Vergara Parra reflexiona sobre la sociedad

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¿Qué nos pasa?

Bastará que nos asomemos a las redes sociales o que nos dejemos caer por la barra de un bar para que el fuego cruzado sobrevuele nuestras cabezas. Dicen, y es verdad, que la Historia debe ser aprendida para no reincidir en los errores desvelados como tales. Nada hemos debido aprender; o no leímos cuanto debimos; o nuestras pesadas mochilas distorsionaron las preciadas moralejas que nos brindan hechos pretéritos. Lecciones escritas con sangre, sudor y lágrimas por lo que ignorarlas es casi despreciable.

Me pregunto cuántas generaciones deben pasar para que, a cuenta de la Guerra Civil española, dejemos de tirarnos los trastos a la cabeza. La II República, la Guerra Civil y las cuatro décadas de dictadura constituyeron un gigantesco error colectivo, donde las culpas alcanzan a casi todos. Si nos acercamos a los hechos con una humildad tan desnuda como curiosa, comprenderemos que la II República Española no quiso o no supo contener a una izquierda cegada por el odio y de un sectarismo y radicalidad incompatibles con los valores democráticos. No sé si la guerra fue inevitable pero sí sé que no fue un simple alzamiento caprichoso contra una república modélica. En absoluto. Si no me creen, no tienen más que leer las valoraciones, respecto de esta última experiencia republicana, de los eminentes intelectuales y padres espirituales de la II República Española; Don José Ortega y Gasset, Don Ramón Pérez de Ayala y Don Gregorio Marañón.

Han pasado ochenta años desde que acabó la guerra, cuarenta y cuatro desde el óbito del dictador y cuarenta y uno desde la aprobación de la Constitución Española. Aun así, sigue habiendo trincheras donde los muertos, la corrupción y las banderas se arrojan para regocijo propio y escarnio ajeno. Confieso que, en más ocasiones de las deseables, he sido engullido por esta ola cainita y destructiva que, en un primer instante, te insufla una falsa y efímera sensación de placer para, más adelante, verse despojada por el vacío e, incluso, la culpabilidad.

¿Acaso no podemos educar a nuestros hijos en unos principios éticos básicos como el respeto al diferente, la concordia, la paz, la solidaridad, la libertad o la decencia?

¿Por qué huimos de debates inaplazables como la inmigración ilegal, la estructura territorial del Estado, la independencia de la Justicia, la protección del medio ambiente, la política energética o el mercado de trabajo?

¿Cuándo llegaremos a entender que estamos sitiados por patriotas impostados que, envueltos en banderas y discursos grandilocuentes, sólo adoran sus propios bolsillos?

¿Acaso ignoran que apóstatas y apátridas idolatran, de igual modo, sus particulares alcancías?

¿Llegará el día en el que despertemos y comprendamos que la podredumbre propia no es mejor que la ajena?

¿Cuándo saldremos de nuestros clanes, camarillas o facciones para abrazar la razón y la palabra?

¿Entenderá una parte que ser de izquierdas y patriota es perfectamente posible y hasta recomendable?

 ¿Comprenderá alguna vez la derecha más liberal y recalcitrante que una sanidad y educación públicas constituyen la piedra angular de un Estado social y vertebrado?

¿Entenderá la izquierda que para que esa sanidad y educación públicas sean sostenibles, eficientes y excelentes no podemos aplazar reformas necesarias?

¿Entenderá esa izquierda populista e irresponsable que España no puede acoger a un número infinito e indeterminado de inmigrantes, porque nuestras capacidades son finitas y nuestros recursos limitados?

¿Llegará el día que dejemos de usar eufemismos y hablemos con propiedad sobre el fondo de nuestros problemas?

¿Alguna vez la política, honesta y al servicio del pueblo, mandará sobre la economía especuladora y codiciosa?

Muchas son las preguntas que me hago y el eco, cruel y perezoso, me las devuelve una y otra vez. Sospecho, casi asevero, que muchos están más cómodos en sus trincheras, parapetados en antiguos y trasnochados dogmas, cautivos de una estética y ética capciosas.

Miro a un lado y a otro y veo desolación. Somos rehenes de nuestra inacción, de nuestra tibieza, de nuestra burguesa comodidad. Y estando la sede vacante, niñatas y niñatos, con un ansia ilimitada de poder, sin saber nada de la vida porque apenas han comenzado a vivirla, de ocurrencia en ocurrencia, de sandez en sandez y tiro porque me toca, copan los telediarios y noticieros para desesperación de casi todos. No ha mucho dijo el cartagenero que “primero nos mandaron los ricos, luego los resentidos y ahora los estúpidos”. Lamento contradecir al genial autor de “La Tabla de Flandes” pero es erróneo su aserto. Los ricos nos mandaron antes, también ahora y quizá mañana. Son las marionetas las que han cambiado. En tiempos no muy lejanos, tenían curriculum sin trampas y una vida laboral y una aceptable cultura, y educación. Daban el pego con estilo. Ahora, en estos tiempos decadentes, donde la juventud es enaltecida y la sabiduría despreciada y donde lo inmediato prima sobre lo perdurable, los liderazgos, salvo honrosísimas excepciones, son manifiestamente mejorables.

Pero vosotros a lo vuestro, inoculando odio entre españoles y marcando al adversario político como a las reses mientras España se cae a pedazos. Porque una cosa es dignificar el dolor y la injusticia y otra, muy distinta, culpabilizar a parte del espectro político por lo ocurrido hace ochenta años. Lo desolador es que esta estrategia funciona. Malditos sean quienes, conociendo en verdad los hechos y la vileza de sus tácticas, aun así, las usan, enfrentando a españoles de buena voluntad.

Algo habrá que hacer porque, como muchos de ustedes, tengo hijos.

 

 

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