La migración, por José Antonio Vergara Parra

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Migración

Es un compromiso íntimo y voluntario que no espera ni precisa recompensa externa; bastará que mi conciencia permanezca en calma. No atisben altanería ni una suficiencia impostada. Escribo para respirar y también para ser leído y, naturalmente, mi modesta aunque entusiasta pluma agradece los parabienes de mis congéneres. Pero sé bien que el verdadero triunfo germina en otros lares más íntimos. Mi amor a la palabra lo es, en parte, a su forma; cierto. Pero mi compromiso último e irrenunciable es con la verdad, al menos con su honesta búsqueda. Es necesario asumir los riesgos derivados del leal ejercicio de las libertades de pensamiento y expresión. Tiempo ha que decidí asumirlos aunque ya he pagado algún precio por ello. Gustosamente, además.

Disculpen este exordio, reiterado tantas veces, pero se hacía casi imprescindible antes de acercarme a un asunto tan delicado como el de la migración porque, en última instancia, hablamos de personas, de sus anhelos y sueños, de sufrimientos e infortunios. De forma deliberada, he obviado los prefijos in y e del lexema migración. Hablemos de migraciones, éxodos, diásporas o huidas por razones bien justificadas. Unos vienen y otros van. En épocas no muy pretéritas, miles de españoles marcharon a Francia, Alemania o Sudamérica en busca de alguna oportunidad o huyendo de la represión política. Conviene no olvidarlo.

En términos generales, las opiniones basculan entre quienes execran su xenofobia más despreciable y quienes, seducidos por una malentendida bonhomía, desatienden aplastantes realidades. Las redes sociales, que también conforman criterio, son como alcantarillas de nuestra podredumbre pues nuestros más primarios instintos discurren por un cauce de lo más cenagoso. Obsérvese que escribo en primera persona del plural pues, en alguna ocasión, he sido arrastrado por la fuerza de la corriente.

No acabamos de ver al diferente como un igual. ¿Acaso los iguales no son diferentes para el presunto diferente? Como si el color de la piel o la forma de los ojos segregara la raza humana en mejores, iguales y peores. La latitud o la altanería urbanita no son ajenas a la necedad generalizada pues el norteño desdeña al sureño como el capitalino al provinciano. Y no digamos nada de los vascos y catalanes de pedigrí para quienes manchegos, extremeños y murcianos somos pocos menos que rudos y embrutecidos hispanos. Lo desconocido atemoriza a muchos de nuestros semejantes pero hay antídoto para esto; como ya aconsejó Unamuno (de cuyo inmenso legado intelectual todos se apropiaron y pocos entendieron), nada mejor que viajar y leer pasa cerciorarse que la diferencia es riqueza en realidad.  Las religiones mal entendidas tienen su parte alícuota de responsabilidad. El adoctrinamiento y ulterior sometimiento de voluntades y espíritus gremiales, en aras de intereses ajenos a la salud de nuestras almas, tienen severos efectos secundarios y no pocas contraindicaciones. En nombre de Dios, el hombre ha sido un lobo para el hombre; es decir, para Dios mismo. Es entonces cuando el otro es visto como un infiel o un hereje o un pagano, emergiendo fronteras prácticamente inexpugnables.

No importa cuán altas sean nuestras defensas, ni cuán punzantes las alambradas, pues no habrá lindes que frenen la desesperación de millones de semejantes que huyen del hambre, la guerra o el caos. Quien nada tiene que perder se torna singularmente peligroso.

La miseria ajena ha sido siempre una excelente oportunidad de negocio para gentes sin escrúpulos. Las mafias trafican casi con todo; armas, drogas, órganos y, por qué no, personas. Pero retiremos las ramas para poder ver el bosque en su real magnitud. Los intermediarios llegaron después de la miseria; no antes.

Malos tiempos para la lírica, que ya nos anticiparon Golpes Bajos. El verso no lo aguanta todo y la prosa llama a la puerta pues cualquier diagnóstico sensato merece una terapia adecuada.

Estaría bien que la industria de la guerra, es decir, de la muerte, dedicara sus infinitos recursos a la vida, a la paz, al desarrollo, a ayudar al prójimo porque en el prójimo es donde vive Dios. Sería alentador que los aviones, por munición, lanzasen comida y medicamentos. Ya sé que hay malos malísimos que deben estar a raya, e intuyo que el equilibrio de fuerzas disipa malos pensamientos. La candidez, como la indiferencia, también es desaconsejable. La pregunta a responder es bien sencilla. Si podemos y debemos ayudar, ¿por qué no lo hacemos? No hablo de culpas pero sí de un deber ético.

Alojar parte de África o Sudamérica en Europa y Estados Unidos no parece sensato. Los recursos son finitos y las capacidades limitadas. Identificar delito con inmigración o con una determinada etnia o raza me suscita honda tristeza. No es el color de la piel lo que arrastra a un ser humano a delinquir; acaso la maldad inoculada, las drogas o el odio; también la extrema necesidad. Imaginen el grado de desesperación de quienes exponen sus vidas, y las de sus familias, a un final más que incierto. ¿De qué huirán, que dejan sus vidas al albur de las mareas? Distingamos entre inmigrantes sin papeles (es decir, pobres) e inmigrantes con papel (acaudalados) A los primeros les pedimos los papeles; a los segundos le aceptamos, sin preguntar, su papel (papel moneda, se entiende), porque no hay pasaporte más eficiente que el dinero ni barrera más temida que la pobreza.

Definitivamente, los países más prósperos y avanzados deben ayudar a los países más paupérrimos y necesitados. Pero este auxilio, que es un acto de justicia natural, no debe ser incondicional. No es posible auxiliar a países donde la democracia ni está ni se le espera porque toda ayuda será baldía y la bestia se hará más fuerte. Si en verdad queremos darle una oportunidad a los más desfavorecidos, sus gobiernos deben abrazar la democracia.

El Derecho Internacional, que ha funcionado cuando ha habido voluntad, debe brillar nuevamente en el mundo civilizado. El hampa, las mafias y, en definitiva, los crápulas que se enriquecen a costa de la penuria ajena, deben ser prensados por el peso de la Ley.

Y, naturalmente, los de aquí y los de allá, es decir, todos, habremos de respetar las leyes. El Derecho no vino a conculcar nuestros derechos sino a protegernos de la anarquía. La inmigración habrá de ser legal, ordenada y controlada o no será. Y por lo que más quieran, déjense de eufemismos y huidas semánticas que antes que guiños son afrentas a la verdad. ¿Discriminación positiva? La discriminación es, por naturaleza, lesiva e injusta. Los derechos y obligaciones deben ser radicalmente iguales para todos. El esfuerzo colectivo de generaciones que se pierden en el tiempo no puede ser sacrificado en aras de una solidaridad mal entendida.

En términos generales, los españoles tenemos bien aprendido el sentido de pertenencia de puertas para adentro. Es pisar la acera y la vaguedad conceptual se apodera del pensamiento colectivo. Hablamos del Estado como si de un señor de Murcia se tratare. ¿Alguna vez comprenderemos que nuestra sanidad, la educación o nuestro sistema de pensiones son el resultado de los afanes y aportaciones individuales? Cuantos más aportemos, cuántos más tramposos sean desalojados y cuanto mejor sea gestionado, más vigoroso y perdurable será nuestro estado del bienestar.  Aunque yo prefiero hablar de sociedad del bienestar porque, para ser francos, es la sociedad la que se da a sí misma ese laborioso confort.

Luego una inmigración legal, controlada y ordenada no es una amenaza; en todo caso, una oportunidad para anfitriones y huéspedes. Un tiempo maravilloso para enriquecernos mutuamente y para entender que todos, absolutamente todos, somos Hijos de un mismo Dios.

Pero habremos de organizarnos para que las reglas del juego sean idénticas para todos.

 

 

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