María Parra y su paseo mitológico por El Menjú

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Paseo mitológico por El Menjú

Queridos lectores,

los romeros ya han partido, felices y dicharacheros, dejándome otra vez a solas, sin la Virgen del Buen Suceso. Y aquí ando yo por estas rocas recreándome en mis recuerdos, mientras la luna da paso a un pálido sol, que se asoma amaneciendo algo fatigado tras tanto brillar durante el verano.

Tener tantos siglos a veces es agotador, pues en ocasiones el peso del recuerdo me fatiga el aliento y agrieta mis capas. Es entonces, en estos momentos, cuando me dejo inundar por el rumor del río a su paso por nuestra vega y, rendida, entrego mi nostalgia al viento.

Viento que hoy me ha llevado hasta el pequeño paraíso del Menjú, un vergel donde solo reina la naturaleza. El aroma a azahar me ha envuelto, cuando he iniciado el estrecho camino que conduce hasta el acceso a este peculiar olimpo. Alfeo, que estaba cogiendo flores para su amada Aretusa, ha salido a mi encuentro. Su sonrisa no traslucía la tristeza que provocaría el deseo de conquista de tu amada convertida en piedra, sino que canturreaba mientras que el corazón le latía enamorado.

Una vez atravesados los palmerales de inmenso porte que flanquean la entrada, he iniciado el paseo acotado por unas bellas columnas de mármol, enmarcadas por unas filas de cipreses, que conducían hasta dos miradores: el de oriente y el de occidente. Una vez dentro de la finca, no he podido resistirme a acercarme para contemplar Cieza, mi amada tierra. El mirador de occidente en forma circular, destaca por sus azulejos de filigrana y su cúpula de herrajes ornamentales y enredaderas; desde allí, y a través de unos frondosos pinos, he podido recrearme en el curso del río, que como avanzadilla anuncia más a lo lejos, mi pueblo. Tampoco me he privado del mirador de oriente, que estando a mayor altura y en el linde con mi montaña, me ha concedido la contemplación del paisaje completo de la finca de ensueño conocida como Menjú, famosa por la poblada arboleda que un día rodeó la central hidroeléctrica a la orilla del Segura.

Sin previo aviso, mi ensimismamiento es interrumpido por el susurro del agua proveniente de una fuente lejana. Allí está Aretusa sobre su pedestal, admirada por el sol y por la luna, en el centro de un enorme estanque, donde flotan los nenúfares a su libre albedrío. Su porte de ninfa desnudo sonroja al contemplarlo, pues, aunque sus cabellos ocultan su torso pétreo, su belleza y su postura sugerente cautiva los deseos. El canto de un pequeño gorrión interrumpe mis pensamientos. Lo sigo con la mirada. Se ha posado a beber agua, y sin percatarse dibuja ondas con el pico.

Un grito me sacude. Es el pobre Narciso que, fascinado por su gran belleza, estaba contemplándose en el estanque hasta que las ondas han borrado su imagen. Pobre Narciso. Apenas tiene consuelo, por mucho que lo intento. Y entre lamento y lamento, el inocente gorrión alza el vuelo algo asustado, desplegando sus alas de color pardo. Se dirige al hermoso y extenso jardín botánico que rodea a la casa señorial y le sigo con la mirada hasta que se adentra entre los altivos plátanos orientales, hermanados con los eucaliptos teñidos de rojo y los palmerales anidados por numerosos dátiles.

Sentada en el estanque disfrutando de mi recreo contemplo a mi alrededor las hormas de piedra que enmarcan los cultivos de frutales propios de la zona, mandarinos, limoneros, naranjos, melocotoneros, albaricoqueros, … Cierro los ojos y me dejo invadir por el aroma a tierra fértil bajo un cielo vestido de tímidas nubes. Entonces, ante mi asombro, comienzo a oír a lo lejos el suave sonido de una lira. Es Apolo que inspirado por las sendas flanqueadas de pinos carrascos va componiendo canciones para su amada Dafne. Pero Dafne no se deja cautivar y danza al son de la música con su flecha de plomo indiferente ante los ojos cargados de deseo de Apolo, mientras su larga melena es enmarañada por el viento. Pero, inesperadamente, ante la mirada extraña y dolorida de aquel que muere por ella, la ninfa va sintiendo cómo poco a poco sus brazos, sus manos, su rostro, va tomando forma y textura de árbol, hasta que finalmente, en medio de tantas palmeras de ensueño, la pobre desdichada queda convertida en un bello y frondoso laurel.  Tras la transfiguración, Apolo llora y llora sin consuelo, sin poder evitar que sus lágrimas rieguen el árbol y este crezca al mismo tiempo que su desconsuelo.

Mientras tanto, el sol de la tarde se asoma entre las nubes para recrearse en la tibia voz de Talía, quien recita poemas sobre columnas de piedra. Su elegante talle se trasluce por el fino lino que la cubre y en su joven rostro bordado en seda se acentúan unas mejillas sonrosadas.

Llevada por la curiosidad dirijo mis pasos hacia el asidero del río donde me aguardan Caronte y su barca. Me recibe con entusiasmo junto a su perro Cerbero, que me lame amigablemente mis faldas polvorientas. Algo entristecido me cuenta que anda preocupado por Tántalo que, condenado a no salir del río, se lamenta sin consuelo noche y día al no poder ver cumplido su deseo de saborear los frutos de aquella bella huerta ciezana que le rodea.

Ya empieza a anochecer, y aunque no quiero abandonar mis evocaciones de aquellos paseos mitológicos por el Menjú, que ya viví hace mucho tiempo, vuelvo a mi labor de centinela de este que es mi pueblo, Cieza, al que tanto debo. Y a lo largo de la noche, en esos ratos de vigilia en los que el cansancio me vence, me imagino en compañía de alguna garza disfrutando de los senderos de alfombras de azahar de aquel pequeño olimpo ciezano que conduce hacia un hasta siempre.

 

 

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