María Bernal analiza la actitud beligerante hacia los sanitarios

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Evoluciona desfavorablemente

Miren hasta qué punto el ser humano sobrepasa los límites de la mala educación, de la imprudencia, de la soberbia, del tan patético lema “pago, luego exijo”;  que parece que se ha convertido en un hecho de inexcusable deber imponer nuestra autoridad, aunque seamos auténticos gilipollas que solo servimos para estorbar en esta vida, vayamos donde vayamos.

Hace unas semanas, comencé a seguir en una red social  la revista titulada  ‘Redacción Médica’. Esta aparecía en el espacio dedicado a las sugerencias.  En un principio, no la iba a seguir, no tenía ganas de estar leyendo diariamente noticias relacionadas con enfermedades. Después pensé tanto en el doctor google y en las veces que, de manera equívoca, nos ha cargado de argumentos sin fundamento médico alguno, que opté por pasar de esta atractiva sugerencia. Y sí, ahora pienso que es atractiva por la información que nos aporta, como por ejemplo,  la importancia de la prevención ante determinadas patologías e incluso la manera de actuar ante leves incidentes.  En efecto, comencé a seguirla y a leer aquellas noticias que resultaban de interés.

Sin embargo, tras la lectura de varias de sus publicaciones, comprobé  la cantidad de veces en las que el personal sanitario se ve como una víctima, casi sin amparo, debido a  las repetidas agresiones físicas y verbales que sufren día sí día también.

Quizá no hemos de extrañar esta indecente y condenable actitud, ya que leas el periódico que leas, las noticias, en las que la violencia se convierte en la única protagonista, son cada vez más cuantiosas. Y es triste e irritante  indicar que, al parecer, se trata del pan de cada día de estas personas que supongo que tienen que estar hasta las puñeteras narices por aguantar a idiotas, impresentables, violentos, ridículos, ordinarios, asquerosos…y así podría seguir, escribiendo un sinfín de calificativos que a estas personas les quedan como si se tratara de un traje hecho a medida.

Pero es que entre estos episodios fanáticos, se van intercalando capítulos donde llega el frustrado de turno, sí, ese que cree saberlo todo a su manera. A esa eminencia (evidentemente  escribo eminencia con un tono satírico) le diría yo lo siguiente: nene, ¿dónde coño vas tú a decirle a un médico o un enfermero cómo tiene que hacer su trabajo? Y entonces, a continuación, me quedo con las ganas de coger un megáfono y gruñirle en toda la cepa de la  oreja: “idiota, el mejor diagnóstico que un facultativo te puede determinar es el de ser una persona inútil “. Después, y pasadas unas horas para ver cómo evoluciona el paciente, le pondría el tratamiento más idóneo para muchos de estos “pierdecasas”: “vete a tu casa y que te cure tu puta madre”.

Pero no, tenemos la suerte de tener a grandes y magníficos profesionales de la Sanidad con una ética envidiable, con un don de palabra extraordinario, con una paciencia que emociona, con un saber estar penetrante, eminencias (estos sí lo son) que aguantan carros, carretas y carruajes, pasándoles por encima, cuando verdaderamente solo merecen respeto, admiración y en algunos casos, una reverencia por la labor tan fantástica que desempeñan. Sí, personas sensibles que, a pesar de ser insultadas, agredidas y cuestionadas por la inteligencia absurda de los mencionados anteriormente, te atienden con la mejor de sus sonrisas, con palabras que hasta llegan a sanar y rompiéndose los sesos para ver cuál es la mejor fórmula para salvarnos la vida. Laxante les daba yo para que aprendiera a respetar y no fuesen tan gallitos.

Y es que el pasado lunes una auxiliar de enfermería, trabajadora de un hospital de Málaga recibía un fuerte golpe que le desviaba el tabique nasal (información que publicaba la revista ‘Redacción Médica’). ¿El motivo? Pues porque un cabronazo de mierda se negaba a que se llevara a cabo el protocolo que su enfermedad requería. Pero pedazo de sinvergüenza, si estás tan mal y acudes a un hospital deja que trabajen y te curen, si no, arráncate los cables del suero, a ver si te desgarras la piel, y vete a tu casa a dar por saco a la lista o listo de turno que esté por la labor de aguantarte. Sin embargo, prefirió propiciarle un buen puñetazo a una mujer que hacía su trabajo, con amenazas incluidas.

Lo más asombroso de todo  (aunque a mí ya no me sorprende nada en esta vida) es que tales hechos apenas tienen repercusión en la prensa, y ¿saben por qué? En mi opinión, resulta más sensacionalista si sucede al contrario. Que una auxiliar, como es en este caso, arremeta contra un paciente atracándolo sin piedad alguna. Es el momento en el que las redes se inundan de quejas, insultos, difundiendo la información que al medio de comunicación en cuestión le interesa dar para ganar así popularidad.

Veo estupendo que se hagan campañas en contra de la violencia en hospitales, haciendo hincapié fundamentalmente en acabar con las agresiones hacia los sanitarios; pero, desde mi punto de vista, no son medidas demasiado efectivas, si se tiene en cuenta que la gente no entiende de civismo ni de moral, si se tiene en cuenta que la exigencia se ha convertido en el billete con el que se les paga a muchas víctimas, en esto caso, los facultativos, que hartos de tener que aguantar disparates, horas y horas, encima mal pagadas, cansancio y falta de tiempo que les dificulta la investigación, tienen que torear a brutos descerebrados que por sus cojones se tiene que hacer lo que ellos quieran, si no quieren llevarse un puñetazo.

Urge humanizar a esta sociedad tan feroz, que necesita inyecciones, y no precisamente de esa enfermera que en cualquier momento puede poner su vida en peligro. Sino que precisa de advertencias de la Justicia, pero advertencias con consecuencias. Una Justicia que se ha olvidado completamente de dotar a nuestra Sanidad de la calidad que merece. Y los pacientes en lugar de protestar, protestar y protestar, se dedican a demostrar el grado de animalismo que puede desarrollar el ser humano. Real, triste y ojalá que no, pero me atrevo a decir que es una realidad inevitable, si los que tienen el poder no se plantan firmemente y empiezan a darles su merecido a todos los repugnantes que exigen y agreden cuando se les antoja.

 

 

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