Pulsos vitales a través del prisma Vergara Parra

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La mar y aquel pino

El arte, en todas sus expresiones, me fascina. No encuentro forma más sugerente de respirar. El hombre, desde que tuvo consciencia de ello, sintió la necesidad de expresar sentimientos, de comunicarse de otra manera. Pintó, bailó, actuó, esculpió, compuso, edificó, escribió e ideó mil maneras de renacer.

Yo escribo. Es una necesidad, una terapia, casi una urgencia. Pero no importa la excelencia, si es que alguna vez la tuvo, de mi verbo. Estériles serían mi prosa y mi torpe verso si a la verdad no hubieran de servir. A veces, mis palabras han sido desmedidas, injustas. En ocasiones, me han servido de absurda coartada para silenciar culpas o aplacar la conciencia. Pero es inútil. De nada sirve salvo para engañarme por un tiempo. Si a alguien herí de palabra o acción, mis sinceras disculpas. Si alguna vez a alguien fallé o defraudé, que me consta que así fue, Dios quiera que halle penitencia y perdón.

Lo más hermoso, lo único valioso se escribe con hechos, con actos libres y limpios. Misioneros que llevan ayuda espiritual y material a los más paupérrimos lugares del mundo; médicos que consumen sus vacaciones para salvar vidas donde éstas tienen un valor demasiado efímero; jóvenes que recogen nuestra basura de playas y montes; personas que dedican su vida y energías a niños con graves carencias o a ancianos desvalidos. Esto sí que es belleza, porque hay verdad en ello. Actitudes y aptitudes maravillosas que no precisan ornamento ni relato ni grandilocuencia. No hay obra de arte en el mundo que iguale el testimonio de estas gentes ni mayor excelencia que la bondad.

A mucha distancia estamos quienes, prisioneros de nuestro egoísmo o de nuestra comodidad, apenas servimos para contar cosas o para derramar color en un lienzo, o para interpretar vidas inventadas o para que la armonía viaje por el aire. A las artes sin verdad sólo puedo concederle utilidad pero nada más. La cultura debiera servir para cantar al bien y censurar el mal. Quisiera que mi vida fuese como la de un velero donde la libertad, descarnada y franca, empujase las velas hacia buen puerto. Quisiera que mi palabra fuese como esa brisa salada y pura que golpea mi frente y eriza la piel. Quisiera que mi velero pintara estelas en la mar, profundas y veraces. Asiré bien fuerte el timón para burlar vientos caprichosos y mareas inciertas. Desoiré cantos de sirena pero me abandonaré a las estrellas, también a la luna. Y cuando el faro me guiñe su ojo, iré a proa, llevaré la mano a mi frente y saludaré al centinela leal y vetusto. Torre amiga, hoy y siempre, que mira de frente al marino, que en eterno duelo se bate con la niebla, la lluvia y la noche.  Atormentado testigo de naufragios, de tormentas y calma, de grises, de azules y esmeraldas.

¡Cómo quisiera desaprender lo aprendido y resetear el alma! Ladear lo correcto y afrontar mis sueños. Maldecir lo seguro y buscar lo nuevo. Burlar al destino e inventar el camino. Ignorar el ruido y ser intrépido, incluso imprudente; eso es lo que quiero, de veras. Y que sea lo que haya de ser. O lo que Dios quiera, al que busco y me esquiva. Al que llamo y no hallo mas debo ser yo que, ciego y sordo, ni oigo ni veo. Me cobijaré en aquel pino eterno, verde, robusto y fresco, sabedor de lamentos, también de consuelos, que otea a mis gentes y a todo mi pueblo. ¿Te acuerdas cuando era pequeño, en aquellos brazos, en aquellas miradas, en aquel regazo? Se fueron, marcharon, ¡maldita sea! Me quedé sin faro, perdido, desolado. Es incierto que el tiempo dulcifique el dolor; sólo nos revela su magnitud. Hago cuánto puedo aunque es poco; lo sé. Me harté de certezas y zozobras, de logros, de fracasos y de otros impostores.

Encaramado en aquel risco elevado, desplegaré los brazos y retaré en duelo al vacío.  No importa cuán brusca sea la caída porque sabré que los sueños son alados y, quién sabe, puede que las corrientes se alíen con los dioses. Quisiera honrar esta vida regalada, ¡querría tantas cosas…….!  Pero el tiempo cabalga veloz.

Siempre quedará la mar, gris, azul o esmeralda. Y el cielo en el que se mira cada mañana. Y la arena que esculpe mis pisadas. Aquel niño construye un castillo y aquel otro reta a las olas. La mar, hoy quieta, apenas balancea esas barcas antiguas, vestigios de cuentos e historias. El graznido de las gaviotas me recuerda que hay un cielo que nos mira y un mañana que espera. Anochece y hace fresco; he de irme. Pero antes miraré el firmamento y besaré a mis cuatro estrellas, a las que más quiero, por las que vivo y respiro.

 

 

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