Master and Comadres

Antonio-Balsalobre-cronicas-siyasaEspaña es inagotable. Cuando crees que nada puede volver a sorprenderte viene alguien y te saca de tu error.

Hemos conocido suficientes evidencias como para saber que a Cristina Cifuentes le regalaron un máster. Alguien no la quiere bien y ha acabado con su carrera política. Una menos en la línea de sucesión del gallego que anda deshojando la margarita.

Mientras tecleo estas líneas, escucho en las noticias que la universidad valora retirar el master a la Sra. Cifuentes por ser un acto administrativo nulo de pleno derecho; eufemismo jurídicio que se usa para referirse a toda chapuza.

Políticamente hablando este hecho es inadmisible y, desde una óptica humana, es revelador. Cuando el entuerto se ha destapado, cuando quienes le hicieron este favor (flaco pero favor) han quedado a la intemperie, la Sra. Cifuentes, cuando menos, debería haber asumido toda la responsabilidad. De nada habría servido pues, no por ello, se habría neutralizado la responsabilidad de quienes colaboraron en este fechoría. Pero, al menos, se habría marchado con algo de dignidad. Quienes se prestaron a esta farsa, no solo han perjudicado gravemente la reputación de la universidad, que también, sino que fueron muy injustos con quienes asistieron a clase y se esforzaron por conseguir el título. Intuyo que a estas alturas se estarán maldiciendo por haber sucumbido al poder que, además de ingrato, es cobarde.

Si sorprendente es este caso, todavía lo es más el cinismo con el que muchos y destacados socialistas han reaccionado. Leyre Pajín, Elena Valenciano, Celestino Corbacho, Montilla, Bernat Soria,  Patxi López, José Montilla o José Blanco mintieron sobre sus respectivos informes curriculares sin que hubiera consecuencias. Se comprende pues La Sexta y sus satélites no fueron tan virulentos como con la pepera.

Este lamentable hecho es mucho más de lo que parece. Intentaré explicarme.

Corría el año 1999 y Aznar era Presidente del Gobierno. En representación del Reino de España, Jorge Fernández Díaz, entonces Secretario de Estado de Educación, firmaba la adhesión al Tratado de Bolonia. Junto a España, se adhirieron otros  veintitrés países. Dicho tratado fue concebido un año antes por Francia, Alemania, Italia e Inglaterra. Desde el año 2003 hasta el 2007 ha habido distintas iniciativas legislativas con el objeto de transponer el tratado al derecho interno. El Tratado de Bolonia, no vinculante, supuso, en apariencia, el intento por homogeneizar la educación superior y permitir la movilidad de estudiantes en el seno de la Unión. En síntesis, consistió en la supresión de diplomaturas y licenciaturas y su conversión en grados. Acabados éstos habría que cursar el correspondiente máster, como una inevitable vía de especialización y como requisito previo para optar por un doctorado.

La realidad, triste y desaprensiva, es otra bien distinta. En primer lugar, el tratado de Bolonia desvelaba una certeza: el reconocimiento de un fracaso. La universidad (en tres o cinco años, antes de la reforma) viene a reconocer que no es capaz de formar suficientemente a un alumno, con lo que se hace precisa una formación ulterior. ¿No habría sido más adecuada una reforma integral de la universidad para lograr la eficiencia y eficacia deseadas? A los recién graduados,  mejor dicho, a sus familias (además de las matrículas satisfechas durante la carrera y un sinfín de gastos) se les obliga a desembolsar una importante cantidad de dinero. Para algunas economías domésticas, las menos, esto no será problema. Sin apenas despeinarse proporcionarán a su prole cuantos másteres fueren menester. La gran mayoría no tendrá más remedio que entrar en el juego pero con tremendas dificultades y renuncias no menores. Y habrá quienes de ninguna manera puedan costear estos cursos y, a menos que sus hijos sean unos genios, quedarán privados de las mismas oportunidades. Bolonia ha servido para mejorar los ya considerables ingresos de algunos mientras se esquilma el bolsillo del resto españoles. Se comprende; entre otras cosas porque los gobernantes de medio mundo no tienen ni puñetera idea de lo que significa mantener una familia con salarios muy ajustados.

De iure y de facto, el convenio de Bolonia supuso la mercantilización de la educación universitaria. Los estudiantes con menos recursos económicos serían desalojados de la formación postgrado. Junto a esta infamia nos faltaba la requerida formación en la lengua inglesa. La educación bilingüe, tan cacareada por muchos, ha deparado una merma sustancial de los contenidos que solo puede minimizarse con un generalizado y altísimo nivel de inglés. Para casi para cualquier cosa, junto a la carrera, don de gentes, capacidades de organización y liderazgo, máster, carnet de conducir y coche propio se exige, cuando menos, el nivel B1 de inglés. Esa categoría alfanumérica irá in crescendo; de aquí a unos años, se exigirá Z13. Tiempo al tiempo. Otro nuevo negocio, en este caso para las academias, y un enésimo quebranto para los de siempre: las familias. Nada tengo contra el aprendizaje de idiomas pero no a costa de ningunear la lengua de Cervantes o de rebajar sensiblemente los conocimientos.

España siempre ha sido muy europeísta ella. Mientras el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo nos deja en evidencia y la Justicia alemana en ridículo; mientras los ingleses (copartícipes del engendro boloñés) nos dicen bye, a nuestros excelsos mandatarios, pasados los Pirineos, les falta tiempo para prodigarse en la genuflexión. ¿Dónde hay que firmar?

Master and Commander es el título de un laureado largometraje que, en tiempo de las guerras napoleónicas, relata la contienda entre el buque inglés Surprise y en francés Acheron. Coraje, orgullo y táctica rezuman en este enfrentamiento de marinos.

Master and Comadres es el relato de una máster ignnominioso y de quienes se compadrean o confabulan para hacernos la vida más difícil. No hallarán valor sino armisticio, tampoco orgullo sino bochorno y mucho menos táctica sino impericia. Intento entender a la Sra. Cifuentes. Si ella ha pagado y le han dado su título, ¿dónde está el  problema? ¿Acaso no se trata de eso?, ¿de pagar?

 

Fdo. José Antonio Vergara Parra.

 

 

 

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