Todo está escrito, por José Antonio Vergara Parra

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Todo está escrito

Me debo estar haciendo mayor lo que, por otra parte, no es mal síntoma. Les digo esto porque, de un tiempo a esta parte, veo las cosas con más amplia perspectiva o, si lo prefieren, con mayor indulgencia. Nunca he ocultado mi amor a España y mi interés por la política y nada de esto ha cambiado. Pero sí lo han hecho mis prioridades que ahora son más nítidas, más serenas; más acertadas, creo.

La política española está presa del cainismo más destructivo. Las sociedades vasca y catalana están fragmentadas y su desapego al estado español es evidente. Atisbo en la sociedad española una polaridad y una radicalidad preocupantes.

No han cambiado mis convicciones que siguen sólidas. Pero estoy cansado; también preocupado porque me inquieta cuanto veo. Las generaciones pretéritas sufrieron demasiado y nuestra Historia está salpicada de desencuentros y veleidades. Hace ochenta y tres años, media España mataba a la otra media y todavía hay heridas sin sanar y pesares por aliviar. No sé ustedes pero yo ansío paz y buena vecindad. Me consta que hay malas almas que, para hallar rédito político, azuzan los más bajos instintos. Sé que muchos viven bien, muy bien, a costa de mantener viva la tragicomedia. Muchos de ellos, que nunca se las verán mejores, harán cuanto sea menester para preservar sus privilegios. Sé, de igual modo, que pululan los patriotas impostados para los que la bandera, el himno y la sangre derramada  son sólo coartadas para ocultar sus fechorías.

No se me escapa que sobran quienes maldicen y en nada creen. Pero nadie entre estos me preocupa. Son las gentes de mi país quienes colman mis pensamientos y deseos. Porque no hay jugada de ajedrez en que los peones sean alegremente sacrificados, porque una y otra vez se vierte idéntica sangre, porque siempre son las mismas las manos ásperas e idénticas las espaldas dobladas.

Quizá haya llegado el momento de reinventar España pues la patria, como el amor, no se impone; se ofrece. Si para ello hemos de redefinir el marco de nuestras relaciones, hágase. Quizá haya llegado la hora, siempre lo fue, de resarcir desagravios y afrentas pasadas. Sería un buen momento para preguntar a los españoles si quieren monarquía parlamentaria o república. Es urgente, radicalmente inaplazable, que la política vuelva a la plaza pública y que el pueblo recupere el control de su futuro. Nunca me gustaron las manos invisibles ni en los mercados ni en el foro político. Habremos de dilucidar si queremos al hombre en el centro de todo o lo orillamos hasta despojarle de toda su dignidad.

Mal que nos pese, vascos, catalanes y quienes así lo deseen, merecen ser oídos. Y habremos de respetar todos, ellos también, la voz del pueblo. Por razones distintas a las machaconamente esgrimidas, me inquieta la incertidumbre que azota la política. Pero me pregunto que más tenemos por perder. La X de los GAL no pisó la cárcel y otros lo hicieron por delegación. Alguno percibió sobresueldos en dinero negro y se marchó tranquilamente a casa. El Molt Honorable exhibe su impunidad con una desvergüenza incompatible para un estado verdaderamente democrático. Los dineros de formación para desempleados son distraídos para gozo de sindicalistas agradecidos y silentes. Los amaños en adjudicaciones de obra pública y sus sobrecostes alcanzan cotas siderales. Las más importantes empresas de energía sientan en sus consejos de administración a ex políticos mientras esquilman nuestros bolsillos. Algunas de las más altas instituciones del Estado gozan de prebendas que atentan contra la estética y la ética. El poder judicial ha sido sodomizado por el poder legislativo. Decenas de miles de millones de euros de dinero público han sido regalados a entidades de créditos o han paliado los malos negocios de las autopistas.

Dadas las circunstancias, estoy dispuesto a renunciar a cosas que me importan pero la honradez, la separación de poderes, el orden, la ejemplaridad, la paz y la justicia social y la democracia, en su sentido más puro y hermoso, deben regresar (si es que alguna vez estuvieron) para no marchar jamás. La vulgaridad y la zafiedad han de ser desplazadas por la cultura. El egoísmo y la xenofobia deben dejar paso a la solidaridad y el amor. Porque por encima de cualquier reino, incluido el de España, está el reino de los Cielos pues sólo allí anidan la luz y la esperanza. Y ya va siendo hora de que conquistemos el alma aunque perdamos el mundo.

Sí. Ya lo sé; utopía. Pero, ¿qué otra cosa podemos hacer sino caminar hacia ella?

 

 

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