La energía perdida y el medio ambiente, por Diego J. García Molina

En busca de la energía perdida

Esta semana se está desarrollando (no creo que el verbo adecuado sea celebrar) la cumbre mundial del clima tras no poder realizarse en Chile debido a los graves disturbios sufridos por este país, en los que se han producido incluso muertos. El tema principal de la conferencia es la llamada emergencia climática; no hay duda de que se trata de un tema de actualidad que desata pasiones tanto a favor como en contra de su impacto e inmediatez real. No tenía intención de volver a tratar este tema, no obstante, la actualidad manda, aprovecharé para complementar el artículo de hace unas semanas.

En primer lugar, creo que es positivo que se realice en nuestro país debido a los beneficios económicos que repercutirán en la ciudad donde acuden los asistentes, en este caso Madrid. La otra cara de esta cumbre es la hipocresía que se desprende de las declaraciones y algunos de los acuerdos y consensos que está produciendo. No volveré a insistir aquí en datos esclarecedores sobre el cambio de tendencia en la conservación del medio ambiente: el aumento espectacular de la masa forestal en Europa, el establecimiento y progresión del volumen de reciclaje de todo tipo de materiales, o aquí mismo en España, la reducción de emisiones de gases contaminantes a la atmósfera en casi un 20% en menos de 10 años, dato este último revelador de los esfuerzos en ese sentido.

Es por ello que necesitamos involucrar a los expertos (de verdad) y seguir estrategias con sentido común dejando fuera a los alarmistas oficiales, empresas y grupos de presión o lobbies que solo buscan el beneficio propio, principalmente las empresas generadoras de energía renovable. Los únicos que pueden comprar sus productos son los gobiernos y es a ellos contra quien dirigen sus coacciones manipulando la opinión pública con métodos bastante infantiles en algunos casos, pero muy efectivos, como estamos comprobando. Por ejemplo, una medida que llevan reclamando expertos desde hace tiempo en España es la renovación del parque móvil para retirar de las carreteras vehículos antiguos contaminantes por otros modernos especialmente diseñados para reducir al mínimo las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, nuestro gobierno declara la guerra al coche diesel y sube el precio del combustible, cuyo uso es extendido y casi obligado entre las clases medias y bajas, además de la mayor parte de trabajadores y autónomos. El objetivo no es otro que subvencionar la compra de coches eléctricos. Con el precio que tienen actualmente estos vehículos, ¿quién de esta condición social podría permitírselo? Si no fuera un tanto demagógico diría que se trata de un Robin Hood inverso,  confiscando vía impuestos a los pobres para repartirlo entre los ricos. Además, si es de protección del medio ambiente de lo que hablamos, las baterías de estos vehículos eléctricos son altamente contaminantes y no hay todavía seguridad sobre su eliminación o reutilización.

No debe haber reparo en reconocer que los países desarrollados, casi me atrevería a decir que los europeos, son los que mayor esfuerzo han realizado en la reducción de emisiones. Esta misma semana hemos conocido que Iberdrola anuncia el cierre de sus 2 últimas plantas de carbón. Por el contrario, los gigantes asiáticos como China o India, y otros países en vías de desarrollo, son los que contribuyen con mayor porcentaje de emisiones y residuos. Las 20 ciudades más contaminadas del mundo están en Asia y África, la mayoría en la India. No vemos protestas o visitas a estos países para poner el foco en este factor, ni que sea noticia. En contra de la tendencia mundial, China continúa construyendo plantas de generación de energía a partir de carbón; este país es el más contaminante del mundo con casi un tercio del total de toneladas de carbono emitidas a la atmósfera.

Entiendo que esta dictadura comunista, en conflicto continuo desde hace décadas con Estados Unidos por la supremacía económica mundial no puede permitirse el lujo de reducir su actividad industrial y debe ser inviable, por el coste derivado, cambiar su modelo energético a las renovables, excesivamente caras como hemos comprobado en España, donde nuestro recibo de la luz es un 70% más caro que hace unos años, o todavía peor, a la energía nuclear, extremadamente peligrosa en manos de países que no pueden reunir las suficientes garantías de seguridad. Solo se me ocurre una solución, pero es más una quimera y un buen deseo que una posible realidad. Se trata de ayudar, sí, han leído bien, ayudar a estos países a realizar una transición energética. Ya que está cumbre la convoca la Organización de Naciones Unidas, que trabaje en ese sentido con sus asociados y diseñe un plan global, una especie de plan Marshall de la energía limpia. La economía no es un juego, donde lo una parte gana la pierde otra; en este caso, ganarían todas las partes, los países a los que se ayuda, las empresas encargadas de construir y mantener las infraestructuras y ganaría el planeta reduciendo la contaminación y la degradación del medio ambiente. De paso, dejarían durante un tiempo de atormentarnos con profecías catastrofistas, siempre incumplidas, de las que no somos responsables ni tenemos medios para revertir. Que bonito sería, ¿verdad? Seguiré soñando.

 

 

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