La situación catalana, por Diego José García Molina

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Mucho cuidado con lo que se pide

Esta semana, por desgracia, vuelve a estar de actualidad el dichoso tema de la secesión del territorio de Cataluña, ese proceso que nos incordia desde hace años de forma continuada y que parece no tener fin. Ha alcanzado su punto álgido de violencia y extremismo el pasado fin de semana con los terroríficos disturbios televisados en directo con centro neurálgico en Barcelona capital. Poco queda por decir y por analizar sobre este tema, por lo que en esta ocasión quiero centrarme en un aspecto concreto sobre el que quizás no se esté prestando la debida atención. Los ineptos líderes nacionalistas intentan desde hace años “internacionalizar” su causa, como ellos mismos repiten, sin ser conscientes de que es lo peor que podría suceder. Quizá piensen que hacer visible en otros países su egoísta deseo de imponer el derecho individual sobre el derecho de la totalidad de los habitantes que comparten la soberanía de este país sea la única oportunidad de conseguir sus objetivos. No obstante, por nefasta que ha resultado esta idea tenemos de sobra a lo largo de la fecunda historia de España.

La primera de ellas quizás fue cuando los iberos campaban a sus anchas en esta tierra de conejos, como así la denominaban los fenicios que comerciaban con los nativos. La ciudad ibera de Sagunto, protegida de los romanos, fue atacada por los cartagineses por lo que pidieron socorro a sus aliados, aunque estos no pudieron auxiliarla y cayó finalmente en poder del legendario general y estratega Aníbal. Ese fue el comienzo de la segunda guerra púnica e Hispania fue uno de los principales escenarios bélicos; los romanos, tras vencer y destruir Cartago, como es conocido, no abandonaron Hispania hasta su total dominio casi un siglo más tarde.

Tras el colapso del imperio romano, del que muchos quieren ver similitudes con la decadencia actual de Europa, los visigodos se hicieron con el gobierno de la provincia de Hispania (entrando, por cierto, como aliados romanos). Un par de centurias después, en una de las habituales disputas sucesorias al trono, ya que en este pueblo no se heredaba la corona, los partidarios de los hijos del anterior rey Witiza franquearon la entrada a la península por Ceuta a un ejército que ayudara en su lucha. Los supuestos auxiliadores, el pujante ejército musulmán del profeta Mahoma, tras derrotar a las tropas del rey Rodrigo en la batalla de Guadalete, no tuvieron inconveniente en apoderarse del territorio tan generosamente ofrecido en bandeja. Ocuparon casi la totalidad de la península ibérica, y los últimos territorios tardaron más de 700 años  en ser recuperados.

Otros que pensaron que era una buena idea pedir ayuda a una potencia extranjera fueron los catalanes en tiempos del conde duque Olivares. En plena disputa por no aportar a los ejércitos imperiales recursos para las numerosas guerras que libraba Felipe IV abrieron la frontera a los franceses, quienes gustosamente tomaron la mayor parte del territorio. El resultado fue que el coste del ejército de ocupación francés era superior para los catalanes que los tercios imperiales, además de los desmanes producidos a la población, la competencia de los mercaderes franceses y la situación de la guerra que se alargó 12 años. Al final se perdió, entre otros territorios, el Rosellón, único dominio que quedaba más allá de los Pirineos tras la paz del mismo nombre.

Poco después, la expiración de la dinastía Habsburgo nos metió de lleno en la guerra de Sucesión en la cual las potencias europeas pugnaron por mantener los equilibrios de poder y de paso pescar en río revuelto. Además de perder los territorios europeos que mantenía España, los piratas ingleses se quedaron con la estratégica isla de Menorca, recuperada 100 años después, y con el no menos importante enclave de Gibraltar, el cual todavía mantienen para nuestro escarnio, siendo actualmente la única colonia de Europa, a pesar de estar nuestra reivindicación avalados por las Naciones Unidas en una resolución para su inmediata descolonización. Buenos socios europeos, sí señor.

Poco más de un siglo después, de nuevo se recurrió a la ayuda de los franceses en una disputa de poder, esta vez entre Carlos IV y su hijo Fernando VII, con el pequeño gran corso como intercesor. Cómo era de esperar, una vez introdujo el ejército imperial a través de los Pirineos ocupó las principales plazas y la corona ni para uno, ni para otro, adornando finalmente la cabeza del hermano de Napoleón, José Bonaparte. Las consecuencias fueron otra guerra (de Independencia), el 2 de mayo, saqueo de las principales ciudades por los franceses tras la ocupación, daño e incendio de varias capitales de provincia, y la destrucción de Zaragoza, considerada la Florencia española, con más de 200 palacios y monumentos, perdiéndose un valioso patrimonio artístico y arquitectónico.

Ejemplos de malas alianzas o intervenciones extranjeras tenemos de todo tipo, como el desastre de Trafalgar, los 100.000 hijos de San Luis, o la misma guerra civil del pasado siglo con participaciones extranjeras en ambos bandos. Por ello opino, como dice el sabio refranero español, «ten cuidado con lo que pides, no vaya a ser que se te conceda«. El inconsciente Puigdemont llegó a pedir un préstamo de miles de millones a China; imaginad que lo conceden y luego quieren cobrar el favor. O que este a este mismo país, o a Rusia, se le ocurre reconocer a Cataluña como país soberano. El conflicto internacional podría ser de órdago, y más teniendo en cuenta los intereses del resto de potencias que no podrían permitir a los enemigos de la democracia en el mismo corazón de Europa y el Mediterráneo. Algunos de los más sangrientos conflictos han comenzado por un motivo insignificante, o un cúmulo de situaciones, a priori, inocuas; tan solo se necesita a veces una excusa, un casus belli que sirva como justificación. Esperemos que se sepa reconducir la situación, aunque a los líderes nacionalistas no se les ve muy escarmentados pues no paran de repetir que lo volverán a intentar.

 

 

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