Las cloacas del Estado según Vergara Parra

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Las cloacas del Estado, indultos y puertas giratorias

El hedor es tan fuerte que sorprende la apatía de nuestra sociedad. Una sociedad tan alelada por el estiércol televisivo como cautivada por los “influyentes digitales”. Así, mientras las nuevas deidades orean amores fingidos y desencuentros pactados; mientras comediantes de tres al cuarto, sin oficio pero sí beneficio, exhalan miserias y vulgaridad; mientras los nuevos mesías parabólicos (oseasé “influencers”) nos dicen qué comer, qué comprar o dónde viajar; mientras demasiada gente asiste extasiada ante semejantes señuelos, ante nuestras desolfatadas narices ocurren hechos de una gravedad extrema que apenas suscitan, no ya hartazgo, si no al menos curiosidad.

Todos tenemos problemas que atender y servidumbres que cumplir pero, recuperado el aliento, deberíamos alzar la mirada y ver qué ocurre a nuestro alrededor porque nuestras vidas y la de nuestros hijos no permanecerán ajenas a cuanto acontezca ahí fuera.

Por la información trascendida, y salvaguardando el principio de presunción de inocencia, parece que la bautizada como policía patriótica, al dictado de directrices políticas de desconocido aunque presumible alcance, correteaba manufacturando noticias falsas, con la mezquina finalidad de socavar honorabilidades muy concretas. La impericia o mala fe de algunos medios de comunicación se encargaría de esparcir semejantes patrañas. Podemos, damnificado en este turbio asunto, pidió la comparecencia parlamentaria del tristemente célebre excomisario Villarejo, que algo o mucho debía saber de este asunto. Comparecencia vetada por PP, PSOE y Ciudadanos, lo que debería ponernos los pelos como escarpias.  Allí donde la Ley es insuficiente, las cloacas del Estado, cuya necesidad nunca ha suscitado plenos consensos, debieran servir para canalizar y evacuar la boñiga pero no para que los roedores deambulen a sus anchas.

Salgamos por el sumidero y abandonemos por un instante las catacumbas del Estado para detenernos en los verdaderos centros de mando. Allí donde expolíticos complacientes son generosamente recompensados por haber escrito al dictado. Todavía pueden resultar útiles, especialmente aquellos con hilo directo con el poder político. Solo así se entiende el latrocinio al que está siendo sometida la sociedad española mientras unos pocos, muy pocos, se hacen ricos, muy ricos, con el sudor ajeno, muy ajeno. Más que puertas giratorias, me vienen a la memoria las puertas de vaivén; esas de doble hoja que se abren desde ambos lados, muy típicas de los salones del oeste donde no se sabe muy bien si entras o sales.

Por si alguien lo ignora, el indulto es una medida de gracia otorgada por el Jefe del Estado, a propuesta del Ministro de Justicia y previa deliberación del Consejo de Ministros. El indulto, a diferencia de la amnistía, solo condona la pena, total o parcialmente, pero no elimina los antecedentes. Para que este excepcional mecanismo se ponga en marcha, el penado o alguien en su nombre ha de solicitarlo de forma explícita y debe quedar acreditado, entre otros extremos, que la eventual redención de la pena no lesiona intereses o derechos de terceros. Al abrigo de una legislación electoral que prima la tierra sobre el individuo y merced a una clase política que idolatra al sillón y no a la patria, la oligarquía catalana  lleva chuleando a España desde hace demasiado tiempo. Porque los lodos de hoy son los polvos de antes de ayer y, a diferencia de los del Mar Menor que son medicinales, éstos resultan únicamente hediendos. Pujol I, cuya fortuna nadie se atreve a determinar con precisión, camina plácidamente por el pirineo gerundense mientras amenaza con estrujar el escroto del Estado. Algunos de sus aventajados discípulos se sientan hoy en el banquillo del Supremo por haber quebrantado las reglas del juego que a todos nos conciernen.

El trabajo y prestigio de nuestro más alto Tribunal, los miles de damnificados de la xenofobia y radicalidad nacionalistas, el ímprobo esfuerzo de nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad, la fidelidad de los justos y, en suma, la dignidad de toda una nación, verían en el indulto una deslealtad inadmisible. Porque no habría arrepentimiento sino cinismo; tampoco magnificencia, acaso contubernio.

A estas alturas ya deberíamos saber que nuestra convivencia necesita higiene pero también disciplina.

El grado de madurez democrática de un pueblo se mide por la intensidad de sus repulsas y pronunciamientos colectivos ante gravísimos acontecimientos, que dislocan la mismísima línea de flotación de nuestra democracia.  En esencia, se nos pide que elijamos entre lo malo y lo peor.

Hoy y siempre, yo elegiré esperanza.

 

 

 

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