Presente de indicativo del verbo vivir

columnista-marta-almela-cronicas_siyasa

Querida amiga,

Cada vez es más común  sentirnos náufragas de quién sabe qué océano, mar o río. Cada vez es más común sentirnos pequeñas, frustradas, aisladas, incomprendidas como cualquier lobo estepario, sin valentía para ver nuestro propio reflejo en este espejo que, a veces, sentimos tan sumamente desconocido y ajeno. No nos damos cuenta de que esto no funciona, o nos damos cuenta pero ¿y qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Lo único que sacamos en claro es que o nos adaptamos o morimos. Aunque tengamos la clarividencia de que no vinimos a la vida para ello y todo nuestro cuerpo expulse esa idea, aquí seguimos, con la sola evidencia de que debemos seguir sobreviviendo. Buscando nuestro propio medio de supervivencia, nuestro propio búnker donde sentirnos más seguras, más cómodas, o más a salvo, o más queridas, o mejores personas, o personas, simplemente más personas, y no tanto objetos, sujetos y piel inerte que se mueve por inercia.

Vivimos momentos huracanados hoy en día, da igual la edad que se tenga, a todes nos toca algo de ese aire salvaje, nada libre, de estos tiempos que nos rodean. Tiempos donde la ansiedad se instala en nuestra cama, el estrés invade nuestros zapatos y la depresión se entrevé en nuestras ventanas. Tiempos donde la valentía hay que crearla desde cero, donde la esperanza se construye sin base sólida, donde el horizonte no se ve y debemos crearnos la fe de que existe más allá de nuestra ceguera o su escondite.

Recuerdo que estuvimos de acuerdo aquella tarde en que hablábamos sobre la vida… y otra vez la vida nos sacude. Vinimos al mundo sin saber que llegarían estos momentos, nunca nos enseñaron que ocurriría y nunca aprendimos como afrontarlos. Ni en la escuela, ni en el instituto, ni en la universidad, ni en la familia, ni en los amigos, ni en la televisión, ni en internet, ni en los libros que cayeron en nuestras manos. Nunca nos enseñaron cómo sobrevivir en este mundo que nos llena y nos vacía continuamente, en una sociedad que el hombre construyó opresora  y cruel, en unas calles llenas de nada, donde hay rincones que merecen la pena, sí, pero que no siempre alcanzas. Que nos prometían un futuro prometedor y nos topamos con una carrera que pudimos escoger, sí, privilegiadas las que pudimos, pero que ahora se queda inútil e insulsa, que nunca nos enseñaron a manejarnos con jefes (mayoritariamente hombres, blancos, heteros y dominantes) que nos maltratan y subestiman, nunca nos enseñaron a no desistir de rechazos laborales, nunca nos enseñaron a no encontrar nuestro sitio, nunca nos enseñaron que el dinero sí era importante, tanto que condiciona vidas, cuerpos y mentes más de lo que se atrevieron a contarnos.

Sí, amiga, creo que vinimos al mundo pensando que sobraría con vivir, cuidar y construir, y nos topamos con que deberíamos ser luchadoras natas, sobrevivientes valientes y guerreras aún cuando todo tu cuerpo escupa todo lo que ocupas.

Ahora te digo que no es tan malo tener que ser valientes, que lo malo es que no tengamos derecho a ser débiles, o no poder ser fuertes cuando la mente nos lo impide, y que nos juzguen por ello.

Es difícil, lo sé. Personas con tan poco, otras con tanto, unas tan llenas, otras tan vacías, lo mismo de siempre, con mil nombres, caras y palabras, con mil caminos, cielos y montañas, pero el mismo esquema, los mismos cuerpos y las mismas ganas de vivir lapidadas entre murallas que no supimos sobrepasar. El mismo sentimiento de derrota y culpa por no poder hacerlo, el mismo dedo acusador mirando hacía nosotras, indicando que no fuimos capaces, el mismo reflejo perdido en el mismo espejo que no reconocemos.

Dicen, votar, dicen, creer, dicen, luchar… pero siguen sin vernos, seguimos sin vernos. Pero aquí persistimos, buscando ese presente de indicativo del verbo vivir.

Un abrazo, de esos que escasean.

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