¿Conoces a Rafael del Riego?

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Del oscuro siglo XIX emerge una figura que se convirtió en un símbolo, un personaje clave de la historia de España

Miriam Salinas Guirao

Riego salió de la trinchera en 1820 cuando irrumpió como personaje clave de la historia de España. Su recuerdo de leyenda lo hizo heredero de la revolución del Trienio Liberal (1820-1823) “e incluso después transmutada en el Himno de su nombre, en símbolo otra vez, ya definitivo, de los impulsos revolucionarios más nobles del pueblo español.” (Novales, 1976, p.11).  El historiador Manuel Moreno Alonso asegura que “su acción de proclamar por su cuenta la Constitución de Cádiz el 1 de enero de 1820 le convirtió en un símbolo sagrado del liberalismo español”, precisamente el término “símbolo‟ se usa para designar a un elemento que por asociación representa una idea, condición o entidad. Y no solamente fue Riego símbolo del liberalismo, también lo fue del Romanticismo que reinaba en su época. Pero, ¿hasta dónde llega el simbolismo? La figura de Riego se consolidó como un símbolo de libertad y de heroísmo romántico y fueron esos dos aspectos los que encumbraron, también, su liderazgo y su trascendencia. Durante el siglo XIX se fue consolidando “una leyenda liberal, izquierdista y aun izquierdosa, que encuentra en Riego su fetiche.” (Novales, 1976, p.18). Su popularidad volvió a resurgir, incluso con más fuerza, como héroe de la libertad en la segunda república (siglo XX), recuperada su leyenda por la autora Carmen de Burgos, entre otros.

Para hacer un perfil más honesto al personaje es necesario adentrarse en lo que sus coetáneos dijeron de él: Alcalá Galiano, dijo en sus Memorias que era un “célebre personaje que figuraba en primer término en la historia de España de aquellos días” (Memorias, capítulo XXIV). Sus descripciones sobre el personaje siempre fueron extremadamente críticas. El autor, aun así refleja una excitación colectiva ante la presencia del personaje que reclama ese efecto visceral que dominaba la sociedad romántica: “Oía vivas a su persona, y cantares en los que él hacia parte, con una voz nada dulce y no muy fino oído, tras de lo cual hablaban a turbas más o menos numerosas que a oírle acudían, (…) y pasados algunos días de ruido en una población, se trasladaba a otra a repetir la función que en las anteriores se le había oído” (Memorias).

Otro gran personaje del siglo XIX español habló de Riego, este es Manuel José Quintana en Cartas a Lord Holland sobre los sucesos políticos de España en la segunda época constitucional. Sobre el personaje se atrevió a señalar el error liberal que persiguió a los exaltados: la exigencia bañada de incumplimiento. “Equivocaba él, como casi todos sus secuaces, los medios de adquirir con los medios de conservar, y su ocupación más grata y más frecuente era concitar los ánimos de la muchedumbre y halagar las pasiones del vulgo para adquirirse una popularidad más aparente y efímera que sólida y verdadera. (…) No diré yo a los honrados sentimientos que abriga en su pecho no repugnase entonces toda idea de tiranía y dominación. Pero su vanidad se alimentaba con el sueño agradable de que llegaría la época de manifestar este desprendimiento; y el que aseguro públicamente una vez que no sería Cromwell de su país, descubrió por lo menos la confianza en que estaba de que los destinos de su país vendrían a ponerse en sus manos.” (p. 182)

Desde el levantamiento en Cabezas se erigió como símbolo de la idea de libertad que anhelaba el pueblo ungido por las nuevas corrientes (liberalismo y Romanticismo) y por el éxito del triunfo popular: “la parsimonia o la mala suerte ajena le convirtieron de repente en el único héroe. Él se había limitado a cumplir con su deber, no solamente pronunciándose en las Cabezas, sino con su expedición andaluza, destinada a salvar la muy comprometida revolución; y se encontró de repente transmutado en héroe, en símbolo”. (Novales, 1976, p.15). El peso de su reconocimiento le causó en ocasiones querer refugiarse, pero su ahondado sentido de la responsabilidad le impedía dejar de seguir con su misión de libertad. En palabras del historiador Manuel Moreno “aquel militar hasta entonces desconocido de treinta y seis años, que pasó de comandante a capitán general, se convirtió en un mito de la lucha por la libertad y en símbolo del progreso y la democracia. Un mito asumido por las generaciones posteriores con un fervor y militancia incomparables. Hasta el extremo de que, como escribió Unamuno, “un hombre que lo fue de carne y hueso, se convirtió en un himno”.

Fue tanto su símbolo, que una vez asesinado, aparecieron sociedades secretas, como los Hijos predilectos de Riego o los Vengadores de Riego, al igual que en vida, algunas Sociedades Patrióticas se habían titulado como “Los Virtuosos Descamisados Hijos de Riego”. Riego perdió la partida mucho antes de su fin trágico. Fue asesinado por ser el símbolo del liberalismo y la rebeldía romántica, y aunque el final de sus días fue decadente, el martirio y las malas decisiones le ayudaron a revestirlo con mayores notas de heroicidad. Su terrible muerte lo convirtió, como explica Moreno en “el primer mártir de la libertad.” Se sucedió a su fin la forja de una leyenda que trascendió el ámbito nacional. Le Brun lo hizo héroe del liberalismo y del republicanismo al lado de George Washington, Lafayette o Simón Bolívar en su novela. En Londres en 1825 se estrenaba la tragedia Spanish Martyrs or Death of Riego, de H.M. Milner. Y es que la Constitución de 1812 no fue un hito hasta su defensa por parte de Riego. Entonces fue implantada en Portugal, Nápoles, Piamonte….

 

 

 

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