataluña a este callejón con muy difícil salida.

 

Podría ser más poético pero la prosa, descarnada y desnuda, es la que viene al caso.

Corría el año mil novecientos ochenta y uno y el bien llamado Molt Honorable Josep Tarradellas (que en 1934 intentó persuadir a Lluís Companys para que no proclamara la república catalana) dejó escrito:

«Sé muy bien que ahora no se proclamará el Estado Catalán ni la República Federal Española, ni los responsables de cuanto sucede morirán por Cataluña, nada de eso. Lo que se hará es querer hacer olvidar las actitudes irresponsables de los mismos que ya han hecho fracasar nuestra autonomía, consiguiendo la desunión de Cataluña y el enfrentamiento con España; y por eso la actitud de los autores de esta situación es imperdonable». Y añadió: «Es desolador que hoy la megalomanía y la ambición personal de algunos, nos hayan conducido al estado lamentable en el que nos encontramos».

El Señor Tarradellas no solo fue el primer y más extraordinario presidente de la Generalidad si no que, para nuestro pesar, tuvo el don de la clarividencia.

Es urgente que Cataluña recupere la excelencia, la concordia, la modernidad, la prosperidad y la cultura. Es urgente, tremendamente urgente, que Cataluña rescate la mejor versión de sí misma. Lamento decirlo pero lo que fuera la puerta de Europa, pareciese más a un despeñadero. Me temo que no podremos tirar de Josep Tarradellas mas sí de su espíritu que es o debiera ser eterno. Pujol y quienes por inconfesables miserias protegen la impunidad de aquél, deberían pagar por lo que hicieron. Sediciosos y violentos han de ser condenados a un irreversible ostracismo social y político. Es tiempo de que un catalán o catalana de bandera recupere el alma de Don Josep Tarradellas, se asome al balcón del Palau de la Generalitat y al gentío agolpado en la Plaça de Sant Jaume, pronuncie, por ejemplo:

Ciutadans de Catalunya; jo també sóc aquí. Estic aquí per dir-vos que crec en vosaltres.
Que no sóc meitat català i meitat espanyol si no enterament català i enterament espanyol.
Sóc aquí per dir-vos que no hi ha llibertat sense responsabilitat. Sí, aquí i ara, us dic que encara hi som a temps per recuperar la senda que mai vam haver de perdre. Sóc aquí, amics meus, per recordar-vos que a les venes porteu sang extremenya, murciana, també andalusa.  Que ser i sentir-se català no és un sentiment enfront de ningú si no al costat de tots. Que Espanya mai va ser un obstacle; potser la solució.
Ciutadans de Catalunya.
Si així ho voleu, jo també ho vull, recuperem una Catalunya unida, pacífica i mediterrània. Jo seré el vostre guia però ajudeu-me; us ho prego.Visca Catalunya, visca Espanya. Ciudadanos de Cataluña; yo también estoy aquí.

 

Estoy aquí para deciros que creo en vosotros. Que no soy mitad catalán y mitad español si no enteramente catalán y enteramente español. Estoy aquí para deciros que no hay libertad sin responsabilidad. Sí, aquí y ahora, os digo que todavía estamos a tiempo para recuperar la senda que jamás debimos perder. Estoy aquí, amigos míos, para recordaros que en las venas lleváis sangre extremeña, murciana, también andaluza. Que ser y sentirse catalán no es un sentimiento frente a nadie si no junto a todos. Que España nunca fue un obstáculo; acaso la solución. Ciudadanos de Cataluña. Si así lo queréis, yo también lo quiero, recuperemos una Cataluña unida, pacífica y mediterránea. Yo seré vuestro guía pero ayudadme; os lo ruego.

Viva Cataluña y viva España.

Los catalanes habrán de decidir si desean recuperar el espíritu que les hizo grandes o continuar la senda del suicidio colectivo. España está con todos vosotros pero, de persistir en vuestra locura, corréis el severo peligro de que, por hartazgo y desamor, acabemos por ceder. En tal caso, cuando ya sea demasiado tarde, comprenderéis que os contaron una gran mentira. Que los mismos que os empujaron hacia el abismo, desaparecerán entre la niebla y que, por carecer, no tendréis ni un enemigo al que culpar de vuestros males.

Nota: el mensaje escrito en catalán pudiera contener uno o varios errores. Pido disculpas por ello. Solo he pretendido mostrar mis respetos hacia un idioma hermoso, patrimonio de todos, que debiera servir para entendernos y no para dividir.

Gracias.

 

 

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