La fe y las dudas de Vergara Parra

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EL GRITO

Sospecho que en momentos de una pretendida lucidez, cegado quizá por algún inesperado destello de luz, he escrito sobre el sufrimiento con un ímpetu demasiado voluntarista. Siempre he visto el mundo e interpretado la realidad desde arraigadas convicciones religiosas que, transmitidas por mis padres, se han fortalecido a lo largo de los años. Mas si firmes son mis creencias, las dudas no les andan a la zaga.

 A quienes la vida golpea sin piedad o mueren de inanición, vayamos y contémosles eso del sentido trascendental del sufrimiento. No puedo apartar de mi cabeza tanta angustia. Enfermedades, limpiezas étnicas, violaciones, asesinatos, drogas, prostitución, guerras, atentados, hambre, miseria, soledad….. Hombres, mujeres y niños que saltan al mar en busca de una vida mejor sin saber, siquiera, si llegarán al destino. Personas que, entre el bullicio de las grandes ciudades y ante nuestra mirada ausente, duermen al raso entre cartones y suciedad. Niños y niñas a los que su inocencia y dignidad les son arrancadas de cuajo. Aquí y allá, el infortunio atiza sin piedad.

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La Cruz pesa; lo sé, y todos hemos sabido de ello pero, ¿si para algunos es liviana la carga,  por qué es fatigosa para otros?

Una permanente sensación de culpabilidad me persigue allí donde vaya. Cuando pienso en esos hechos terribles, las cosas de aquí (algunas, no todas) me parecen banalidades y me pregunto si no hemos perdido la medida de las cosas. Suerte que, entre nosotros, haya personas que entregan sus vidas a los demás; que marchan a lugares lejanos, o a la vuelta de la esquina, para llevar esperanza y vida donde hay tinieblas y miseria. Que Dios les bendiga una y mil veces. Y, desamparado, a ese mismo Dios le exijo, sí, le exijo respuestas. No consigo oírle y me martillea un punzante silencio  y, tras él, una infinita desesperanza de la que intento alejarme cuanto me es posible. Mentes nobles y brillantes han ofrecido explicaciones pero no alcanzo a aceptarlas del todo. Demasiados cabos sueltos.

El dolor, como la vida, es una incógnita que el hombre, desde que tomó conciencia, ha intentado despejar; con escasa fortuna, la verdad. Tan indiscriminados sinsabores nos recuerdan algo que olvidamos con pasmosa facilidad: que nada somos en realidad, salvo polvo a merced de un viento eterno y cambiante. Nos hemos vuelto duros como rocas y egoístas hasta la naúsea, sin reparar que el egoísmo mata lenta pero inexeroblemte. Estaremos realmente vivos mientras queramos y seamos queridos; mientras nuestros pensamientos y acciones se erijan en una permanente acción de gracias por respirar.

Ándense con mucho ojo. Un señor con tridente acecha en cada esquina; esperará nuestro más mínimo traspiés para cautivarnos. Y a Aquél, que en sus carnes padeció nuestra miseria, le imploro una y mil veces que no nos abandone; que sane a los enfermos, que pacifique nuestros corazones, que temple nuestro espíritu  e  ilumine nuestro corto entendimiento. Me aferro, cuán náufrago a una tabla, a una Fe que no siempre entiendo pero que busco con ahínco. Sí sé algo. Los ángeles existen. Los he visto cientos de veces. Algunos visten de bombero; otros de policía; no resulta inusual verles ataviados con bata y fonendoscopio; naturalmente, también los hay con alzacuellos. Si he de serles sincero, no admito signo alguno de distinción que no sea la bondad porque, al contrario que los dones (que nos son regalados), la bonhomía es una conquista permanente que precisa de férreos compromisos y dolorosas renuncias. Mientras estemos por aquí, podremos salir a un lugar seguro y gritar cuanto nos sea posible. Al cabo de un instante, cuando hayamos recuperado el aliento, bien estaría que nos propusiésemos ser útiles a los demás, dar lo mejor de nosotros, no juzgar a nuestros semejantes, cuyas vidas y tribulaciones desconocemos y vivir en paz con nuestra conciencia. ¿Qué otra cosa, si no, podemos hacer?

 

 

 

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