María Parra explica que sucede «tras las celosías»

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Tras las celosías

Queridos lectores,

estos días mis montes comienzan a resentirse con este aire que azota con tanta fuerza despeinando los senderos que me circundan. Aunque la noche está ya muy avanzada para andar despierta, distingo a lo lejos una vela encendida en la ventana de la hermana Sor Consolación, quien suele quedarse hasta tarde tras los muros del convento rezando una oración por las almas de los ciezanos. Esta noche, sin embargo, está desvelada en su celda con los pies fríos y el alma sosegada, balanceándose frente a su pequeña ventana enmarcada por la luna, ensimismada en sus pensamientos.

Llevo ya más de veinte años en este convento ciezano y siento que me gustaría morir tras estas celosías, porque desde aquel día que llegué, con cuarenta y dos años, hallé aquí esa paz y ese consuelo que iba buscando desde muy joven, cuando entré de novicia en un convento allá por mi tierra zamorana.

Me costó trabajo decidirme a dejar el mundo, aunque lo más difícil fue convencer a mis padres que querían para mí otro futuro muy diferente a pasarme la vida entre cuatro paredes en estado contemplativo, rezando y meditando. Ellos querían verme casada con un rico propietario del que fui novia desde la adolescencia. Pero, poco a poco, conforme fui madurando y alejándome de la insegura pubertad me iba sintiendo más vacía y notaba que ese amor humano no me llenaba y que necesitaba el divino para satisfacer esa ansiedad que corroía mi alma poco a poco, hasta que un día dije adiós a ese joven. Recuerdo que comuniqué a mis padres esta decisión de profesar en una orden religiosa, concretamente en las clarisas porque la figura de la Santa Clara, de la que había leído algo sobre su profunda piedad cristiana, me atraía. La lucha con mis padres fue muy tensa hasta que el sacerdote del pueblo los convenció y les hizo ver que si la llamada que yo escuchaba era auténtica nada podría detenerme en mi decisión y que, si no lo era, pronto volvería a mi casa y reharía mi vida como ellos querían. Al final, mis padres cedieron y ellos mismos me dejaron en manos de la abadesa en un convento de Soria donde hice mi noviciado.

Confieso que los primeros años fueron duros y que estuve a punto de volverme al pueblo, pero hubo algo dentro de mí que me fue ayudando a superar las primeras incertidumbres y a sentirme feliz cada día con esa rutina tan espiritual como maravillosa que es nuestro día a día. Siempre lo mismo y siempre diferente. Todo a la misma hora y todo distinto cada jornada, pero con una entrega constante al prójimo desde nuestra vida contemplativa y de recogimiento. Donde la vida giraba en torno a la oración, al trabajo, a la pobreza y a las virtudes del carisma franciscano.

Al profesar en la Orden elegí el nombre de María de la Consolación, pues esta vida era para mí un consuelo y un reposo y la Virgen era la principal responsable de ello. Así que con ese nombre y con una historia de más de veinte años de vida en clausura en diversos conventos, entré a este de la calle Mesones y en él me encuentro dichosa y feliz, a pesar de mis problemas de corazón, cuyos achaques supero con una fortaleza que me viene de arriba, y gracias al médico que nos atiende, el bueno de don Daniel, que también pone de su parte.

La verdad es que quedamos ya pocas, pues desde que llegué apenas ha habido incorporaciones y se han ido muriendo las hermanas más mayores. La edad media de las que quedamos ronda los 70 años y no hay perspectivas de que esta situación cambie. Y es que el mundo, que nosotras solo conocemos a través de las rejas, no comprende esta vida y se nos ve como seres extraños, con lo que, desgraciadamente, estamos condenadas a la extinción.

Afortunadamente, cada una nosotras, además de nuestra profunda vocación cristiana, tenemos una afición: unas bordan ajuares como si tallaran alhajas, otras hacen dulces que obligan a la confesión, otras pintan guiadas por la mano divina… Y yo, carente de ningún don, tan solo tengo una pasión por la historia que me viene desde la niñez. Lo cierto es que en todos los conventos en los que he estado siempre me he interesado por su historia y he pasado horas investigando en sus sobrias bibliotecas los tesoros que atesoran.

Desde que llegué empecé a rebuscar en los archivos y descubrí dos nombres que me impresionaron, la joven beata Juana Garay y el cura Don Matías Marín-Blázquez, sin los cuales no existiría este convento, pues fue este clérigo el que se empeñó en la creación del monasterio y ella la que tuvo numerosas visiones, entre las cuales estaba la que presagió que don Matías se ordenaría sacerdote y haría realidad esta fundación.

Corría por entonces el siglo XVIII, pues las obras comenzaron el 1743 y acabaron en 1749. Es un convento, por tanto, con más de dos siglos de historia. Las primeras monjas clarisas fueron cinco hermanas procedentes de Mula, incorporándose posteriormente nueve novicias ciezanas, pues el espíritu de humildad y oración de estas primeras clarisas fue un imán para las jóvenes de este pueblo. El edificio primitivo fue reformado y ampliado en varias ocasiones hasta llegar a lo que hoy es, pues se parece poco a lo que fue en su inicio, aunque mantiene esa espiritualidad basada en el silencio y esa pobreza fundamentada en el Evangelio que es el espíritu de nuestra orden.

El agradecimiento a las familias que hicieron realidad este convento se muestra en el arco de medio punto de acceso al atrio, se trata de un escudo de los linajes Marín-Blázquez, Padilla, Melgares y Moya. Llevada por la curiosidad he descubierto las obras de arte que había en este sagrado recinto, de las que solo queda un Niño Jesús que es del siglo XVIII. Además, hay varias tallas recientes que son, en su mayoría, donaciones de ciezanos generosos que sienten cariño por nosotras.

Aún hoy, tras las labores en el huerto y algo fatigada, continúo investigando acerca de este convento y de este pueblo en el que, aunque estoy dentro siempre de estas paredes que rezuman espiritualidad, me siento como una ciezana más. Y es por ello por lo que uno de los momentos para mí más emotivos de cada año es cuando pasa por nuestra puerta y se detiene nuestro Santo Cristo cada tres de mayo y oímos desde dentro cantar eso de “Desde la cumbre airosa…”. Ese día el aire huele diferente, también nosotras vibramos tras las rejas.

Y apagando la vela que ya apenas prendía, la hermana Sor Consolación se arrodilla, no sin algo de dificultad, y mirando al cielo se dispone a decir su plegaria:

“No sé el tiempo que me concederás seguir en esta vida, mi Dios todopoderoso, pero me pongo en tus manos para que se cumpla tu voluntad; tan solo te pido que me concedas morir entre estos muros de este mi convento, adonde llegué con temor, de donde me iré con pena y me llevaré sosiego porque me esperarás tú mi Señor a quien tanto he dedicado mi vida”.

 

 

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