La positividad y el optimismo bajo el prisma de Elena Sánchez

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Pequeñas alegrías pese a todo

“Esto va a ser una tontería más”, piensa Silvia mientras sonríe y mira el cuaderno en el que ha decidido anotar esos momentos del día. ¿Servirá de algo? A veces es simplemente un paseo que pone fin a la fatiga del trabajo, un encuentro inesperado a la hora del café, tararear una melodía de la infancia…

La idea había surgido tras una breve charla con uno de sus compañeros de laboratorio. Se había estado quejando durante toda la mañana; todo le volvía a salir mal. Tenía derecho a quejarse. La jefa de servicio ya había anunciado que no se iban a renovar los contratos de investigación que concluían durante ese trimestre. “Por el momento”, había matizado. Pablo era quien le había hecho ver que no parecía que las cosas le fueran tan mal. “¿Cómo que no?”, había protestado. “En muchos momentos pareces feliz”, le había respondido.

Y puede que fuera cierto. Reía con facilidad; en ocasiones incluso a solas recordando alguna anécdota del día. Disfrutaba con cada nuevo paisaje que descubría en las excursiones de los domingos y con los descubrimientos que se producían en el laboratorio, aunque finalmente no tuvieran la relevancia esperada. Era simplemente el entusiasmo del descubrimiento que renacía en ella cada vez que se encontraba ante algo nuevo. Disfrutaba improvisando cenas en casa en el último momento: abrir la nevera, no saber qué cocinar, llamar a alguien para que se acerque al supermercado. Tenerlo todo listo. Disfrutaba gestionando ese pequeño caos.

Pero, ¿era eso suficiente? ¿Suficiente para no sentirse abatida tras el anuncio de la jefa de servicio? Algunas veces, Silvia no sabía de dónde procedía su entusiasmo repentino. Se lo vuelve a preguntar ahora mientras sostiene en la mano el cuaderno en el que ha decidido hacer inventario de sus pequeñas alegrías, de las pequeñas alegrías que logra mantener intactas pese a todo. ¿Servirá de algo?

Una tarea similar a la que decide emprender Silvia, es la que ha llevado a cabo el antropólogo francés Marc Augé, quien ha identificado momentos de felicidad pasajeros y fugaces a los que se ha referido como “pequeñas alegrías” o “alegrías pese a todo” y que ha considerado como los componentes de ese otro estado permanente e ideal al que con frecuencia aspiramos: la felicidad.

Las pequeñas alegrías consisten en estados íntimos, huellas de momentos de bienestar vividos que conservamos en la memoria y que buscamos pese a todo, pese a las dificultades y pese a los momentos de desazón y cansancio.

Nuestra identidad individual  —¿quiénes somos?— no es ajena a las huellas que dejan en nuestra memoria esas pequeñas alegrías, y nuestra identidad social tampoco. Esta última se sostiene  en la certeza de que existimos en la imaginación y en la memoria de otras personas; principalmente aquellas que son significativas para nosotros.

Es por eso que necesitamos mantener espacios físicos y temporales de encuentro a través de ritos y celebraciones que repetimos, y que nos vuelven a reunir cada cierto tiempo para conmemorar, por ejemplo, un aniversario con el que evocamos que en otro tiempo hubo una primera vez, el comienzo de una nueva etapa. Los ritos y celebraciones que acaban siendo exitosos consiguen que los participantes evoquen la alegría de un nuevo comienzo o de un tiempo de reencuentro anterior. Necesitamos volver a vivir esas pequeñas alegrías, experimentarlas no solo a través del recuerdo individual y los sentidos, sino también a través del encuentro con otras personas que nos proporcionan pruebas de que nuestra existencia va más allá de la realidad tangible y concreta del presente.

Para Marc Augé la alegría no es tierra nueva; es un terreno continuamente abonado. Un territorio íntimo al que se retorna y del que se puede regresar con impresiones nuevas sobre el mundo y sobre nosotros mismos, a poco que nos paremos a observar las ocasiones y condiciones en que surgen. Son esas pequeñas alegrías las que nos proporcionan un fondo de optimismo estable que nos ayuda y nos empuja a seguir buscando la mejor de las vidas posibles pese a todo.

Este fondo de optimismo se aparta de la positividad que han divulgado algunos modelos de desarrollo personal que tienen su origen en el contexto empresarial y en la necesidad de optimizar resultados. El supuesto de que los trabajadores felices aumentarían la productividad dio un nuevo impulso a la felicidad, convirtiéndola en una condición suficiente para el éxito: mantenernos felices, optimistas y positivos nos conduciría al logro de nuestros objetivos. Estas premisas motivacionales han animado durante un tiempo, y aún lo siguen haciendo, a la autosuficiencia y a la confianza exagerada en las propias capacidades e iniciativas personales, sin importar apenas el contexto.

Es cierto que necesitamos sentirnos optimistas y esperanzados. Las pequeñas alegrías nos empujan a seguir buscando una felicidad que perdure, pero los modelos que tratan de acercarnos al éxito y a la felicidad a través del desarrollo de pensamientos positivos, acaban siendo poco factibles porque no toman en cuenta que el optimismo, como condición interna de la persona, remite a vivencias biográficas y a la capacidad de recuperar huellas de la memoria y experiencias que necesitan ser compartidas.

¿Seríamos capaces de trazar un mapa de nuestras pequeñas alegrías? ¿Sabríamos dónde encontrarlas? ¿Sabríamos identificar qué caminos nos conducen hasta ellas?

 

 

 

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