Vergara Parra analiza «el bien común»

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El bien común

Cada individuo es un mundo pero la ciencia, como la divagación, nos quieren clasificados para construir conjeturas más o menos atinadas. La ciencia política no es ajena a esta tentación. Las hay formales (como las matemáticas), naturales (como la geología) y sociales (como la ciencia política)

Aunque toda definición no es enteramente pacífica, la ciencia política vendría a ser una disciplina social que estudia la actividad política en cuanto un fenómeno universal y necesario, singularmente centrada en el estudio del concepto estado, por ser éste la principal forma de organización comunitaria. La política ya no sería una ciencia si no el arte de conquistar el poder para aplicar ideas previamente construidas, que deberían servir para resolver nuestros problemas y conflictos. La ciencia política tendría un marcado carácter disciplinar o académico y la política una evidente carga ideológica.  Ciencia, arte y un objetivo compartido: el bien común. Mas, ¿qué habríamos de entender por bien común? Porque el común de los bienes podría no ser comúnmente aceptado.

Reconociendo la excelencia y esfuerzos particulares, el bien común debe garantizar un mínimo a toda la colectividad de modo que la decencia y la justicia queden debidamente preservadas. La felicidad y plenitud de todo individuo deben ser el horizonte de toda sociedad digna de ser así llamada. Toda teoría que ignore el valor supremo del individuo fracasará estrepitosamente. De igual modo, cualquier construcción política o filosófica que confíe su suerte a una despiadada selección natural, sin reparar en débiles y necesitados, convertirá en selva lo que debiera ser civilización.

La eficiencia, la competencia y la superación estarán en bien en la medida que sean medios y no fines en sí mismos. Porque sin cooperación, generosidad y solidaridad, cualquier proyecto individual y colectivo hallará en el pecado su penitencia. Cuando el propio éxito implica el fracaso ajeno, cuando los privilegios y excesos de las élites desprecian el sufrimiento mayoritario o cuando la riqueza no alcanza a todos, no tengamos la desvergüenza, siquiera, de pronunciar un concepto tan hermoso como el del bien común.

Cada mañana, millones de españoles, decentes y honrados, caminan por sendas pedregosas pero francas. Cada día, familias coraje, con renuncias y sacrificios, también con amor infinito, hacen de este mundo un lugar más humano y mullido.

Porque hay una España que trabaja y otra que bosteza, una que emprende y otra que reprende; una que camina o otra que sestea; una España que enlaza y otra que desata. No seamos cándidos. Sin pan no hallaremos justicia, tampoco caridad.

Luego la política, en cuanto ciencia y arte, debiera atender a esta España de veras que ora y labora, que cumple y asiente, que ama y no miente; a la España del matraz y de la espiga, la industrial y ganadera, la docta y la humilde porque en esa llaneza se esconde la verdadera esencia de España.

Pero no es esto lo que observo. Veo una ciencia política de sacristía, enmudecida, cuando debiera ser maestra y vigía. Y la política, antes que  noble arte y útil herramienta, se ha tornado en treta, en ardides y conveniencias efímeras y huecas. No sé porqué verseo cuando es prosa, mohína y quejosa, la que mece mi modesta pluma.

La política haría bien en canalizar sus esfuerzos y energías hacia esta España decente y obrera, que tanto desamparo y olvido ha padecido. Pero la soberanía debe volver donde nunca debió ausentarse: al Parlamento. Es urgente zafarse de ese influjo pegajoso y despreciable que se ejerce sobre el poder político. Ahí fuera, en las alturas de la codicia y la indecencia, hay mucho dinero para seducir voluntades y aplacar rectas intenciones. En justa correspondencia, sinvergüenzas, ruines, amorales, codiciosos y demás villanos se agolpan por ser llamados para vender su alma al diablo y condenar al pueblo al olvido. Nos quieren dóciles, resignados e, incluso, sueñan con ser imitados pues así, donde hubiere mal de muchos, mayor fuere el silencio.

No todos nuestros políticos son así; en absoluto. En todos los frentes atisbo gentes de probada valía y consistente cultura. Personalidades con los deberes hechos y vida resuelta. Políticos de talla, con hechuras, con luz propia entre tanta penumbra. Bajaré a la arena y citaré unos pocos, algunos pasados y otros presentes. Julio Anguita González (ex-alcalde de Córdoba y ex-secretario general de Izquierda Unida), Ángel Gabilondo Pujol (ex-ministro y candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid) , Iñaqui Azkuna Urreta (quizá el mejor alcalde que ha tenido Bilbao), Enrique Tierno Galván (ex-alcalde de Madrid) y Francisco Vázquez Vázquez (ex-alcalde de La Coruña) En estos últimos tiempos, lamento decirlo, la mayoría de los partidos ha marginado la excelencia, la probidad y la solvencia; quizá porque quienes participan de tales atributos no son de fiar para las élites que en verdad mueven los hilos.

Demasiados motivos para la desesperanza; la corriente es fuerte y las orillas cenagosas y resbaladizas pero el armisticio no es una opción. Cuando te crees vencido, cuando abandonas tu fuerza al albur del torrente, emerge una mano poderosa y serena que te ase con fuerza y te libera de tan bravas inercias.

Algún día de estos, los hombres buenos volverán sus rostros a Dios e inclinarán la mirada. La hierba brotará en los prados y el rocío limpiará nuestras miradas para que sea el corazón quien hable y no el odio ni el miedo.

 

 

 

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