Análisis de la política actual de José Antonio Vergara

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ORFANDAD POLÍTICA

Las razones para desatender la política son poderosas pero no caigamos en la resignación pues motivos hay, más convincentes si cabe, para seguir interesado en ella. Las cosas de la polis ni me son ni me serán ajenas. De enraizar nuestra indiferencia, descuidaríamos el presente y claudicaríamos ante el futuro.

Como dijo aquél, la democracia es el peor de los sistemas conocidos a excepción de todos los demás. Otro tanto ocurre con los partidos que, por su estructura y funcionamiento, recuerdan más a las sociedades mercantiles que a otra cosa. En el mundo de las ideas ha llovido bastante y no siempre a gusto de todos. Las corrientes ideológicas que, tras el tamiz de la experiencia, han sobrevivido hasta hoy, conforman el sustrato ideológico de los diversos partidos. Hasta aquí, todo normal.

Tiempo ha que ando tras una formación que dé respuestas a los fascinantes retos que nos acechan. A nada aspiro en realidad. Depositar el voto con un mínimo de ilusión sería suficiente para mí. No pretendo una afinidad absoluta entre esa hipotética formación y las propias ideas; eso sería, además de una ilusión, una imperdonable muestra de soberbia.  Parece razonable, al menos a mí me lo parece, que los propios postulados y los del partido al que se apoya o del que se forma parte sean suficientemente coincidentes, de modo que todos remen en una única dirección y todos estén suficientemente cómodos. No todo está escrito, dicho o pensado; ni muchísimo menos. De forma que el debate interno, limpio y sensato, no es que sea conveniente, es que es obligado. Mas, siendo esto cierto y precisamente por ello, los acuerdos de la mayoría a todos han de concernir. Porque la democracia (la de los partidos también) no consiste en respetar únicamente las propias ideas sino, sobre todo, las de la mayoría. Estar de acuerdo con uno mismo no parece que sea meritorio; respetar la voz mayoritaria exige, el menos, generosidad.

La teoría está clara pero la praxis no es halagüeña. Verán. Detesto los extremismos patalógicos. Porque una cosa es ser firme en las ideas y otra perseverar en las fobias. Trivializar o relativizar las propias convicciones es poco menos que una infracción moral o una desidia cívica; como prefieran. Solo una razón superior puede vencer a las propias certidumbres porque de ser el miedo o la tibieza quienes salgan airosas, el armisticio ideológico sería indigno. Las posiciones fundamentalistas nunca verán bondad o verdad alguna en el “enemigo” porque así perciben al diferente. Cegados por un odio atávico y destructivo, no concederán ni un minuto a la razón. Unos y otros conciben la vida, y la política, como una lucha sin cuartel donde los prejuicios y las trincheras abortan todo intento de hermandad. Si triste es esta realidad aún lo es más la indolencia de quienes, pudiendo apaciguar tan insensatas actitudes, avivan el fuego para granjearse los afectos de radicales y extremistas. A esta altura de la Historia, deberían saber que algunos amores matan.

Populares y socialistas, cuyas diferencias son más teóricas que reales,  han gobernado el país en estas últimas cuatro décadas. Cosas buenas han hecho. No lo negaré. Pero hace demasiados años que olvidaron hacer su trabajo para no perder sus trabajos. Más atentos a los titulares que a la verdad; más pendientes de las encuestas que del verdadero pulso de la calle; afanados en lo fácil y disidentes para lo correcto; perdidos en la propaganda y ausentes en la pedagogía; cobardes con el poderoso y villanos con el débil; magnánimos con el indigno y arbitrarios con el justo; desprendidos con forasteros y ruines con oriundos.

Fieles defensores de las libertades colectivas y temerosos de los derechos individuales. Patriotas en la apariencia, apóstatas en el fondo. Defensores de lo público, usuarios de lo privado. Defensores de lo particular y saqueadores de lo colectivo. Pretendidamente agnósticos o ateos; decididamente cristianófobos. Tolerantes con lo propio; intransigentes con lo diferente. Si la ciencia prescinde de las ideas caeremos en la tecnocracia, por la que nunca he sentido especiales simpatías. En el otro extremo hallaremos formaciones políticas que han asumido, cuan códice sagrado, un puñado de presupuestos ideológicos que jamás serán puestos en tela de juicio. Esto explica que haya quienes dicen una cosa y hacen la contraria. O quienes, ante plausibles  propuestas  del adversario les niegan el pan y la sal porque, de ser magnánimos, incurrirían en una evidente contradicción intelectual. La añoranza, en pequeñas dosis, está bien; forma parte de cuanto somos pero si aquella nos impide seguir caminando, entonces no es añoranza sino nostalgia, que en sentido etimológico vendría a significar regreso al dolor.

En tales circunstancias prefiero mi ostracismo porque como dijo el genio, “allí donde se había soñado en compañía, resucitan dos soledades”.  Seguiré volando solo e imaginando el día en que seamos bandadas surcando los cielos, buscando cobijo donde haya comida y se ausente el frío.

No pido demasiado. Pan en cada mesa y troncos en las estufas. Decencia por montera y en las vainas justicia por espadas. Patria, grande o chica pero de veras y eterna, que honre a los muertos y cobije a sus nietos. ¿Sureños o norteños, provincianos o capitalinos, impuros o auténticos, rojos o azules, gentiles o paganos, descreídos o prosélitos……..? Españoles, ante todo; españoles, sólo eso. Frente a nadie, junto a todos. Y si alguien despreciare la cuna, buen viaje y hasta luego porque el pan, la justicia y la patria son herencia, sí, y testamento. No yerren, se lo ruego; sin libertad,   pan y justicia no habrá patria sino farsa. Esta es la patria que  amo; esta es la patria que quiero, donde la bandera no ondea en lo alto sino por dentro. Me ocurre lo que al poeta, que “vientos del pueblo me llevan”  y así como al invierno le sucede la primavera,  también creo en “ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”.

 

 

 

 

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