Vergara Parra disecciona la situación en Cataluña

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EL PROCESO DEL PROCÉS y otras consideraciones

El pasado doce de febrero comenzó el juicio oral contra los acusados del procés. El ex vicepresidente Junqueras (cuyo amor a España desconocíamos) y nueve ex consejeros, entre otros, se sientan en el cadalso de los imputados. Se enfrentan a delitos de malversación, rebelión y desobediencia. Casi con toda seguridad, la sentencia se dará a conocer pasadas las elecciones generales del 28A, así como las municipales, autonómicas y europeas del 26M, con la razonable intencionalidad de no perturbar o influir en los ánimos colectivos.

Desde que la política metió sus narices en el gobierno de los jueces, en el Constitucional y en el Supremo, mi fe en la justicia fue desbancada por un moderado esceptecismo. Quienes entonces clamaron al cielo, aunque éste no les oyó, pudieron después enmendar aquella felonía pero no lo hicieron; nunca les interesó la independencia de la justicia y sí su control. Logrado éste, la amnesia haría el resto.

Todavía conservo una vigorosa esperanza en la razón, en la supremacía de la luz sobre las tinieblas, porque hay asuntos discutibles pero también certezas inmutables o, cuando menos, decididamente imperecederas. Dicen que peligra la unidad de España pero,  aún siendo esto cierto, es mucho más lo que está en juego. Lo que se dilucida en el Supremo y, paralelamente, en el foro político es la democracia misma. Habremos de esclarecer si deseamos vivir bajo el imperio de la Ley o la arbitrariedad de las ocurrencias.

Si en verdad queremos honrar el legado de la polis ateniense de los siglos VII al IV a. C., de la Francia de 1789 o de cualesquiera otros precedentes de nuestro actual sistema de libertades; si, en definitiva, nos importa la sociedad que habrán de heredar nuestros hijos, entonces, definitivamente, habremos de tomar partido. La democracia, bautizada por  Winston Churchill como el peor de los sistemas conocido, con excepción de todos los demás, constituye, pese a sus fisuras, el mayor logro de la civilización. Europa ha padecido feudalismos, monarquías absolutistas, dictaduras de distinto pelaje y condición, oligarquías políticas, religiosas y económicas. Guerras, hambrunas, masacres y vulneraciones de los más elementales derechos humanos constituyeron los altísimos costes que las generaciones pretéritas pagaron por la hegemonía del despotismo.

La Ley, en cuanto expresión de la voluntad popular, vino para hacernos iguales, para disipar espurias tentaciones, para prestarnos protección frente a la anarquía. La democracia no consiste en votar todo el tiempo, sobre cualquier cosa, por quien sea y de cualquier manera. Semejante disparate suele ser invocado por quienes no aceptan la voluntad de la mayoría, pretendiendo subvertir el orden natural de las cosas. Descartado, por metafísicamente imposible, el sistema asambleario, nos queda la democracia representativa. La articulación de esta voluntad colectiva, así como la gestión y fiscalización del mandato, habrán de observar las reglas que a todos nos conciernen. Reglas que deben su legitimidad, y por tanto su fortaleza, a su origen y génesis democráticos.

Toda voluntad política alcanzada vulnerando las reglas de juego y/o desobedeciendo las resoluciones judiciales solo es estiércol. Tan prosaico como simple. Las leyes sustantivas y procedimentales no son inmutables; en absoluto. La fuerza de la razón (que no la razón de la fuerza), la mayorías democráticas cualificadas, (que no las minorías arrogantes), la democracia (que no el cesarismo secesionista) pueden modificar la Ley y solo así la Ley resultante seguirá siendo Ley. Quien, reiteradamente, invoca la prevalencia de las urnas sobre la Ley, o desconoce los fundamentos más elementales de una democracia o, conociéndolos, solo persigue la demolición de un consenso que no comparte.

Palabra y democracia son una misma cosa mas si aquella pierde su dignidad entonces es la propia democracia la que corre peligro. La palabra es la mejor herramienta de la comunidad política pero no la única. Cuando los interlocutores van de farol, cuando el orden del día es contrario a la Ley, cuando una parte pretende usurpar el todo, cuando la perversión del lenguaje sodomiza la verdad; llegado ese momento, el Estado de Derecho debe actuar con cuantos mecanismos le otorguen las Leyes. No debe esperar el aplauso unánime; nunca lo hay. La Historia, alcanzada la suficiente perspectiva, emitirá el dictamen más afinado.

Los rupturistas no buscan el diálogo si no el armisticio del Estado; tampoco la igualdad si no privilegios. Solo consigo advertir un corolario de inmaduros que, por su manifiesta incapacidad por gestionar uno de los territorios con mayor autonomía del mundo, han decidido quebrar nuestro orden constitucional aunque, de paso, se lleven por delante los sueños de quienes, cínicamente, dicen defender. Pese a visiones románticas, el sufragio no precede a la Ley si no que a ésta debe su licitud y valor. Solo en los procesos constituyentes se advierte un apriorístico y efímero vacío que irá compactándose conforme avance el nuevo estado constituido. Pero no éste el caso.

El procés no deja de ser la consecuencia lógica de cuatro décadas de chantaje consentido. González, Aznar, Zapatero y Rajoy alimentaron a la criatura. Nacionalistas vascos y catalanes mantuvieron gobiernos populares y socialistas a cambio de jugosas compensaciones y veladas cesiones. Componendas para los rebeldes y desafueros para los justos. Decepcionante la actitud de la izquierda, para quien la fortaleza del Estado y la igualdad de oportunidades de todos los españoles debieran ser premisas irrenunciables. Incompresible su tibieza respecto a  la Ley d´Hondt que prima a los territorios sobre los ciudadanos; un sistema que sistemáticamente machacaba a Izquierda  Unida, mientras oxigenaba a un ingrato nacionalismo. Hipócrita la actitud de aquella derecha del pacto del Majestic, la que hablaba catalán en la intimidad o la que, en bandeja de plata, servía al molt Honorable la testa de Alejo Vidal-Quadras. Desquiciante la postura del socialismo oficial de estos últimos años, que los miércoles decía una cosa y los viernes la contraria. Roca y Maragall, sin apenas sonrojarse, postularon un federalismo asimétrico; es decir, una igualdad desigual que reconociese la excelencia de una estirpe superior frente al populacho castellano. Vino después ZP para quien España era un concepto discutido y discutible.

La paciencia de los españoles es considerable pero finita. Sepan sus señorías que con España y las cosas del comer no se juega. La tibieza de unos, el fariseísmo de aquellos y la vacilación de éstos nada bueno habrán de traer.

Es tiempo de patriotas para quienes el amor a España no sea un pretexto para sus fines o una coartada para sus fechorías, si no una honda y noble convicción. En realidad, siempre lo ha sido.

 

 

 

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