Los quintos de Cieza: el remplazo de 1889

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El servicio obligatorio militar se mantuvo durante más de un siglo. Los quintos que hace 130 años partieron desde Cieza recuperan su historia

Miriam Salinas Guirao

Cada año decenas de jóvenes acudían al llamamiento a filas, momento clave que delimitaba la vida.  En 1837 se alcanzó la forma definitiva de regulación de la prestación obligatoria al servicio militar y que, con algunas variaciones, se mantuvo hasta la supresión de la obligatoriedad en 2001. El proceso comenzaba con el mensaje emitido desde Cortes, que fijaban el número de soldados que debían cumplir con España, luego era el turno de los ayuntamientos. En las localidades españolas se convocaba a los jóvenes a un sorteo “de los que saldría la quinta parte que habría de prestar servicio de armas” (Carlos Arenas Posadas en ‘Por el bien de la Patria, Guerras y ejércitos en la construcción de España’). Pero no todos los españoles fueron llamados a filas al mismo tiempo: los navarros en 1841, los catalanes en 1845, los vascos en 1876 y los canarios en 1882. Tampoco todos los españoles estaban en igualdad de condiciones para ofrecer su servicio a la patria: existía la posibilidad de sortear la llamada si se podía pagar la redención en metálico que osciló entre las 1500 a las 2000 pesetas. En algunos lugares, además, se realizaban redenciones colectivas, así ocurrió en Lorquí que liberó en 1869 a los chicos sorteados de su cupo. En otras se organizaban festivales y tómbolas para conseguir los ingresos y evitar que sus mozos fueran a filas.

Los métodos de exenciónquintos1

Otra manera de librarse era que otra persona ocupara el lugar del soldado llamado, es decir, que por un precio se pagaba un sustituto del servicio. “Entre 1861 y 1872 fueron sustituidos más de 50.000 quintos de los cuales alrededor de 18.000 lo fueron por la intermediación de empresas de ‘seguros contra quintas’ o de búsqueda de sustitutos. Algunas de estas empresas tenían como accionarios miembros de la clase política como Pascual Madoz, Laureano Figueroa, los duques de Alba o de Rivas grandes propietarios como Mesoneros Romanos, financieros como Salamanca o empresarios con intereses coloniales como el conde Güell o el marqués de Comillas” (Arenas Posadas en Por el bien de la Patria, Guerras y ejércitos en la construcción de España’).

Hubo familias endeudadas de por vida que preferían pagar a mandar un hijo al servicio. “El servicio militar era pues un asunto de pobres, especialmente en tiempo de guerra en el que el precio de la redención, de los créditos para pagarla o de las sustituciones, se encarecía”, explica Arenas Posadas en la investigación citada, argumento que comparte Ricardo Montes: “Mediante ellas se nutría el ejército y los quintos fueron enviados en gran número a Cuba o a las guerras con Marruecos. Hacia el Norte de África salieron, entre 1858 y 1868, unos 180 000 hombres (Feijoo: 1996: 41) que no pudieron librarse mediante un pago económico o un sustituto comprado. Se trataba, por tanto, como algunos historiadores han comentado, de una contribución en sangre por parte de las clases populares”.

Protestas contra las quintas

En la Región de Murcia hubo protestas contras las quintas. En 1874 en Lorca protagonizada por campesinos, ese mismo año en Totana, en julio, con el asalto al ayuntamiento. En la segunda mitad del siglo XIX Feijoo detectó en la prensa 222 reseñas sobre motines de quintas. Pero no todos los movimientos contras las quintas eran violentos, en Murcia: “el alcalde, el cura párroco y otros 10 hombres más, todos ellos armados, de noche, sacaron de la cárcel en 1762 a un criado preso por haberle tocado la suerte de ser soldado lo consiguen y lo celebran con gran alboroto” (Los motines de Quintas de Cristina Borreguero Celdrán).

De 1880 a 1885 fueron 10.680 los jóvenes murcianos llamados a filas, según la investigación de Montes. El drama era un sentimiento extendido que incluso el poeta archenero, Vicente Medina, materializó en verso: “A töas las horas tengo un sobresarto…a tóas las horas por su suerte tiemblo; mil gúeltas la sangre me da ca menuto y mil y mil gúeltas me da el pensamiento… No tengo de él carta, ya cuatro correos, ¡d’aquel hijo mío que está allá tan lenjos! Sin carta… ¡ sin vida! pa’l caso es lo mesmo. Y es morir, sin morir, esta angustia pa que sea mayor el tormento… ¡ es arrebanarme, cachico a cachico, mi alma y mi cuerpo!”

Como explica Montes en ‘Lucha por la supervivencia de motines, huelgas y manifestaciones en la Región de Murcia (1808-1914)’: “Algunas alegaciones que eximían de cumplir servicio militar eran: ser hijo natural de viuda pobre y tener que mantenerla; ser hijo de padres sexagenarios pobres; ser huérfano manteniendo a una hermana menor; estar prohijado por abuelo pobre y sexagenario; ser hijo de padre impedido y pobre; ser corto de talla o padecer determinadas enfermedades infectocontagiosas”. Incluso pasado el cupo, había prófugos, cambios de nombre, varones que figuraban como mujeres, y otras triquiñuelas para evadir el servicio.

El remplazo ciezano de 1889quintos2

¿Y qué ocurría en Cieza? Multitud de ciezanos se perdieron en la historia, cientos de hombres ciezanos que marcharon… Este año se cumplen 130 veranos del remplazo de 1889 y sus nombres reaparecen, como un reducto impreso de sus vivencias olvidadas. El Boletín Oficial de la Provincia de Murcia 9 de abril de 1889 hablaba de ellos, de los de Cieza. Uno se ellos era José María Domínguez Terol que se le imponía un mes de arresto y cincuenta pesetas de multa; Antonio Lucas Camacho, que no alegó justa causa y se convertía en “soldado sorteable”; Andrés María Martínez; reconocido, útil y por tanto soldado sorteable; Bartolomé Piñera López, reconocido, útil, soldado sorteable; Diego Martínez Pareja, reconocido, inútil, y excluido temporalmente. También Enrique Arnaldo Sevilla,  “enfermo, para el 3 de mayo” y que después, en el acta del 14 de mayo, ya figuraba como soldado sorteable. Francisco Talón Marín cuya alegación ante el Ayuntamiento no se consideró cierta, y por tanto soldado sorteable; Francisco Peña Molina, también, soldado sorteable; Francisco Dato Camacho, hermano ejército, y lo dejaban provisionalmente para cuando se recibiera el certificado; Francisco Fernández Camacho, reconocido “inútil” y “excluido temporalmente”. Francisco Ortiz Villalba, reconocido útil, soldado sorteable. Francisco García Gil, que tenía a su padre sexagenario, justificaba, y se convertía en soldado condicional; Jesús Box Marín, reconocido útil condicional, a observación. José Ortiz Rojas, reconocido, igual, útil condicional, a observación. Juan Rodríguez López, con padre sexagenario y hermano ejército, y que veía aplazada su causa hasta que se recibiera el certificado; José Yepes Ato, que fue reconocido útil condicional, a observación y el 15 de mayo lo estimaron inútil y excluido temporalmente; José Marín Ortiz; reconocido inútil y excluido temporalmente; Juan Angosto López, con su hermano en el ejército, pero que no manifestó donde su hermano servía; José Martínez Arredondo, reconocido útil, soldado sorteable; Juan Martínez Vázquez, reconocido inútil, excluido temporalmente. Hubo también una justificación especial en la Cieza de 1889: fue el caso de José María Marín Blázquez Roig que era declarado soldado condicional por el Ayuntamiento como hijo de propietario de colonia agrícola, pero la Comisión acordó revisar este fallo para el 25, y en el acta del 9 de junio aparecía como soldado sorteable. Manuel García Rodríguez, reconocido útil y, por tanto, soldado sorteable; Matías Lucas Pérez, reconocido inútil y excluido temporalmente; Mariano Guirao Angosto que no compareció ni alegó justa causa, y por tanto era considerado soldado sorteable; Manuel Segura Miranda, también soldado sorteable; Pascual Sánchez Ruíz, soldado sorteable; Pedro Camacho Gil, también soldado sorteable.

Unas semanas antes, el 22 de marzo el Diario de Murcia publicaba a dónde se dirigían los soldados de la provincia: irían a los regimientos de infantería de la Princesa núm. 4 y España núm. 48, de Caballería de Sagunto núm. 8 y Sesma núm. 22, al 3º y 6º batallón de artillería de plaza, al tercer regimiento divisionario, al cuadro activo de Depósito, y a la Escuela Central de tiro. El 25 de abril del mismo año en el Diario de Murcia se hablaba de ‘la vuelta del soldado’. Hablaba de la quinta del 86, de unas quinientas almas que regresaban durante esa semana a la Región. Contaba que se los llevaron en marzo del 87, y habían estado en el ejército unos veinticinco meses. Según el diario, lo más duro era “estar fuera de sus casas y lejos de sus padres”. Relataba que ahora venía el contar aventuras “de la vida del cuartel, de los amores del soldado y de todo cuanto pasa por esos mundos de Dios”, pero no se olvidaba aquel que escribiera el texto del drama de la vuelta, de la “realidad triste” en la que “hay que volver al trabajo que se dejó, cuando se cogió el fusil. Muy doloroso será para un soldado que vuelve a su tierra encontrarse a su novia casada con otro novio, pero ¿y el encontrarse perdido el oficio que se dejó? ¿Qué hará el que se fue tejedor de lanzadera, y ahora, a su vuelta, no encuentra más que telares de volante? La mitad de esos soldados que regresan tienen que volver a otro aprendizaje, a otro modo de vivir, que el que se dejaron; porque o se ha perdido el oficio, o encuentra lleno y ocupado el taller”. Hace 130 años, “y hace menos” recordaba Manuel, ciezano que ronda los 80 años, “los mozos agarrábamos el petate y tirábamos a donde nos mandaban”. “Tenías que ser listo”, explica José, de 50 años, “la comida era regular, y no había pelas para comer otra cosa. Si te hacías amigo de los de la cantina, estabas mejor”, cuenta entre risas.

Los que todavía pueden contar su historia y los que no, los que hace 130 años eran sorteados, líneas impresas y pensamientos de aire: grabados que alimentan los hilos de Cieza.

 

 

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