Análisis político de Vergara Parra

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 Pibe; VOX mismo

El triunfante acto de VOX en el coso de Vista Alegre congregó a diez mil personas y dejó otras tantas a las puertas. Ante semejante muestra de fuerza, las cocinas demoscópicas no han podido contener la cocción y el vapor ha acabado huyendo por las ventanas. Hasta hace cuatro días, VOX era ninguneado y despreciado a partes iguales pero algo o muchas cosas han cambiado.

Sabido es que una parte de la izquierda nació sin pecado original; sin mácula alguna; alba y pura como un traje de novia. Cuán aves majestuosas surcan los cielos de sus mundos paralelos mientras a cada suspiro perdonan nuestras vidas. Señoritos venidos a menos que culpan al mundo de sus desventuras. Señoritos con carné que, regocijados en su burguesa abundancia y ataviados con el disfraz homologado del rojerío, levantan el puño como acto de contrición mientras, con altiva condescendencia, miran al sedicente facherío aunque éste no tenga donde caerse muerto. En ocurrente expresión de un amigo, también hay tímidos laborales que ven al papá-estado como solución a todos sus problemas. A la luz de los hechos, nadie duda de las palmarias habilidades de estos últimos en la rotura de  lunas, quema de contenedores y demás testimonios de sus sesudas convicciones intelectuales. Salvo algunas excepciones, honrosas todas y cada vez más aisladas, la izquierda más escorada es intransigente, soberbia y resentida. Poco les importó que el obsceno muro de Berlín fuese derribado por las ansias de libertad de un pueblo oprimido; poco o nada les importó que la verdad revelase al mundo el holocausto comunista. Además de hambrunas, ausencia radical de derechos civiles y libertades fundamentales, se calcula que solo en la Unión Soviética y la República Popular China hubo ochenta y cinco millones de muertos. Poco o nada les importa que allí donde el comunismo y sus sucedáneos se han puesto en práctica, los resultados han sido manifiestamente calamitosos. No les importa nada, absolutamente nada. Ellos a los suyo, a tocar el arpa mientras el mundo arde bajo sus pies.

Vayamos a la otra orilla.

En efecto. Hay nostálgicos de tiempos pretéritos en los que grandes hacendados, caciques, condes, duques, marqueses, señoritos bienduchados y demás allegados al Régimen, amasaron grandes fortunas y cosecharon no pocos honores tras explotar, exprimir y denigrar a personas precisadas de pan y un techo bajo el que arropar a sus hijos. O dicho de otra manera: se aprovecharon de la miseria ajena. A diferencias de los primeros, éstos evolucionaron de una manera más teatral y no menos pragmática. En presencia del Altísimo y con la entrega propia de toreros noveles en tardes de San Isidro, juraron lealtad al Rey y acataron la Constitución. Sus descendientes y demás  adláteres siguen presidiendo u ocupando los consejos de administración de las principales compañías del país. Ahora son más sutiles y no menos cínicos. Visten y huelen muy bien; llevan pulseritas rojigualdas y una medallita de la Virgen de Fátima bien pegadita al pecho.  Al son del himno nacional elevan sus mentones hacia el cielo mientras lágrimas de atrezzo recorren sus mejillas. Tan pronto se invierte la claqueta, compran políticos, se adueñan de medios de desinformación, elaboran los borradores de los decretos-leyes, hacen un par de llamadas y acaban haciendo lo mismo que en la dictadura pero con cierto disimulo. No ven ciudadanos libres; sólo consumidores a los que esquilmar y políticos a los que corromper. A LA PATRIA Y A DIOS SE LES LLEVA EN EL CORAZÓN Y NO EN LOS BOLSILLOS.

Hay una izquierda y una derecha íntegras y sensatas que merecen el reconocimiento unánime. Aunque las omisiones tienden a enturbiar las evocaciones, permítanme que recuerde a Adolfo Suárez, Fernández Ordóñez, Jorge Semprún, Julio Anguita, Marcelino Camacho, Gerardo Iglesias, Nicolás Redondo, Felipe González, Javier Solana, Gutiérrez Mellado, Soledad Becerril,  Agustín Rodríguez Sahagún, Leopoldo Calvo-Sotelo, Margarita Mariscal de Gante o Jaime Mayor Oreja.   Hombres y mujeres que vinieron a la política con los deberes hechos, con una experiencia vital lo suficientemente dilatada como para aportar conocimientos provechosos; duros en el fondo pero respetuosos en las formas y que en su mayoría gozaban de solvencia intelectual.  Hoy también los hay pero, salvo esperanzadoras excepciones, se sientan al fondo o en platea.

Una brisa fresca nos ha despertado del letargo. Por razones bien dispares, se han tirado a la yugular de los recién llegados, tildándoles de fascistas, ultras, radicales, totalitarios, dictadores, insolidarios, nazis, extremistas y demás delicados epítetos. La cuestión es que quienes con tanta vehemencia los utilizan parecen desconocer sus verdaderos significados. Con sumo gusto y no menos humildad, intentaré ilustrarles.

Nazis son los pupilos aventajados de Sabino Arana y de Casanova que, por creer llevar excelencia en las venas, detestan a charnegos y a maquetos que es la forma en la que estos supremacistas llaman a los impuros españoles.  Nacismo fue el de la banda terrorista ETA que asesinó a casi mil españoles, mujeres y niños incluidos. Nazis, en calidad de colaboradores necesarios, son quienes jalean y justifican la inmundicia de unos y otros. Sectarios son los cobardes e hipócritas que desde la cultura, la política, la economía o la información, han mantenido y mantienen un silencio cómplice ante hechos de semejante naturaleza.

Ultras son quienes no acatan las leyes por representar éstas un obstáculo para sus ilegítimas (por mal encauzadas) pretensiones. Quienes destrozan mobiliario urbano, agreden a las fuerzas del orden público, asedian la sede de la soberanía nacional, impiden la libertad de expresión en los paraninfos de las universidades (otrora, catedrales de la palabra);  oKupan casas pagadas con el sudor de frentes ajenas y, en suma, nos revelan  la antítesis de una democracia.

Totalitarios son quienes no respetan los derechos de las minorías y totalitarias son esas mismas minorías cuando sueñan con gobernar a las mayorías.

Insolidarios, cuando no desvergonzados, son quienes dilapidan más de treinta mil euros del dinero para el desempleo en burdeles. O quienes han percibido sobresueldos sombríos por apañar adjudicaciones públicas. O quienes permiten los desmanes de las principales empresas energéticas del país. O quienes distraen cientos de millones de euros en  expedientes de regulación de empleo. Insolidarios, cuando no desvergonzados, quienes protestan en la calle contra la reforma laboral de la derechona para, después, aplicar esa misma reforma a sus propios trabajadores. Insolidarios los territorios de España que, habiendo sido históricamente beneficiados por el Estado, andan tras el divorcio aunque sin  renunciar a la pensión alimenticia.  Insolidaria es la España húmeda frente a la España seca, la vertebrada frente a la invertebrada o la subsidiada frente a la innovadora.

Insolidario es quien se jacta en la defensa de la educación pública y después matricula a sus hijos en los más caros y exclusivos colegios privados. Y lo hace, no solo porque puede sino porque, conociendo su estado calamitoso, no tiene el arrojo ni la decencia intelectual suficientes para revertir la decadencia de la educación pública. Insolidarios son quienes rubricaron el Tratado de Bolonia (cuya adhesión y transposición eran potestativas), encareciendo y mercantilizando la formación superior para que unos cuantos se llevasen unas monedas ultras a sus casas. Hemos conocido lo que intuíamos: que unos títulos se ganan por derecho y otros se malvenden en las reboticas.

Fascista es quien sueña con imponer el pensamiento único, abogando por comisiones de la postverdad y demás engendros propagandísticos. Sectario es quien ultraja a los católicos y sueña con pisarlos como si de gusanos se tratase.

Ultras son los congelados y también los frescos que prometen lo que no podrán cumplir; los que no reconocen aciertos en el adversario, los que nunca escuchan al otro por ser el otro y los que hacen de la política, noble arte donde los haya, una auténtica cloaca.

Sectarios redomados son quienes, con la velocidad propia del mejor pistolero, tildan de fascistas a todo ser vivo que osare disentir del sacrosanto códice “rojeriensis”.

Según parece, sentirse orgullosa y razonablemente español es de fachas. Dicen que devolver la Justicia a los jueces es poco menos que una felonía. Comentan que fiscalizar la inmigración ilegal e ir al foco del problema es propio de radicales insensibles. Se rumorea que defender la unidad de España tiene mucho de fascista. He podido escuchar que la eliminación del Cementerio de los Elefantes políglotas (el Senado) o los Reinos de Taifas (las Comunidades Autónomas), así como la reducción del funcionariado hasta lo estrictamente necesario es propio de ultra-centralistas. Quienes de la persecución al catolicismo han hecho una cruzada, mantienen que la prohibición de levantar mezquitas (en ausencia de reciprocidad) o su clausura cuando se constaten actividades incompatibles con nuestras leyes y valores es poco menos que fascista. Opinan muchos (con mayor vehemencia los animalistas) que proteger la vida desde su concepción, como el más alto valor conocido, es propio de ultraconservadores……

Miren. Quiero una España donde nuestros hijos hallen instrumentos con los que alcanzar sus proyectos vitales; quiero plazas y calles seguras, donde los buenos caminen despreocupados y los malos tiemblen de miedo. Quiero un país en el que nadie juegue con las cartas marcadas. Quiero una España solidaria   que entienda que nuestros recursos y capacidades son finitas y, bajo ningún concepto, podemos destruir lo que con tanto sacrificio hemos forjado.  Quiero un país en el que ningún enfermo, discapacitado o necesitado sea abandonado a su suerte. Quiero una economía próspera y osada donde el hombre no sea un instrumento sino el centro y razón de todo. Quiero una sociedad donde el respeto sea la piedra angular de nuestra democracia pues donde éste falta o escasea no es posible construir nada: ni un matrimonio, ni una amistad y mucho menos una sociedad decente y próspera. Quiero esto y muchas más cosas y si por quererlas soy un facha, un radical, un extremista, un ultra, un centralista, un reaccionario o un insolidario pues adelante, hártense; no se corten. Mas, para que no se desgañiten inútilmente, les prevengo que pincharán en hueso. Porque de un tiempo a esta parte, constatada la decadencia semántica de la palabra, acojo estas supuestas descalificaciones como verdaderos cumplidos.

Ciegos habrá que en mis palabras vean un respaldo explícito por una determinada opción política. De ser así, nada entendieron o seguramente me expliqué mal. O igual me entendieron muy bien. Vaya usted a saber. Lo expuesto es un alegato por España y los españoles. Por todos los españoles. Se espera de nosotros que elijamos entre lo malo y lo peor y que permanezcamos impasibles ante el naufragio de nuestros sueños individuales y colectivos. Va a ser que no.

Las convicciones dejaron paso a las conveniencias y los principios morales y éticos han sido relativizados hasta límites inaceptables. Durante demasiado tiempo, unos y otros, temerosos de la verdad publicada y del incierto destino de sus ilustrísimas posaderas, olvidaron a su pueblo; al de verdad, al que trabaja cada día, cumple las leyes, paga impuestos y hace de la tierra de nuestros ancestros un lugar mejor.

Si, entre tanto ruido, alguien tuviere los arrestos de volver una mirada límpia y franca a ese pueblo traicionado, le auguro la mejor de las venturas. Para millones de españoles, entre quienes me encuentro, España es el motivo y no la excusa. “Pan, Patria y Justicia” y ante todo LIBERTAD porque sin ésta el sueño joséantoniano, que comparto, acabaría convirtiéndose en migajas, desamparo y apariencia.

 

 

 

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