El valle de Ricote: los últimos moriscos de España

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Cuando en el siglo XVI se decreta la expulsión de los moriscos de España, los del Valle de Ricote son los últimos en abandonar la península, tras casi un milenio de habitar en una fértil tierra. Pero, ¿la abandonaron definitivamante?

Javier Gómez

El serpenteante Río Segura discurre, parsimonioso, a través del embrujo del recóndito Valle de Ricote, horadando a su paso un vergel jalonado de cerros agrestes y abrigados por melocotoneros, almendros, albaricoqueros y vides. La explosión floral de primavera embarga los sentidos del viajero con las tonalidades blancas, rosáceas y malvas del futuro fruto. El paisaje del milenario Rikut se cubre con sus vestidos de gala, donde la vida nueva es festejada por el trinar de los pájaros, extendiendo su cantar desde los despeñaderos hasta rebotar en las romas piedras del río, manifestantes perennes del paso de los siglos. Palmeras, acequias y norias se fusionan cadenciosamente en el tranquilo discurrir de los días, y nos muestra las huellas indelebles de sus antiguos moradores. Los últimos Adanes y Evas, desarraigados, partirán hacia las inhóspitas arenas del desierto, sin poder borrar de su memoria que habitaron en el paraíso.

El legendario Valle de Ricote se encuentra enclavado en la comarca del mismo nombre y la Vega Alta del Segura y está compuesto por los municipios de Abarán, Blanca, Ulea, Ojós, Villanueva del Segura, Archena y Ricote, el municipio que da origen al toponímico. En esta zona, tras la conquista árabe de la Península por las tropas Omeyas, se desarrolló una próspera economía agrícola basada en el regadío tradicional árabe. Debido a sus características geográficas, que lo mantenía en una relativa situación de aislamiento, sus habitantes no sostenían grandes relaciones, salvo las administrativas, con las entidades a las que pertenecieron: la Cora de Tudmir, dentro del Califato de Córdoba y, posteriormente, la Taifa de Murcia.

Con ello se dio origen a una población autóctona totalmente islamizada, tanto de origen árabe y bereber como godo-romana, recluida en las montañas, con lo que se dotó de unas características propias y endogámicas. Durante generaciones perpetuaron su tradicional modo de vida, trabajando la tierra y cuidando el ganado. Aún así, el Valle no se encontró lo suficientemente aislado como para no sufrir las consecuencias de la convulsa situación política de las guerras civiles islámicas que dividieron Al-Ándalus en multitud de Taifas o reinos independientes.

Los muros del castillo de Peñascales, cuyas emblemáticas ruinas se sitúan en el corazón del Valle, en el municipio de Ricote, conocieron el cerco del ejército Omeya de Córdoba en el siglo IX durante la revuelta de los muladíes, la población autóctona ibérica convertida al Islam. También desde este feudo inició su victoria Ibn Hud, caudillo de origen zaragozano, que expulsó a los almohades; aunque su muerte supuso el principio de la dominación del Valle de Ricote por la nueva potencia emergente: Castilla.

Cambio de señores

En 1243, la Taifa de Murcia pasa a integrarse en la Corona de Castilla y comienza una nueva era para los pobladores del Valle. Los castellanos, a cambio de la sumisión y control del territorio, respetaron la religión, la lengua, la cultura y las costumbres de los mudéjares del Valle, separándolos en aljamas, entes administrativos, que dependían del Comendador de la Orden de Santiago.

La zona dio como fruto a dos grandes filósofos sufistas Ibn Sabín y Al-Ricotí, éste último profundo estudioso al que el rey castellano Alfonso X El Sabio, con el que mantenía excelentes relaciones de compartimiento mutuo de saber, le otorgó la concesión de La Madrasa, centro de estudios y conocimiento, que se encuentra en el germen de la fundación de La Universidad de Murcia, en 1272. Finalmente, Al-Ricotí emigro al reino nazarí de Granada, después de la revuelta mudéjar de Murcia, debido a las constantes presiones por parte de Alfonso X para que aceptara la fe cristiana.

Durante 250 años la comunidad mudéjar ricotí se mantuvo fiel a sus costumbres y modo de vida tradicional, continuaban cultivando la fértil huerta del Segura y criando ganado. No eran terratenientes ni parte de la nobleza, por supuesto, debido a su condición de conquistados. La única diferencia consistía en el cambio de los señores de la tierra que durante esos dos siglos y medio no se inmiscuyeron con profundidad en sus creencias. Sin embargo, tras la completa caída del poder musulmán en la Península, los Reyes Católicos decretan una Pragmática, en 1501, ordenando la conversión de los musulmanes al cristianismo, obligándoles entre el exilio o el bautismo. Posteriormente, en 1576, Felipe II concede un plazo de tres años para que los moriscos aprendan a hablar la lengua castellana y prescindan de todos sus ritos y nombres árabes.

Los mudéjares del Valle se convirtieron al cristianismo, aunque siempre surgieron las dudas de que en realidad mantenían su fe islámica en la intimidad de sus hogares. Sin embargo, sus vecinos cristianos los trataban como a iguales y recibían beneficios similares a los que tenían los cristianos viejos, como el hecho de portar armas, práctica prohibida a todo morisco. Ciertamente, en el resto de España, los moriscos seguían practicando sus ancestrales costumbres, con el apoyo de su lideres, a pesar de la conversión; pero en El Valle, aunque así ocurriese, el apoyo implícito de sus vecinos nos incita a pensar en una relativa tolerancia y, en ciertos casos, en una verdadera conversión.

La expulsión

Pudieron, por tanto, seguir habitando la tierra de sus ancestros durante otro siglo más y se celebraron matrimonios mixtos con los cristianos viejos. Aunque la presión de la Inquisición y de la vieja estirpe cristiana conllevó a su definitiva desaparición. Los moriscos eran considerados herejes, falsos cristianos, y se temía que actuaran como una quinta columna de las incursiones berberiscas en el levante español. Sin embargo, esta argumentación, la de la seguridad del Estado, era la más débil. Detrás de las causas principales se encontraba la inquina de parte de la Iglesia, de la nobleza cristiana y de la población rural.

La Iglesia se encontraba dividida entre los partidarios de finalizar La Reconquista mediante la expulsión definitiva de los moriscos y los que pretendían una asimilación evangélica y verdadera. Por otro lado, la nobleza castellana, azuzada por los sectores más extremistas de la Iglesia, ambicionaba quedarse con sus tierras tras la expulsión, mientras que en la nobleza aragonesa, al ser rentistas de éstos, se preocupaban de que las tierras no quedaran abandonadas. Por último, la población civil también se encontraba dividida. Desde algunos sectores eran vistos con recelo por su prosperidad y considerados como competencia directa en las labores agrícolas. Además, consideraban que actuaban como satélites de la aristocracia terrateniente. Aunque también encontraron acogimiento en la sociedad civil, como fue el caso de El Valle.

Así es que en 1609, Felipe III, ordena la expulsión definitiva de todos ellos del Reino de Valencia y en 1610 de todos los demás Reinos. Los ricotíes apelaron al rey, declarándose tan cristianos como sus vecinos. Probablemente, el aval de los cristianos vecinos provocó que ellos fueran los últimos en salir de España. Finalmente no hubo perdón y en 1614 debieron partir por el Puerto de Cartagena rumbo a las costas africanas, 900 años después, del majestuoso valle que habían trabajado y enriquecido durante generaciones. El Valle de Ricote quedó diezmado demográficamente, lo que supuso un cierto atraso económico.

La problemática sobre la expulsión de los moriscos españoles estaba latente en la sociedad de la época. La neurosis religiosa que se vivía en Europa y Oriente Medio, la lucha de prevalencia entre la religión cristiana y musulmana, desencadenaba hechos como estos, que incluso dividían a la población española. Como hemos mencionado, había partidarios de que los moriscos se quedasen en España, al considerar que su salida suponía una pérdida personal y económica para el país. Dentro de la Iglesia Católica había importantes voces partidarias de su asimilación, como el confesor real Fray Luis de Aliaga y los obispos de Tortosa y Orihuela. En los Reinos de Aragón y Valencia supuso perder, respectivamente, al 34 y al 20 por ciento de su población. En el Reino de Murcia eran el 5 por ciento.

Llegados a este punto es donde entra en juego la más célebre referencia a los moriscos del Valle de Ricote, y se produce en la considerada obra magna de la literatura universal por excelencia: El Quijote de la Mancha, como asegura José Simeón Carrasco, profesor y director del IES Diego Tortosa. La pluma cervantina ya había manifestado con anterioridad su preocupación por la causa morisca, pero es en este libro donde hace aparecer al personaje de nombre Ricote, como el mismo valle, que es vecino morisco de Sancho Panza y uno de los expulsados. Su historia surge en diversos capítulos en los que el autor da a entender el aprecio del que también gozaban los moriscos en España, ya que, por boca de Sancho, ensalza la tristeza que supuso para él y su pueblo la partida del vecino morisco y su familia, y que incluso pensaron en esconderlos, pero los paró el temor al rey. Además, Cervantes, hace que el propio Ricote se lamente de la expulsión de la que considera su patria, allá donde esté.

Por tanto, la Corona Española no supo asimilar a una población que durante generaciones había vivido en la misma tierra. Hemos relatado su vida y su expulsión, pero… ¿Los moriscos ricotíes se marcharon? ¿Renunciaron a su tierra y su vida? ¿Partieron a las áridas tierras del destierro africano dejando atrás un vergel recóndito?

Parece ser que todos no. Si nos atenemos al testimonio de Jerónimo Medinilla, visitador de la Orden de Santiago, quien en 1634, atestiguó y censo gran cantidad de moriscos, regresados o escondidos, que seguían habitando las tierras del Valle de Ricote amparados en el silencio de sus vecinos cristianos y bajo el temor de ser sorprendidos por la Inquisición. Algunos de los antiguos pobladores de la Vega del Segura, los moriscos ricotíes, pasaron a la clandestinidad y sus descendientes han llegado a enraizarse en la sociedad murciana, ahora sí, sin distinción que los diferencie del resto.

A modo de conclusión

No podemos juzgar alegremente las acciones cometidas por la humanidad en determinados momentos históricos y evolutivos que no coinciden con los actuales, ya que los valores sociales y morales se han transformado profundamente en el tiempo. Se deben contextualizar en referencia a las circunstancias sociales, económicas y religiosas en la que se encontraban englobada. Históricamente el ser humano ha colonizado y sometido a las culturas inferiores o en decadencia. Todas las grandes civilizaciones e imperios han seguido, inexorablemente, estas pautas de poder. Vencedores y dominadores han intercambiado su estatus de manera sistemática. Pero lo que si podemos es aprender de los errores cometidos. Sabios son aquellos que, en virtud de la razón y de la convivencia pacífica, son capaces de modificar sus decisiones. Aprender que, como reza la célebre máxima versionada de Ruiz de Santayana: “Cualquier pueblo que no conozca su historia está condenado a repetirla”.

En estos días me encontraba leyendo “Los Elementos del Mundo”, de José María Beneyto. Es un libro bastante didáctico que versa sobre los condicionantes que hicieron posible la llegada de Hitler al poder y el apoyo recibido, en principio incondicional, por el pueblo alemán, deseoso de que llegara alguien capaz de insuflar su denostado estado anímico y económico. En él se relatan los factores que configuraron la ascensión de un régimen totalitarista y las trágicas consecuencias que originó para la humanidad. La sumisión total a unas ideas e intereses exterminadores que buscan una identidad nacional a través de la pureza racial. Como decíamos cada hecho hay que situarlo en su contexto histórico y cultural y analizar sus consecuencias. El resultado de las acciones del régimen nazi son desproporcionadamente superiores al caso que nos atañe, pero el poso ideológico es similar. Desgraciadamente similar en todas las culturas y las épocas mundiales.

Por tanto, debemos ser conscientes de nuestra riqueza cultural, proporcionada por esa amalgama, ese crisol de razas y civilizaciones que compusieron España: los iberos del Centro y del Sur de la Península; los celtas de los castros norteños; los vascones de origen incierto; los griegos de las polis precursoras de la civilización; los fenicios de la inmortal Carthago; los romanos, padres de la cultura europea; los judíos, difusores del comercio; los godos escandinavos que atravesaron el continente, herederos del Imperio; los romaníes, nómadas de la lejana India; y los árabes, nuevas luces que iluminaron el Medievo. Con todo ello, en nuestro ADN, se conformó un esplendido país, desgraciadamente cainita en ciertas ocasiones como se lamentaba Machado, pero que alberga un espíritu acogedor, agradable y sencillo, enmarcado en un territorio geográfico de características edénicas.

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