Los Baños de Posete

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Las 6 bañeras que veían pasar a los ciezanos, sus sudores y sus historias

Miriam Salinas Guirao

No hace mucho tiempo, Cieza tenía más caminos que calles asfaltadas, más tierra que pavimento, más burros que coches. Afuera recorría la vida las horas en la fuente, en el río, en los campos, en el juego de los niños, en las charlas en corro.

Me contaba Carmen, una ciezana, que nació en el 53, que no pasaba hambre, pero no podía comer lo que quería. “Yo los bocadillos me los hacía de las sobras del día anterior: de coles, de patatas fritas, de zarangollo… y como daban leche en el colegio me iba pronto para ponerme de las primeras en la cola y poder colocarme al final otra vez y tomarme dos vasos de leche. Iba a una escuela que ya no existe, que se llamaba La Asunción, estaba en la Calle Nueva.  En la clase, la maestra colocaba a las hijas de los señoritos delante, y a las más ‘pobrecicas’, como era yo, nos dejaban detrás. Pero a mí no me importaba porque detrás podía hablar y de vez en cuando pillaba algo de comida que traían mis compañeras. Cuando pasaba, para ir al colegio, por el escaparate de La Cañeta, que estaba lleno de cosas, yo quería ser rica para comprarme una torta de pan dormido, y no comerme el bocadillo de las sobras de la cena”.

“Llevábamos roña hasta en el carné de identidad”

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Una vez al año, cuenta esta ciezana, que iba a los Baños de Posete, “el resto del tiempo llevábamos roña hasta en el carné de identidad”, cuenta entre risas. Carmen recuerda que iba a los baños antes de Semana Santa, para estrenar el vestido bien limpia. “Nos bañábamos en familia, todos. Yo recuerdo que fui hasta los 12 años. Después nos fuimos a las ‘cien viviendas’ que sí teníamos bañera, pero solo podíamos asearnos de madrugada, porque vivíamos en un cuarto, y como durante el día los demás usaban el agua, no llegaba. No había calentador, echábamos el agua que calentábamos en la cocina.”

En el Camino de Murcia hay un callejón que era una de las entradas de los Baños de Posete. Allí,  hace 60 años, los ciezanos y los vecinos de otros pueblos cercanos limpiaban sus sudores y aclaraban sus historias. Pascual Rodríguez Argudo, nieto de los antiguos propietarios alcanza a dibujar un plano del lugar. Traza seis baños, con sus bañeras, con espejo y ventana, que cuando se vaciaban se limpiaban con sosa cáustica. Recuerda un recibidor y la caldera donde se calentaba el agua con leña. Pascual cuenta que cuando venían los Reyes Magos pasaban por los Baños de Posete a asearse tras la cabalgata.

Estropajo, Heno de Pravia y agua caliente

Hace unos años el proyecto de la Biblioteca del IES Los Albares ‘Historia de las gentes de Cieza’ recogió este relato. Lo hizo Guillermo Rodríguez Valero que narraba como desde principios del siglo XX hasta finales de los 60 en Cieza existían unos baños públicos que daban aseo a las poblaciones de Cieza, Abarán, Blanca y alrededores debido a las precarias condiciones de ese periodo. En el establecimiento, “regentado por José Argurdo Marín, existían seis bañeras de amplia capacidad de piedra artificial y un baño más pequeño para clientes individuales. Allí acudían tanto niños como mayores, cuando la inestable situación económica de la época se lo permitía.  A finales de los 60, por el fallecimiento de José Argudo y la construcción de aseos en los pisos cesó en su actividad”. Carmen María Rodríguez Argudo, nieta de los antiguos propietarios, recuerda el olor a Heno de Pravia. Su baño favorito era el tercero, que tenía la ventana más grande. Ella se pudo bañar en todos y disfrutaba en el patio de los baños, que estaba acicalado con azulejos.

La ciezana, Carmen, que pone su historia como una pieza de Cieza, recuerda: “Para mi ir a los Baños de Posete era como ir a la playa. Íbamos antes de Semana Santa, para estrenar el vestido nuevo, bien limpias, se ve que más gente lo hacía así y se formaba cola. El resto del año calentábamos en una olla agua y nos lavábamos como los gatos. Cuando no te veías las piernas de lo sucias que estaban pues ya tocaba baño completo. Para fregar los platos íbamos al rio, a lavar la ropa a la fuente. Recuerdo subir a la fuente con mi abuela temprano para pillar el chorro del agua lo más cerca posible porque si nos quedábamos al final de la pila nos caía la suciedad del resto.”, cuenta siempre sonriendo, como una anécdota de vida.

Los Baños de Posete: testigo borrado de una época

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Los Baños de Posete eran un lugar de aseo para toda clase y condición, aunque, a veces, la necesidad obligaba a los más pobres a pedir a los dueños de los baños que les avisaran cuando salieran los señoritos de los baños, que se podían asear más a menudo, para aprovechar el agua.

“Fíjate si veíamos poco el agua en una bañera -continúa Carmen- que cuando podíamos ir a los Baños de Posete, mi hermana no quería meterse: se ponía a llorar desconsolada, porque decía que se le ahogaban los pies. Nos pasábamos un buen rato en el agua caliente, nos dábamos con estropajos de esparto; recuerdo mis tobillos y mis rodillas muy sucios. No había nada de geles líquidos, nos frotábamos con una pastilla de jabón”. Carmen, usuaria de los baños, guarda recuerdos del agua caliente, de disfrutar en el agua, de la niñez que discurría en su barrio, en el muro, junto al río. Conserva el olor dulce del verano y el de la lumbre del invierno y no se ahorra palabras para contar la dureza del ambiente. Cuenta que los piojos eran unos compañeros diarios: “Yo recuerdo llevar la cabeza llena de piojos, mi abuela me echaba un spray para los bichos en la cabeza, me liaba el pelo con una toalla, y yo sentía  a los piojos correr por mi cabeza, cuando me quitaba la toalla, caían al suelo. Pero volvía al colegio y otra vez”.

Los Baños de Posete, situados a ras de la actual rambla del Realejo, tenían dos entradas: una daba al patio, repleto de verdes brotes, plantas, los dueños tenían un corral con animales, porque vivían allí; la otra daba al callejón, y pasaba a una entrada donde se podía escuchar una radio antigua que amenizaba la espera. Entre el jabón y los estropajos de esparto quedaron cientos de historias de un pueblo que limpiaba sus esfuerzos en aquellos baños.

No hace mucho tiempo, Cieza tenía más caminos que calles asfaltadas, más tierra que pavimento, más burros que coches. Afuera recorría la vida todos los lugares donde se quedó, reposó en los Baños de Posete, un testigo ya borrado de materiales pero vivo en la memoria de todos los que pasaron por sus aguas.

 

 

 

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