‘Memorias de un misionero enamorado’ y la luz en el nombre de Ella

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RESEÑA LITERARIA

Rosa Campos Gómez  

Memorias de un misionero enamorado, de José Antonio Fernández Martínez, libro editado por Alfaqueque, está impregnado de un nombre femenino que aporta luz a todo su contenido, y que encontramos ya en la dedicatoria. Cuando su autor me invitó a leerlo estaba convencida de que entre esas páginas irían temas interesantes, porque conocía algo de su trayectoria, pero he tenido que leerlo para descubrir su auténtico caminar, volcado en hacer el bien allá donde haya sido destinado, ya fuese por la Iglesia, a la que sirvió como fiel seguidor del mensaje de Jesús, o por su propio compromiso de humanismo cristiano, cuando lo dejaron fuera de ella.

Cada capítulo de esta autobiografía es un documento importante para ahondar en la intrahistoria de la España inmersa en una dictadura  y de la de los años de democracia; una fuente documental sobre zonas del Ecuador de esos años en los que trabajó allí, junto a unos habitantes maravillosos en su bondad y en sus ganas de revertir las injusticias que padecían; y sobre los efectos de la tiranía de quienes gobernaban desde cualquier flanco con poder, enfrentándose con buen tacto y férrea voluntad.

También nos documenta con datos de primerísima mano sobre un tema –defender el derecho a no ser célibe y a preservar la intimidad familiar– que, a pesar de todas las dificultades, él ha vivido y vive con arrojo. Un tema que, en su planteamiento de defensa, puede marcar un punto de inflexión que revolucione y evolucione a la Iglesia, perdiendo esa rigidez inservible dentro del ministerio sacerdotal para el que él nunca ha perdido vocación.

Como introducción a estas páginas que desgranan todo este sustancioso proyecto de vida y de objetivos cumplidos, a pesar de los avatares, hay una serie de cuestiones sobre las que doy una escasa pincelada:

Era tiempo de dictadura, y el catolicismo tenía mucha presencia y fuerza en cualquier lugar, pero había sacerdotes rebeldes al pensamiento único de aquella Iglesia jerárquica, respecto a esta rebeldía escribe un fragmento esclarecedor sobre sus beneficios sociales:  “…escuché el comentario de un buen teólogo y moralista en el que afirmaba que gracias a muchos clérigos marginados o desterrados por diversos motivos, en varios pueblos de campo y alejados de las grandes ciudades, se ha conservado la fe cristiana y sus virtudes”.

Su paso, recién salido del seminario, por Jumilla, Cehegín, Archivel… está repleto de jugosas anécdotas y situaciones, que yo he encontrado magníficas en su humanidad y como documento transparente de estos años, para conocer desde una nueva perspectiva a los pueblos y sus habitantes.

Tenía 26 años cuando partió hacia Ecuador como misionero. De esta etapa describe proyectos realizados durante este fascinante periodo en tierras ecuatorianas, en el que emerge la ternura, la creatividad: la creación de un pueblo nuevo, de un libro de música, las vasijas de barro afanosamente elaboradas que deshace una noche de lluvia y que impulsa a un nuevo rumbo, la devastación caciquil de una zona llena de vegetación que queda arrasada con lamentables consecuencias…

De regreso a España, como vicario de Cieza y Yecla habla de importantes acontecimientos. Fueron años en los que emergía el movimiento Junior, con toda lo novedad que representó aquel nuevo enfoque social para una juventud comprometida. Y, sobre todo, lo que significó conocerla a Ella, y cómo era vista la evolución de esa relación de amor desde la Iglesia, que no contemplaba otra opción para sus religiosos que el celibato.

Con la vuelta a Ecuador, por designación eclesial, su trabajo sigue siendo relevante en las mejoras sociales que se van sucediendo, pero es un viaje que él considera un destierro, en el que los poemas que le escribía a su amada le valen de alguna manera para paliar el dolor causado con esa lejanía.

El reencuentro en Cieza con la mujer que nunca ha dejado de esperarlo, la formación de una familia con Ella, sus cinco hijos, ser cura casado, ser profesor de instituto, contar con el respeto y cariño de los alumnos…  La alegría de vivir unidos en una cotidianeidad anhelada,  hasta que alguien publica una fotografía familiar, con la tremenda reacción de la jerarquía católica, y un largo juicio finalizado en Estrasburgo… Esa fotografía familiar pertenece a su vida privada. Son duras experiencias para un hombre y para su familia, que han convertido en herramientas con las que defender con más fuerza sus derechos.

Esta autobiografía tiene como musa inspiradora a la mujer de quien está enamorado el autor, Manolita, una mujer que merece todo el reconocimiento de su marido en este genuino texto, la misma que, según el hermoso prólogo que ha escrito Bartolomé Marcos le hace decir a José Antonio: ‘Manolito soy’ –parafraseando a Calisto: Melibeo soy’ (La Celestina, 1514); también el manifestado por sus cinco hijos –impulsores de que esta historia haya pasado a ser escrita–; pero, además, Manolita merece el reconocimiento de cuantos la conocemos, por no echarse atrás, por su discreta, a la vez que contundente, manera de hacer frente a las barreras de una sociedad que sufría un letargo del que le costaba despertar. Manolita jamás le ha pedido a José Antonio que dejara su vocación religiosa, algo que él destaca como de inmenso valor; y así es, porque sabemos que solo los seres que aman desde la libertad, permiten que el otro viva desde la libertad, sin imponer, dando luz.  Por todo esto, y por lo que su fortaleza nos enseña, Ella, Manolita, merece nuestra admiración y agradecimiento.

La piedra que han puesto José Antonio y Manolita con su determinación de hacerle frente a tanta injusticia se hace, por lo necesaria, piedra angular en estos asuntos,  y esta autobiografía, con calidad literaria, nos pone en conocimiento de toda esa batalla y de todo el bien sembrado.

 

 

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