Ciudades que se quedan

Todas tenemos unas calles que nos miraron a los ojos y pudimos vernos en ellos, una ciudad que nos hizo bombardear lejos de nuestro hogar, los abrazos de una plaza convertida en extraños por conocer donde pudimos ser nosotras. Madrid fue eso y mucho más para mí. Madrid fue sororidad, familia encontrada, batallas ganadas, combates perdidos, abrazos inesperados, amor improvisado, miedo descubierto, encierro, libertad… pero sobre todo Madrid fue aquella ciudad donde crecí, y dado que vivimos creciendo, donde más viví.

Hubo un tiempo en que huí de ese Madrid con más dolor del que podía soportar. Pero ¿quién no ha huido alguna vez? Las huidas también nos encuentran, tendríamos que permitirnos sernos cobardes, abrazarnos, legitimarnos en no hacer nada, en frenar, en estar paradas, en abrazar nuestra cama, en no saber andar. Porque si no nos lo permitimos nosotras, el exterior se empeñará en destruirnos imponiéndonos sus tiempos y espacios. Tendríamos que reivindicar más nuestros propios procesos y etapas, nuestros propios caminos. Porque llegará el momento de lograr vernos y sentir que no todo está perdido, aunque no sepamos bien qué significa.

Así que regresé a la ciudad, sin saber que lo hacía, y fue algo más que volver, ir, encontrarse… Algo en mí volvió a despertar. No podía canalizarlo. Como siempre mis emociones tenían más vida que mi propia existencia, así que solo esperé que mitigara la intensidad para poder entrar en mi cuerpo, dejar que pasara el dolor y la vida que sentía en ese momento, fluir en lo que no podía nombrar pero no podía parar de sentir.

Al final entendí que Madrid y yo nos habíamos reconciliado. Había perdonado sus abrazos fríos y con ello también me había perdonado a mí, y porqué no admitir que un poco también a ella.

Sigo igual de perdida en Madrid o aquí, con demasiadas cosas dentro de este cuerpo cada vez más ancho y pesado, pero por una vez desde hacía demasiado tiempo, el regreso a esa ciudad, me hizo volver a tener una certeza en el horizonte, y aquello era mucho más de lo que esperaba, pero era justo lo que necesitaba. Sólo tenía que volver a intentar comerme el mundo, que no es otra cosa que vivirlo sin tanto dolor.

Regresar, marchar, ir, volver, huir, encontrar… apenas debería tener sentido para nosotras. Regresar, marchar, depende de dónde queramos partir, hacía dónde queramos mirar y quién queramos ser mientras nos movemos. Cuantas veces pensé volver cuando huía y de repente encontré, cuantas veces volví creyendo marchar, cuantas veces fui y me encontré regresando mientras huía…

Todas tenemos hogares en sitios inesperados, ciudades guardadas en nuestras retinas con la fuerza de nuestro abrazo. Todas tenemos rencores escondidos en calles que amamos y manos que quisimos, todas estamos más o menos perdidas. Pero tener una ciudad como lo que representa para mi Madrid, reconciliarte con algo así, que te llenó tanto durante tantas noches y tantos días, eso, te deja con las manos abrasadas por los recuerdos y los miedos dormidos, por fin, con los miedos dormidos. Aunque debo admitir que los oigo bombardear en su letargo. Tampoco sé muy bien que significa eso.

Lo que sí sé es que los sitios que llegan a vincularse contigo, siempre se quedan ahí, y ya nunca vuelves a ser turista en ellos, porque probablemente nunca lo fuiste. Lugares que desde la primera vez que los pisas sabes que serán hogar, y un hogar es como la felicidad de subir a un quinto sin ascensor, el entusiasmo de una fiesta improvisada en una plaza o la melancolía de un abrazo que finalmente llega, algo mágico que salvaguardas y sólo tú entiendes.

Que Madrid podría ser cualquier otro sitio, pero a éste lo elegí yo, o él me eligió a mí, quién sabe.

 

 

 

 

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